La ética y la estética en el Legislativo
Rafael Cardona
No es propósito de esta columna defender a nadie. Tampoco escribir en contra de quienes, con su afanoso trabajo, su infinita dedicación y los sacrificios incontables del servicio patriótico, colman la vida nacional con leyes de infinita sabiduría jurídica –por ejemplo, el veto constitucional a los vapeadores– cuyo cumplimiento nos hará nación sin paralelo en este mundo y quizá en otros cuya lejanía nos impide conocerlos.
Pero nadie, ni siquiera los opositores tercos como las mulas o los mulos, podría descalificar la enorme aportación del trabajo legislativo cuyos señores diputados –verdaderos padres conscriptos de la Nación– o los senadores de alta sabiduría y buenas maneras (ahí tenemos al insigne Gerardo Fernández Noroña, digno heredero del lustre de Belisario Domínguez, pero con la lengua un tanto más larga–, colman la patria de orgullo en especial por su probada independencia de criterio y su meticulosa labor de obra legislativa.
Si analizamos el comportamiento de los senadores y su acrisolada honestidad cuyos fulgores podrían iluminar la noche más oscura –ahí tiene usted a don Adán Augusto– quedamos todos satisfechos y hasta orgullosos de tener una clase política con las características morales del actual Congreso de la Unión, cuya diversa composición tiene la ventaja universal de ser tan paritaria como la equidad justiciera, pues hay tantas senadoras cuya estirpe republicana y conocimientos jurídicos esplenden como para en verdad sentirse ufanos y contentos por estar representados y conducidos en los campos de la ley por tan dignas personas.
Por eso me ha parecido injusto el caudal de críticas y hasta censuras emitido contra la sala de belleza en el edificio del Senado, para uso de los esforzados legisladores quienes hallan ahí a pulquérrimos rapabarbas, barberos o alfajemes, a más de esteticistas y rapistas descendientes de antiguos flebotomistas.
También me parece injusta la maledicencia porque si en San Lázaro funciona desde tiempos inaugurales una peluquería con servicio complementario de arreglos diversos; uñas, pestañas, tintes, peinados y demás para los dignos oficios de los antiguos tonsores (por aquello de la tonsura)lejos de aquellos establecidos en casas o galpones cuyo poste tricolor anunciaba sangrías y labor de tiradientes, no habría razón para privar del servicio a los senadores y senadoras (especialmente a estas, como ya vimos en la foto de Juanita, la más bonita), porque no nada más deben ser sino parecer y estas señoras, señoritas y demás, no deben únicamente cumplir sus trabajos con ética sino también con estética, la cual –en algunos casos–, les falta en demasía, señalamiento este aplicable también a los señores ahí instalados en cómodos escaños.
ESTADÍSTICA
Y así como la ética puede completarse con la estética; la lógica termina derrotada por la estadística. Este párrafo de nuestra señora presidenta con “A” es un monumento.
–¿A qué? Usted lo dirá mejor.
“Voy a repetirlo (dijo la presidenta):42 por ciento de reducción en homicidio doloso, de septiembre de 2024 a enero de 2026; eso significa 36 homicidios diarios menos de los que se cometieron en septiembre.
“Hay 36 homicidios diarios menos, 36 personas pierden… o DEJARON DE PERDER LA VIDA —vamos a ponerlo así— diariamente en México, entre septiembre de 2024 y enero del 2026; además de la reducción en otros delitos”.
“La única pregunta es: ¿cómo puede alguien DEJAR DE PERDER la vida? ¿Cuántas veces se puede?
–¿Usted está vivo o está muerto?, le preguntan a un imaginario personaje como si fuera el gato de la paradoja de Schrödinger.
–No, dice, ni estoy vivo ni estoy muerto, simplemente dejé de perder la vida.
En el absurdo de las estadísticas si hay un 36 por ciento menos de algo, quiere decir también que hay un 64 por ciento aún vigente. Si antes asesinaban a 100 y ahora nada más a sesenta y cuatro, vivimos un infierno de homicidios con 23 mil 360 cadáveres tirados por las calles en un año.
