El espejismo de Sheinbaum

Jorge Javier Romero Vadillo

La tarde del miércoles 27 de marzo, Nayib Bukele le preguntó al bot Grok, de la red X: “¿Quién es el Presidente más popular del mundo?”. Grok respondió, en una sola palabra, como se lo pedía “el dictador más cool”: “Sheinbaum”. El narcisismo del salvadoreño se estrelló contra el espejito de la madrastra de Blancanieves. Y como la malvada del cuento, insistió con el algoritmo hasta lograr verse reflejado. No tolera ser opacado.

El episodio, recogido con sorna por Francesco Manetto en El País, dejó sembrada una idea inquietante: la Presidenta ha comenzado a ser vista, incluso fuera de México, como una figura de autoridad confiable, hasta admirable —el propio Manetto la califica de progresista unos párrafos más adelante en su artículo— mientras que dentro, incluso entre algunos críticos tradicionales de la pretendida transformación, ha generado una condescendencia que raya en el entusiasmo. Celebran su estilo, su tono mesurado, su aparente pragmatismo. Otros elogian su manejo de la relación con Trump, a quien habría enfrentado —según es cuento— con firmeza y serenidad. La idea de que Sheinbaum representa una ruptura con el pasado inmediato se instala, se propaga, se cree.

Me temo, sin embargo, que se trata de un espejismo, una fantasmagoría. David Frum, republicano clásico, exredactor de discursos de George W. Bush y hoy uno de los más agudos críticos de Trump desde la derecha liberal, lo dice con claridad: a Trump le gusta Sheinbaum no porque la admire, sino porque la reconoce. Son del mismo molde iliberal. Ambos comparten la tentación autoritaria, la voluntad de concentrar poder, el desprecio por los contrapesos y las instituciones independientes. Son variantes nacionales de la misma patología populista que corroe a las democracias desde dentro.

En un artículo publicado en The Atlantic —la revista que Trump despreció cuando su Secretario de Defensa incluyó sin querer al director en un chat sobre Yemen—, Frum desmenuza la supuesta buena relación entre Sheinbaum y el líder de MAGA. No se trata de una estrategia magistral ni de contención geopolítica. Lo que hay es una abismal asimetría de fuerzas. A la Presidenta de México no le queda más que ceder. No tiene herramientas institucionales, ni fuerza económica, ni un cuerpo diplomático profesional capaz de fijar posturas. No hay negociación porque no hay margen. Trump impone, Sheinbaum acepta. Y lo hace sin aspavientos, sin arengas tipo Petro, sin discursos altisonantes. Capitula con una mueca que pretende sonrisa.

La diferencia con otros liderazgos es evidente. Frum pone el ejemplo de Justin Trudeau, que no ha dudado en confrontar abiertamente a Trump cuando ha sido necesario. O de líderes europeos que han plantado cara al trumpismo desde la defensa del multilateralismo y los derechos humanos. Lo que Frum señala con crudeza es que el silencio de Sheinbaum no es diplomacia: es resignación estructural. Y eso, paradójicamente, le agrada a Trump. Porque lo reafirma.

La paradoja es que la ilusión se sostiene por falso contraste. López Obrador fue estridente, sí, pero no frente a Trump. Frente a él también dobló la cerviz. Y, sin embargo, la sola existencia de alguien que no se desgañita en las mañaneras basta para que una parte de la crítica lo sienta como un respiro. Pero lo que Sheinbaum representa no es una ruptura, sino la continuación estilizada del nuevo régimen: menos ruido, pero la misma voluntad hegemónica, la misma centralización asfixiante, el mismo desprecio por las reglas.

A su manera, Sheinbaum ha captado el clima de época. Mientras el mundo se inclina por fórmulas autoritarias disfrazadas de eficiencia, ella encarna su versión más sobria, con su disfraz de gestora ilustrada, en realidad operadora disciplinada de un régimen de poder concentrado. Apenas con ideas propias, administra sin chistar el legado del jefe. No construye, perpetúa. Y lo hace con los mismos instrumentos: un Congreso controlado, un Poder Judicial en proceso de captura, una Guardia Nacional militarizada, una legislación a modo para encubrir los negocios de los militares y la utilización de las empresas estatales para la depredación política, una maquinaria clientelar aceitada con dinero público y un aparato de propaganda eficaz y alerta.

En un estudio publicado por Nexos y firmado por Guido Lara, con base en datos de Lexia, se analiza cómo el fenómeno Sheinbaum se sostiene más por proyecciones emocionales que por hechos concretos. La Presidenta ha sido eficaz en evitar el desgaste. Ha sabido dosificarse, ha gestionado el conflicto, ha posado junto a quien haga falta. Ha sido, como dice Frum, una maestra de la capitulación sin escándalo. Y eso, en un entorno global donde la gritería autoritaria se ha vuelto norma, parece suficiente para ganarse una estampa de moderación. Aunque en el fondo no haya nada moderado en la consolidación de un poder sin contrapesos.

El contraste con otros líderes no se limita a Trudeau. Frente a Trump, incluso gobernantes de países pequeños han alzado la voz con más claridad. Lo que hace Sheinbaum —guardar silencio, evitar roces, encoger los hombros— no es prudencia diplomática: es reflejo de la fragilidad de un país que ha dejado de tener política exterior y que ha desmontado buena parte de su servicio diplomático profesional. No hay doctrina, no hay visión, no hay estrategia. Sólo hay reacción.

Por supuesto, ni eso basta. El llamado “Día de la Liberación” —ayer, cuando Trump relanzó su agenda económica con el anuncio de “aranceles recíprocos”— dejó claro que la docilidad mexicana no ha comprado indulgencias. La medida incluyó un nuevo arancel del 25 por ciento sobre productos importados, entre ellos los vehículos, aunque exceptuó aquellos que cumplen con los requisitos de origen del T-MEC. México quedó en el mismo saco que Canadá: ambos países fueron mencionados como focos de una emergencia por migración y fentanilo, aunque su forma de enfrentar la bravuconería ha sido distinta.

La amenaza arancelaria sigue pendiendo como espada de Damocles sobre la economía mexicana, contenida no por la prudencia de Palacio, sino por la letra del tratado y los intereses de los industriales estadounidenses. Y a cambio de esa tregua precaria, Sheinbaum ha entregado lo mismo que su antecesor: la subordinación del Estado de derecho, la conversión del país en un campo de concentración de migrantes. La promesa de un humanismo transformador quedó enterrada bajo la alfombra del servilismo, porque no le queda de otra al Gobierno de un país con una institucionalidad destartalada.

Share

You may also like...