“Culiacán, ciudad del miedo”, el libro de Guillermo Ibarra que el gobierno no atendió

Alvaro Aragón Ayala

Culiacán tuvo, desde 2015, una explicación científica de cómo la violencia transformaba su territorio, su economía, su movilidad, sus relaciones sociales y su vida cotidiana; el problema fue que ese conocimiento no se convirtió en política pública. Publicado por la editorial Jorale y la Universidad Autónoma de Sinaloa, el libro “Culiacán, ciudad del miedo: urbanización, economía, violencia”, escrito por Guillermo Ibarra Escobar, destaca por su capacidad para interpretar el futuro urbano de la región. Más allá de pretender convertirse en una profecía, la obra construyó, desde las ciencias sociales, un marco interpretativo que obligaba y obliga a examinar la violencia superando la simple estadística criminal, el enfrentamiento armado o el parte policial.

Guillermo Ibarra Escobar no es un observador circunstancial de Sinaloa, sino un académico cuya trayectoria se encuentra profundamente vinculada al estudio de la economía, las ciudades, el desarrollo regional, la globalización y los procesos migratorios. De acuerdo con el Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura, es licenciado, maestro y doctor en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), además de haber sido catedrático de la UAS desde 1977 e investigador visitante en instituciones de prestigio como la Universidad de Texas en Austin, la Universidad de California (en Los Ángeles y San Diego) y la Universidad de Ottawa.

Su grado doctoral no constituyó un mero mérito académico: su tesis, titulada El sector servicios en las principales ciudades de Sinaloa y defendida en la Facultad de Economía de la UNAM entre 1989 y 1993 con mención honorífica, resulta fundamental para comprender el origen de su libro. Ibarra no abordó la violencia desde la nota roja, sino desde la estructura productiva, la economía y el territorio, analizando la manera en que la sociedad produce, ocupa y transforma su propio espacio.

Su perfil científico actual lo consolida como un profesor-investigador que estuvo adscrito a la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la UAS, y por su pertenencia al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 1994, en un nivel destacado. Sus líneas de investigación abarcan la historia y el desarrollo regional, los estudios urbanos en América del Norte, los mercados laborales, la migración, la globalización y la cultura.

Por lo tanto, no se trata de un especialista que improvisó el estudio del narcotráfico al margen de la temática policial, sino de un estudioso de la transformación económica de Sinaloa que terminó encontrándose con el fenómeno de la violencia como una dimensión inherente a dicho proceso. Ibarra acumuló décadas de investigación previa sobre Culiacán en obras como Sinaloa, tres siglos de economía, Economía terciaria y desarrollo regional en México, Culiacán a través de los siglos, Migrantes en mercados de trabajo globales y Capacidades competitivas del sistema urbano de México, demostrando una preocupación constante por comprender la construcción y mutación de la estructura urbana a la par de los cambios sociales.

Debido a este antecedente, “Culiacán, ciudad del miedo” debió y debe abordarse como el resultado de una investigación de largo aliento que no inicia con el miedo, sino que llega a él tras analizar a fondo el espacio habitable. El verdadero valor de la obra radica en que Ibarra no redujo el problema a una explicación simplista basada únicamente en la existencia de delincuentes, sino que estudió la compleja relación entre urbanización, economía y violencia, observando cómo el temor modifica la configuración espacial. Como respuesta al peligro, la ciudad genera fraccionamientos cerrados, bardas, privadas, sistemas de vigilancia privada y alteraciones en la movilidad que provocan el abandono del espacio público, pues la ciudadanía modifica su comportamiento al percibir riesgos en determinados lugares, horarios y circunstancias.

En consecuencia, la violencia se convirtió en una fuerza organizadora del territorio, lo que sustenta la tesis central del autor: el miedo también construye ciudades. A diferencia del pensamiento convencional que asume que la violencia irrumpe en una ciudad ya dada, la investigación de Ibarra invierte la ecuación para demostrar que la violencia produce dinámicas urbanas específicas, caracterizadas por la segregación, el encierro residencial, la desconfianza colectiva y la adopción de mecanismos privados de protección. La investigación académica posterior ha ratificado esta relación entre inseguridad y mutación espacial, validando un título cuya sofisticación conceptual diferencia a una “ciudad violenta” —donde solo se registran delitos— de una “ciudad del miedo”, donde la conducta colectiva se altera preventivamente ante la mera posibilidad de sufrirlos.

El análisis de Ibarra trasciende la arquitectura y el urbanismo al argumentar que el miedo resulta inseparable de la economía. En el ámbito regional, la economía formal convive con circuitos informales e ilícitos donde el capital criminal permea el consumo, incide en el mercado inmobiliario y redefine las zonas residenciales al insertarse en el flujo legal. Por este motivo, el fenómeno no admite una explicación estrictamente policial, ya que sus raíces son económicas y, por extensión, sociales y territoriales.

La conclusión más compleja del libro sostiene que el problema central de Culiacán no radica únicamente en la presencia del crimen organizado, sino en cómo este se articula con la debilidad institucional, la impunidad y la corrupción. Tras los sucesos de octubre de 2019, el propio Ibarra reiteró públicamente que las actividades ligadas al narcotráfico representan una proporción considerable de la economía sinaloense, fruto de décadas de entrelazamiento entre el crimen, la sociedad, el gobierno y el lavado de dinero, reubicando el problema en una dimensión estructural donde convergen economía, territorio, instituciones y violencia.

El impacto del episodio conocido como el “Culiacanazo” en octubre de 2019, cuatro años después de la publicación de la obra, confirmó de manera contundente la tesis de Ibarra sobre cómo la violencia criminal puede paralizar la dinámica de una metrópoli en pocas horas. El cierre de comercios, la suspensión de clases, el bloqueo de vías y el confinamiento de la población transformaron la inseguridad en un evento urbano integral, otorgándole una dimensión práctica y desgarradora al concepto de «ciudad del miedo».

Pese a la claridad de este diagnóstico, el gobierno de Sinaloa y de Culiacán recibió la obra únicamente como un producto académico más, sin traducirla en políticas públicas ni en una reestructuración del espacio urbano o de la seguridad ciudadana. La inacción de autoridades, urbanistas, empresarios y ciudadanos frente a las advertencias sobre el deterioro del capital social y la normalización del encierro sugiere una hipótesis crítica: la ciudad contó con un diagnóstico certero sobre su problemática, pero fue incapaz de diseñar e implementar una respuesta institucional y social equivalente.

A diferencia de la reacción social y política, que suele ser tardía y responder únicamente cuando la crisis o la emergencia han estallado, la investigación científica opera identificando dinámicas y trayectorias antes de que se consoliden como catástrofes. Cuando Guillermo Ibarra publicó su obra en 2015, no estaba presentando una fotografía fija, sino trazando una trayectoria teórica y empírica que permitía formular hipótesis fundamentadas sobre el futuro de la capital sinaloense.

A poco más de diez años de distancia, hay que reconocer y aceptar que el autor tenía razón y formular nuevas interrogantes e investigaciones sobre la evolución de la economía criminal, la sofisticación de la seguridad privada, la degradación del espacio público y el acondicionamiento de las decisiones cotidianas en función del riesgo. La pregunta histórica decisiva es si Culiacán transitó de ser una ciudad con miedo a una metrópoli que asimiló y aprendió a convivir con el peligro como un rasgo de normalidad.

Reducir la obra de Ibarra a un estudio sobre narcotraficantes constituye un error de lectura, pues su trabajo examina el ecosistema urbano integral que permite a una sociedad absorber y normalizar la violencia. Aunque los actores criminales, los gobiernos y los discursos políticos cambien con el tiempo, las estructuras subyacentes-definidas por el territorio, la economía, la desigualdad, la corrupción y la cultura- permanecen vigentes.

La deuda actual de Culiacán es con la persona de Guillermo Ibarra y con el conocimiento científico generado sobre su propio territorio. Si una comunidad ignora las advertencias estructurales de sus investigadores y se acostumbra a la inseguridad, el miedo deja de ser una respuesta psicológica individual para convertirse en una estructura social, en arquitectura, en economía y en política. La tarea pendiente consiste en cuestionar qué tipo de ciudad se está construyendo tras décadas de habitar en el temor, iniciando así la lectura analítica que la sociedad aún le debe a su propio diagnóstico.

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