Morena 2027: en Sinaloa, el reto es mantener la cohesión interna

Álvaro Aragón Ayala

En la ruta de las Elecciones 2027, el principal desafío político y electoral para el Movimiento de Regeneración Nacional proviene de sus propias tensiones internas y de la presión de las viejas élites en proceso de reacomodo. A ello se suma su dificultad para convertir la pluralidad interna en una verdadera ventaja organizativa.

Desde su llegada al poder nacional con Andrés Manuel López Obrador y su consolidación estatal bajo el liderazgo de Rubén Rocha Moya, los centros de decisión ligados al PRI y al PAN fueron marginados. Sin embargo, ese desplazamiento los obligó a mutar sus redes de influencia.

Hoy, “agarrada” de la crisis de seguridad y el uso político y mediático del dolor social y humano, la oposición busca reconstruirse deslegitimando de manera sistemática al gobierno estatal. En este contexto, la estabilidad de Morena depende, sobre todo, de su capacidad para administrar sus propias fracturas.

LAS TRES FIGURAS CLAVES

En la antesala del 2027, tres figuras destacan con fuerza: Imelda Castro Castro, senadora con trayectoria territorial y experiencia legislativa; Enrique Inzunza Cázarez, operador político con vínculos institucionales y perfil jurídico; y Julio Berdegué Sacristán, titular de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, con proyección nacional y respaldo técnico.

Más allá de sus perfiles, lo relevante es que ninguno puede imponerse sobre el otro o la otra o los otros dos sin generar costos internos. Así, pues, la sucesión será una disputa dentro del propio movimiento.
En este entramado de intereses, la conducción política del proceso sucesorio adquiere una relevancia estratégica: se trata de definir la candidatura al gobierno, así como las postulaciones a alcaldías y diputaciones, sin provocar rupturas ni deserciones.

LOS MÁRGENES DE MANIOBRA

De cara a 2027, Morena aún conserva capital político, estructura territorial y respaldo electoral para ordenar su sucesión. Sin embargo, esa ventana de oportunidad es limitada y se estrecha con el tiempo.

Cada conflicto no resuelto reducirá el margen de maniobra; cada exclusión innecesaria multiplicará los riesgos; cada decisión opaca debilitará la autoridad interna en un escenario donde la sucesión debe asumirse como un proceso de construcción colectiva. La lógica del “todo o nada” es incompatible con la estabilidad de Morena.

El reto central no es entonces producir un posible candidato ganador, sino preservar un bloque político funcional después de la decisión/contienda interna que Morena llegue fuerte al día de la elección en el entendido de que si el partido se divide se abrirán espacios a la oposición.

Finalmente, el resultado del proceso sucesorio en Sinaloa reflejará la capacidad o la nulidad de Morena para transitar de movimiento electoral a organización política madura. Lo que ocurra en 2027 será, en esencia, la consecuencia directa de las decisiones tomadas hoy, en el presente.

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