“Generación Z” o la irritación del sistema

Instituto Mora

La movilización de la denominada “Generación Z” que tuvo lugar en la Ciudad de México a mitad del mes de noviembre, puede ser interpretada como un fenómeno excepcional en el conjunto de protestas desarrolladas por la oposición partidista y social al gobierno de la 4T. La novedad de esta protesta es el efecto que generó; es decir, logró producir irritación en un gobierno que hasta entonces sabía responder a las denuncias de autoritarismo que por aquí y por allá proliferaban. De acuerdo con Niklas Luhmann, la irritación no es un estado emocional, más bien expresa la manera en que el sistema político reacciona ante las perturbaciones provenientes del entorno. La capacidad de reaccionar rápidamente; sin embargo, puede conllevar el costo de perder el manejo de las irritaciones. (1)

La protesta, limitada en el número de participantes, puede ser valorada como señal del funcionamiento del sistema político. La escenificación del enfrentamiento entre los elementos de seguridad que resguardaban Palacio Nacional y los manifestantes (con evidente presencia de grupos de choque), la desacreditación de la movilización en distintos espacios de análisis, así como la respuesta posterior donde se hizo público que el joven que convocó a la marcha colaboraba con el Partido Acción Nacional  –en un intento por mostrar que los jóvenes no están contra el régimen que les abrió las puertas para una vida en el futuro– muestran la presencia de una forma de autoritarismo que puede pasar desapercibido en nombre de una superioridad moral y una legitimidad ganada en las urnas. Las reacciones exhiben que se desconoce a la oposición más allá de los confines del Congreso, por lo que se articula una lectura paranoica de lo societal que también atañe al disenso, el cual no es reconocido como parte de la “verdadera democracia”, hasta entonces enfocada a satisfacer las demandas de mejoramiento social del pueblo y ampliar la participación en los límites impuestos por el régimen de la 4T. Además, muestran la incapacidad del sistema para procesar las diferencias sin convertirlas en agresión. En un entorno donde las irritaciones ya no se controlan, la respuesta del poder es irritarse aún más, de manera que en lugar de aminorar el problema termina por reforzarlo a través de convertir la deliberación en descalificación, la diferencia en sospecha.

Conviene hacer una advertencia: donde la diferencia no puede expresarse sin algún tipo de represalia, la democracia pierde vigor. Aun así, la presencia de personas en las calles nos recuerda que la política no se agota en las urnas, en el ejercicio rutinario de los representantes en el Congreso o la administración del gobierno, ni en el control territorial. También implica la posibilidad de contestación y la vigilancia constante sobre quienes ejercen el poder. La rendición de cuentas es parte esencial de cualquier democracia, pero cuando los canales institucionales dejan de satisfacer en ciertos sectores sociales la demanda de confianza y la atribución de responsabilidades, es necesario preguntarse ¿qué se puede hacer?

Continuar con la movilización y la protesta cuando sea necesario denunciar actos de corrupción y abuso de poder. En la democracia el poder no le pertenece a nadie, aunque ganen elecciones por un abrumador margen de votaciones. Por ello, hay que sospechar de quienes en distintos momentos se han autonombrado como sus defensores en una especie de acto heroico, ya sea para poner el poder al servicio del pueblo o demandando la corrección del ejercicio del poder.

La movilización es una opción, pues siguiendo a Luhmann, el sistema político puede reaccionar eliminando la diferencia -que no necesariamente lleva a la violencia, sino puede permitir la incorporación de la oposición- y/o reforzando la desviación. En cualquiera de los dos casos, las exigencias de confianza y rendición de cuentas no son satisfechas.

En un sistema democrático, la protesta funciona como la expresión legítima de la diferencia, en otro tipo de sistema es recordatorio de amenaza. Si el gobierno se niega a reconocer ese límite, las calles volverán a pintar imágenes del pasado, aunque con sus evidentes diferencias. Si a la crítica se responde con un discurso de superioridad moral, con discursos conspirativos, lo que se muestra es la vulnerabilidad del sistema. La marcha de la “Generación Z” generó irritación en el sistema político, además hizo evidente la dificultad que tiene el gobierno para distinguir entre una protesta que incomoda y una que obliga a corregir el rumbo.

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