De echado del Palacio Nacional, a acusador: la revancha de Julio Scherer

Álvaro Aragón Ayala

No es necesario atribuir patologías para advertir un tono de ajuste. El resentimiento político no es una enfermedad; es un fenómeno frecuente en los procesos de ruptura de élites. En los sistemas de poder altamente centralizados -como el que se construyó en torno a Andrés Manuel López Obrador- la cercanía al liderazgo otorga influencia institucional, produce identidad, pertenencia y sentido de misión. Salir de ese núcleo no es solo perder un cargo. Es perder centralidad simbólica. Y esa pérdida genera narrativas.

Cuando un personaje como Julio Scherer Ibarra, quien fue parte del círculo duro del poder, publica el libro que “Ni Venganza ni olvido”, en el que cuestiona a operadores internos, sugiere manipulación informativa, señala errores estratégicos, relativiza decisiones estructurales, y lo hace después de ser echado de Palacio Nacional y satanizado en Morena es legítimo preguntarse si estamos ante un ejercicio de memoria histórica o ante un intento de reivindicación personal. Esa frontera es muy delgada

En política, el desplazamiento no es neutro. No es solo administrativo. Es emocional, simbólico y reputacional. Impacta en la psique, hiere el alma. Implica: pérdida de acceso directo al líder, pérdida de control narrativo y pérdida de influencia real. Y, muchas veces, pérdida de estatus dentro de la élite. El desplazado enfrenta entonces una disyuntiva: aceptar el retiro, guardar silencio o disputar el sentido de su propia historia. Scherer eligió disputar.

Desde esta perspectiva, “Ni venganza ni perdón” puede leerse como un mecanismo de recuperación simbólica. Ya sin control institucional, Julio trata de recobrar poder mediante el relato, la interpretación, la selección de episodios, el juicio “moral”, la reconstrucción a modo del pasado. La pluma, pues, sustituye al cargo. El libro funciona como una nueva oficina política: desde ahí se acusa, se absuelve, se explica y se reordena la historia.

LA PSICOLOGÍA DEL DESPLAZADO

Bien. No se trata de diagnosticar trastornos. Se trata de comprender una lógica recurrente en las élites: cuando un personaje pierde centralidad, tiende a intentar reafirmar su valor histórico, subrayar sus aportes, minimizar o “desaparecer” errores personales, redistribuir responsabilidades, y construirse como conciencia crítica retrospectiva. Este no es clínico. Es político.

Suele entonces diseñar una narrativa implícita: “yo veía lo que otros no veían. Yo advertí lo que ignoraron. Yo actué con ética”. Es una forma de preservar capital simbólico. Uno de los ejes centrales del libro de Scherer es la apelación constante a la ética, la lealtad y la integridad. Pero en este contexto, la ética opera también como blindaje. Funciona para neutralizar críticas, desactivar sospechas, construir superioridad moral. Convertir al autor en juez.

No es que la ética sea falsa. Es que se instrumentaliza. Se vuelve parte de la estrategia defensiva. Ahí emerge el “falso evangelio ético”: una moral discursiva que no se acompaña de autocrítica proporcional al poder ejercido. Autocrítica limitada es responsabilidad diluida. El libro reconoce errores del gobierno, pero rara vez profundiza en la propia corresponsabilidad. Si hubo fallas estructurales, decisiones erráticas o gabinetes mal integrados, Scherer fue parte del diseño.

Sin embargo, el relato tiende a ubicar los problemas en otros funcionarios, otros operadores, otros intermediarios. La autocrítica aparece, pero atenuada y la crítica, amplificada. El libro es una contraofensiva simbólica. Una forma de decir: “no caí. Me desplazaron. Y aquí está mi versión”. No busca destruir al movimiento, pero sí reposicionarse dentro de él y frente a él. No es una demolición. Es una reubicación.

Más que venganza explícita, el libro expresa un ajuste narrativo posterior al desplazamiento. No es patología. No es locura. No es irracionalidad. Es política. Es la respuesta discursiva de quien perdió centralidad y busca reconstruir su autoridad desde la palabra. Por eso, “Ni venganza ni perdón” no funciona como tribunal moral, sino como escenario de reivindicación.

El libro es el espacio donde Julio vuelve a ser protagonista, pero ahora desde el relato.

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