Regular las pantallas, recuperar el aula

Juan Becerra Acosta
Lejos estamos de aquella sentencia –lugar común– de la maestra en el salón de clases con la que separaba a los alumnos más rijosos: “ese grupito de allá atrás no me gusta nada”. Hoy las cosas han cambiado tanto, que la maestra lo que busca, en lugar de separar, es juntar a esos alumnos alejados entre sí, no por lo que sucede en la banca de al lado, sino en las pantallas de sus dispositivos.
La distracción que aísla a chicos –y grandes– llega en aparente silencio a velocidades de cientos de megabytes por segundo y de manera directa a los dispositivos móviles. El dejar de observar esa pantalla –que sabe más de sus dueños que ellos mismos– después de no demasiados minutos causa un estado de ansiedad resultante a la falsa percepción de que no estar pendiente de lo que sucede en redes aísla, cuando lo que realmente aparta del mundo es estar inmerso en ese estruendoso espacio virtual.
De acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, 30 por ciento de los estudiantes se distraen con dispositivos durante la mayoría o todas las clases de matemáticas. Quienes sufren esas distracciones obtienen al menos 15 puntos menos, diferencia equivalente a cerca de tres cuartas partes de un ciclo escolar. El 45 por ciento de los estudiantes dicen sentir nerviosismo o ansiedad cuando no tienen su celular cerca.
De acuerdo con datos de la Oficina del Cirujano General de Estados Unidos – principal autoridad gubernamental encargada de orientar a la población sobre asuntos de salud pública–, los adolescentes que pasan más de tres horas diarias en redes sociales presentan el doble de riesgo de sufrir síntomas de depresión y ansiedad. El 11 por ciento de los adolescentes muestran hoy signos de adicción a redes sociales; en 2018 eran 7 por ciento. El 95 por ciento de los jóvenes de 13 a 17 años utilizan alguna red social; un tercio aseguran estar conectado casi constantemente, y 46 por ciento dicen que las redes empeoran la percepción de su cuerpo.
Estudios de sicología cognitiva han demostrado que la mera presencia de un teléfono sobre el pupitre, incluso apagado, reduce la capacidad de atención sostenida. El cerebro humano no está diseñado para el multitasking real. Lo que ocurre es un cambio constante de foco que fragmenta el aprendizaje y dificulta la retención de información.
Cuando un estudiante interrumpe una explicación para revisar una notificación, no sólo pierde ese fragmento de clase, sino que necesita varios minutos para recuperar el nivel de concentración. A esto se suma el efecto sobre la salud mental. El uso intensivo de redes sociales durante la adolescencia se ha vinculado con mayores niveles de ansiedad, comparación social constante y alteraciones del sueño.
Las redes sociales y con ellas el algoritmo saben a la perfección qué queremos ver y escuchar, qué tema nos interesa ahora, cuál nos interesó hace un día y qué nos interesará mañana. Nos suministran dosis de contenido que fragmentado en breves clips termina haciéndose eterno al atraparnos en miles de publicaciones cortas, que en su totalidad representan horas de audiencia. Si un adulto es susceptible a desvelarse observando la pantalla de su celular, en una franca derrota a lo que cree que es su voluntad, un menor de edad con un dispositivo en la mano podría llegar a convertirse en Erisictón, personaje mitológico de la antigua Grecia, que mientras más comía, más vacío y hambriento se sentía.
Y no es que todas las pantallas dañen; la evidencia muestra que el problema aparece con el uso excesivo, recreativo y sin reglas. Por ello es urgente que se regule el uso de dispositivos electrónicos, lo que a diferencia del lamento agorero del chat de tías y tíos no es regresar al pasado, sino recuperar la atención, el aprendizaje y la convivencia.
La presidenta Claudia Sheinbaum impulsa la construcción de una propuesta para regular el uso de teléfonos celulares y otros dispositivos digitales en las aulas. El objetivo no es rechazar la tecnología, sino evitar que se convierta en una fuente permanente de distracción y afecte el aprendizaje, la convivencia y la salud emocional de niñas, niños y adolescentes.
No se trata de prohibir ni tampoco de imponer; la regulación se construirá mediante foros regionales con especialistas, docentes y familias, para que las nuevas reglas nazcan del diálogo y no de una prohibición impuesta. Será fundamental que, como está previsto, los estudiantes sean incluidos en esta conversación, ya que las normas impuestas sin diálogo generan resistencia, mientras las construidas de manera participativa suelen respetarse con mayor naturalidad. Las juventudes deben participar en las tomas de decisiones, sobre todo en aquellas que los involucran.
La escuela no puede competir sola contra empresas que conocen las emociones de un adolescente mejor que sus maestros y, en ocasiones, que su familia. Regular no es apagar el futuro: es impedir que el algoritmo entre al salón, se siente en primera fila y termine dando la clase.
