AMLO y Claudia, frente a la incongruencia

Francisco Ortiz Pinchetti
El tema de la austeridad con que deben manejarse los funcionarios públicos tanto en el ejercicio de su cargo como de su vida personal, se ha convertido en los hechos en un motivo de aparente contradicción entre el expresidente López Obrador y la actual mandataria, su sucesora y discípula, Claudia Sheinbaum Pardo.
Y es que mientras el tabasqueño hizo de la austeridad un pilar central de su Gobierno –lo que llamó “austeridad republicana” y luego convirtió en el discurso en “pobreza franciscana”—y sancionó a quienes con escándalo la violaron, la Presidenta justifica y tolera todos los días acciones que contradicen esa doctrina. Aunque ha emitido declaraciones que parecen ir en ese sentido, en los hechos no ha emprendido acción alguna para corregir ese “desvío ético”, una evidente traición a los principios de la cuatroté, el Movimiento de la Honestidad.
Claro, cada vez que puede repite como loro el eslogan demagógico de su Maestro, de que “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre” y se clava en el concepto populista de que el dinero del erario debe destinarse a programas sociales y al bienestar de la población, en lugar de a lujos y excesos de los funcionarios.
Lo dice, pero no actúa. Es evidente que no tiene ni por asomo el control del Movimiento como lo tuvo y lo tiene AMLO; pero su actitud frente a los abusos conocidos (y otros que seguramente ella conocerá), denota además un enfrentamiento, un conflicto interno en la cúpula de Morena. Es claro que se le están saliendo del huacal.
Sería ingenuo pensar que acaso es una forma sutil de diferenciarse del “estilo” de Andrés Manuel, me parece. ¿O sí?
En múltiples ocasiones Andrés Manuel dijo que su concepto de la política se inspira en el ejemplo de Benito Juárez, quien, según él, vivía en la “justa medianía”. Promovió siempre la idea de que el poder es sinónimo de humildad y que la riqueza material es efímera. “Si ya tenemos un par de zapatos, ¿para qué queremos más?”, decía por ejemplo.
Su gobierno promulgó la Ley Federal de Austeridad Republicana en 2019, que prohíbe, entre otras cosas, la compra o arrendamiento de vehículos de lujo, los seguros de gastos médicos mayores para funcionarios y la remodelación de oficinas por cuestiones estéticas. Los ahorros generados por estas medidas, aseguraba, se destinarían a financiar programas sociales.
Para él, la austeridad está directamente ligada al combate a la corrupción. Argumentaba que al eliminar los lujos y el derroche, se evita que los recursos públicos sean desviados y se pueden liberar fondos para invertirlos en el desarrollo del país y el apoyo a los más necesitados.
Y al menos en tres ocasiones tuvo arranques populistas y actuó enérgicamente contra políticos, inclusive muy cercanos a él, que violaron no el principio de la austeridad republicana sino el de la ostentación. Lo que no perdonaba, a la luz de esos casos, era… el no observar la simulación.
Tal fue el caso de César Yáñez Centeno, su jefe de prensa personal y una suerte de secretario privado durante el largo recorrido de tres lustros hacia la Presidencia de la República. A la hora de la victoria no estuvo sin embargo en el cargo que era evidente merecía, el de coordinador general de Comunicación Social y vocero de la Presidencia de la República. Y su lugar fue ocupado por su subordinado suyo, Jesús Ramírez Cuevas.