Intencionalidad discursiva

“Quien agita el avispero tiene un objetivo diferente al de aquél que pretender decir ‘la verdad’ de lo que sucede en determinadas situaciones”.

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Cuando uno dice algo lo dice por alguna razón. Eso no significa que dicha razón siempre sea consciente o, peor aún, acertada. Todos nos hemos equivocado de muchas formas a la hora de comunicarnos. A veces, por nuestra propia torpeza y, en otras, porque no existe una clara comprensión de los efectos que producen nuestras palabras.

Si bien esto suele tener consecuencias, positivas o negativas, en la forma en que interactuamos con el mundo, dentro de lo cotidiano a veces basta con pedir disculpas, con no ser aprensivo o con afrontar la responsabilidad.

Si un día mi vecino se estaciona en mi lugar de estacionamiento puedo pedirle amablemente que se quite. También provocar un escándalo y amenazarlo. La decisión es mía lo mismo que la responsabilidad por las posibles consecuencias. En general, es mejor estrategia pedir que corrija su error con cordialidad, pero hay quien prefiere el conflicto.

Ese sujeto que encara a su vecino no puede sorprenderse si hay una reacción violenta como resultado de esas amenazas. Ya no puede decir que su intención era, solamente, que movieran el coche. Es claro que existía un propósito subyacente: amedrentar, exhibir el enojo, mostrarse como alguien que no se deja y demás. En verdad que se tendría que ser muy ingenuo para no esperar una reacción agresiva.

De ahí que me sorprendan muchas polémicas recientes en torno a lo que han publicado algunos articulistas, columnistas e intelectuales en algunos medios. Más allá de que tengan razón o no (como tenía yo razón al pedir que liberaran mi lugar de estacionamiento), es casi evidente que la forma en que plantean los asuntos está diseñada a partir de una intencionalidad, cuando menos, provocadora, por no decir agresiva.

Y ya no somos mi vecino y yo en un mal día.

Son personas que, se supone, tienen cierta altura intelectual. La suficiente como para tener espacio en determinados medios. Así que, lo que no pueden permitirse, es ser ingenuos suponiendo que no iban a levantar ámpulas sus comentarios.

Eso no significa, por supuesto, que no se pueda ser un provocador. Sólo que, en esos casos, la intención es distinta. Quien agita el avispero tiene un objetivo diferente al de aquél que pretender decir “la verdad” de lo que sucede en determinadas situaciones.

Y el provocador se reconoce como tal.

Hay círculos intelectuales demasiado dogmáticos. Se encierran en sí mismos, se consumen los unos a los otros y se apoyan de igual forma. En esos casos, como en el automatismo que me permite saludar a las personas con las que me cruzo cotidianamente, es posible que la intencionalidad discursiva se haya diluido por completo.

Una forma más de clausurar el diálogo.

Share

You may also like...