Gente de pocas palabras y muchos gritos

Fernando Buen Abad Domínguez*

Nos urge una semiótica crítica para derrotar al palabrerío futbolero mercantilizado. Abunda la pobreza narrativa, no poco sospechosa, en una porción significativa de las transmisiones futbolísticas latinoamericanas, y eso no constituye un accidente estilístico ni una simple insuficiencia profesional. Expresa una configuración cultural más profunda, determinada por las formas contemporáneas de producción simbólica, por la mercantilización acelerada del lenguaje y por la subordinación creciente de la palabra a los ritmos de la industria del entretenimiento. Existen al menos 10 evidencias observables que permiten comprender este empobrecimiento discursivo y sus consecuencias sobre la percepción colectiva del deporte, la historia social y la conciencia crítica de las audiencias. 

Una primera radica en la reducción extrema del vocabulario. Estudios lingüísticos aplicados a medios de comunicación muestran que numerosos narradores operan dentro de un repertorio léxico extraordinariamente limitado, compuesto por fórmulas individualistas, repetitivas, exclamaciones y exageraciones previsibles y lugares comunes desgastados. Allí donde el idioma ofrece miles de posibilidades descriptivas, predominan unas pocas decenas de expresiones convertidas en mercancía verbal de consumo instantáneo. 

La segunda evidencia aparece en la sustitución de la descripción por la estridencia. La narración deja de construir imágenes mentales complejas y opta por amplificar el volumen emocional. El grito remplaza al análisis. La intensidad acústica pretende compensar la escasez conceptual. El resultado es una hipertrofia sonora acompañada por una atrofia semántica que vacía de contenido los acontecimientos observados. 

Una tercera evidencia consiste en la desaparición de referencias históricas sustantivas. El partido es presentado como un episodio azaroso y autónomo, desprendido de los procesos sociales que le dieron origen. Los clubes aparecen desligados de las migraciones obreras, de los conflictos urbanos, de las luchas sindicales, de las transformaciones económicas y culturales que moldearon su existencia. La memoria colectiva queda remplazada por una sucesión de anécdotas superficiales orientadas al espectáculo. 

La cuarta evidencia se manifiesta en la incapacidad para interpretar las dimensiones económicas que atraviesan el futbol contemporáneo. Las transmisiones hablan de pases, contratos, fichajes y mercados con una naturalidad que oculta las relaciones de poder implicadas. Los jugadores, muchos de ellos multimillonarios, son descritos como activos financieros; las instituciones, como marcas; los aficionados, como segmentos de mercado. 

Y la quinta evidencia emerge en la personalización extrema de los procesos colectivos. El futbol, actividad eminentemente social, es narrado mediante relatos centrados en héroes individuales. Tal procedimiento reproduce una concepción individualista del mundo funcional a las ideologías dominantes, porque desvía la atención desde las relaciones sociales hacia biografías convertidas en mercancías emocionales. 

La sexta evidencia reside en la proliferación de clichés sentimentales. Expresiones reiteradas hasta el agotamiento remplazan la observación rigurosa. El relato se llena de frases prefabricadas destinadas a producir respuestas afectivas automáticas. La emoción deja de surgir del conocimiento profundo de los hechos y pasa a ser inducida mediante mecanismos repetitivos de estimulación simbólica. 

En una séptima evidencia se exhibe el empobrecimiento de la capacidad metafórica. En numerosas transmisiones actuales predominan comparaciones rudimentarias que apenas superan el nivel publicitario. La metáfora deja de expandir el horizonte de comprensión y queda reducida a un adorno mecánico. Con ello se restringe la riqueza imaginativa de las audiencias y se limita la posibilidad de establecer conexiones entre el futbol y la totalidad de la experiencia humana. 

La octava evidencia se encuentra en la homogeneización regional del lenguaje. Narradores de países distintos reproducen fórmulas idénticas, modulaciones semejantes y estructuras discursivas intercambiables. La diversidad cultural latinoamericana desaparece bajo la presión de modelos empresariales que buscan productos comunicacionales estandarizados. 

Una novena evidencia consiste en la subordinación del relato a la lógica publicitaria. El discurso ya no organiza prioritariamente la comprensión del juego; organiza la circulación de marcas, patrocinadores y productos. Las pausas, los énfasis y las jerarquías narrativas obedecen con frecuencia a necesidades comerciales. El lenguaje deja de actuar como instrumento de conocimiento para convertirse en plataforma de valorización económica. Esta transformación afecta profundamente la calidad intelectual de la narración, porque desplaza el centro de gravedad desde la interpretación hacia la promoción mercantil. 

La décima evidencia aparece en la renuncia a toda pedagogía crítica. La transmisión podría constituir una extraordinaria escuela popular de observación táctica, historia social, geografía cultural y formación estética. Sin embargo, suele limitarse a reproducir comentarios inmediatos destinados a evitar cualquier esfuerzo reflexivo. La audiencia es concebida como consumidora pasiva de estímulos y no como sujeto capaz de desarrollar comprensión compleja de los fenómenos deportivos. 

Estas 10 evidencias remiten a un mismo proceso histórico: la progresiva colonización de la palabra por las exigencias de la rentabilidad comunicacional. Cuando el lenguaje pierde densidad conceptual, también pierde capacidad para revelar contradicciones, para iluminar relaciones ocultas y para enriquecer la conciencia colectiva. La degradación narrativa no afecta únicamente la calidad estética del relato deportivo; afecta la capacidad de comprender el mundo. Allí donde la palabra se vuelve estrecha, la realidad parece más simple de lo que realmente es. Una narración futbolística intelectualmente rigurosa podría contribuir a fortalecer la conciencia social mostrando cómo cada estadio expresa una geografía de clases, cómo cada club contiene una memoria comunitaria, cómo cada campeonato refleja disputas económicas y culturales que exceden ampliamente el terreno de juego. La defensa de una narrativa más rica, más culta y más crítica no constituye una cuestión ornamental. Forma parte de la lucha por democratizar el conocimiento, ampliar los horizontes de comprensión popular y recuperar para la palabra su capacidad de nombrar la totalidad viva de la experiencia humana. 

*Doctor en filosofía

Share

You may also like...