La inversión que decidió quedarse

La Secretaría de Economía informó que la Inversión Extranjera Directa sumó 34 mil 968 millones de dólares entre enero y junio de 2026, la cifra más alta registrada para un periodo similar y 2.1 por ciento superior a la de un año antes, en cifras preliminares comparables.
Enrique Quintana
Hay dos maneras de leer el récord de inversión extranjera que México registró en el primer semestre del año. Las dos son ciertas, pero cuentan historias distintas.
La Secretaría de Economía informó que la Inversión Extranjera Directa sumó 34 mil 968 millones de dólares entre enero y junio de 2026, la cifra más alta registrada para un periodo similar y 2.1 por ciento superior a la de un año antes, en cifras preliminares comparables.
La primera lectura es inequívocamente positiva. En medio de la incertidumbre comercial y de las dudas que han rodeado al entorno de inversión, el capital extranjero no se fue: permaneció y alcanzó un nuevo máximo.
Pero hay una segunda lectura que resulta inquietante.
El 88.5 por ciento de esos recursos, casi 31 mil millones de dólares, correspondió a reinversión de utilidades. Es decir, ganancias generadas por compañías extranjeras que ya operan en México y que, en lugar de distribuirlas entre sus accionistas, decidieron mantenerlas en el país.
Conviene detenerse en el verbo: decidieron.
La reinversión no equivale necesariamente a nueva capacidad productiva, pero tampoco es una simple curiosidad contable. Las empresas podrían distribuir esas ganancias y sus propietarios colocarlas en otros mercados. Que una proporción tan elevada permanezca en México indica que quienes ya conocen el terreno siguen considerando rentable mantener aquí su capital.
Ahí aparece la otra cara del récord. Las nuevas inversiones sumaron apenas 2 mil 726 millones de dólares, 7.8 por ciento de la IED total, y resultaron 13.4 por ciento inferiores a las del mismo periodo de 2025. Para un país que se ha presentado como uno de los grandes beneficiarios potenciales de la relocalización de cadenas productivas, ese es probablemente el dato más importante.
Hay confianza de permanencia. Todavía falta confianza de entrada.
La diferencia importa porque el nearshoring no se medirá por los anuncios de inversión, sino por las plantas que se construyan y la capacidad productiva nueva que efectivamente aparezca. Entre el anuncio y el registro como inversión realizada hay un trecho en el que pesan la incertidumbre comercial, la disponibilidad de infraestructura y energía, la seguridad y las reglas del juego.
El dato trimestral refuerza esa lectura. En el segundo trimestre ingresaron 10 mil 464 millones de dólares, 3.5 por ciento menos que un año antes. No estamos ante un desplome: se trata del segundo nivel más alto de los últimos 16 años y casi duplica el promedio observado entre 2011 y 2025. Pero sí hay una pérdida de velocidad. La IED del primer semestre creció 10.2 por ciento en 2025 y apenas 2.1 por ciento este año.
Estamos en una meseta. Alta, pero meseta.
La paradoja es que ocurre cuando México debería estar capturando una de las mayores oportunidades de inversión de las últimas décadas. La reorganización de las cadenas de suministro en América del Norte, la competencia de Estados Unidos con China y las inversiones vinculadas con inteligencia artificial, centros de datos y manufactura avanzada están modificando el mapa productivo de la región.
La composición sectorial ofrece señales de ese movimiento. La manufactura recibió 38.6 por ciento del total y sus flujos crecieron 9.3 por ciento, con el mayor incremento en la fabricación de equipo de cómputo, comunicación y componentes electrónicos. Transportes y almacenamiento captaron 2 mil 650 millones de dólares, casi cuatro veces el nivel de un año antes.
No significa todavía que México haya ganado la carrera del nearshoring. Sí indica que una parte relevante del capital está llegando a los sectores donde se juega la transformación productiva de América del Norte.
También explica por qué la revisión del T-MEC resulta decisiva. Estados Unidos aportó 48.2 por ciento de la IED del semestre y, junto con Canadá, más de la mitad. Nuestra integración con América del Norte es la principal ventaja para atraer inversión, pero también convierte cualquier duda sobre el acceso al mercado estadounidense en un freno inmediato a las decisiones de las empresas.
Si la revisión del tratado termina despejando buena parte de esa incertidumbre, podría aparecer el segundo impulso que hoy falta: convertir proyectos anunciados y decisiones pospuestas en inversión nueva. Ahí se definirá si el récord de este semestre fue una cima o apenas un escalón.
Por eso el dato merece celebrarse, pero también interpretarse correctamente. No demuestra que México esté viviendo ya un auge de nuevas inversiones. Demuestra algo diferente y nada menor: que las empresas extranjeras que ya están aquí mantienen una apuesta considerable por el país.
El siguiente desafío es transformar esa confianza de permanencia en confianza de entrada.
El capital que ya está aquí votó por México. Falta convencer al que todavía mira desde afuera.
