Las audiencias y la verdad

“Durante muchos siglos, la verdad significó la correspondencia entre un enunciado y el hecho al que el enunciado hace referencia”.
Óscar de la Borbolla
Parece inevitable volver una vez más al tema de la verdad, pues no es un asunto simple, y hoy la verdad es el factor que ha polarizado las distintas visiones que se tienen frente a la propuesta gubernamental para regular la radio y la televisión: medios por los que muchas personas se informan para hacerse una idea de lo que ocurre en nuestro país y en el mundo.
El debate —como se habrá notado— está candente. La causa es una propuesta del Gobierno a propósito de los lineamientos para garantizar el inobjetable derecho de las audiencias a ser informadas con verdad. Desde muchas emisoras y canales de televisión unos gritan: “Se está queriendo destruir la libertad de expresión” y, en el bando contrario, también desde muchos medios, están quienes aseguran que este intento de regulación no afecta en lo más mínimo el ejercicio de la libertad de expresión.
Si uno revisa los famosos Lineamientos que se han sometido a consulta no se encuentran motivos para que el debate se haya convertido en una polémica tan candente, pues, lo que se propone es que las emisoras elaboren su propio código de ética y también que cada una de ellas designe a alguien que reciba las quejas de la audiencia. Asuntos que no parecen polémicos desde ningún punto de vista, pues, ¿qué medio informativo podría rehusarse a confeccionar —si no lo tiene ya— su propio código ético y a designar, ellos mismos, a quienes reciban los comentarios o las quejas de sus audiencias?
La disputa parece centrarse, más bien, en otro asunto que se propone en los Lineamientos: distinguir entre “información” y “opinión” e “información” y “propaganda”. Si nos atenemos a esos términos, tal y como los define el diccionario, parecería inobjetable la propuesta gubernamental, pues es evidente que no son lo mismo: la información que se refiere a los hechos y la opinión, que es la impresión que esos hechos provocan en cada persona. Y otro tanto ocurre entre “información” y “propaganda”, ya que obviamente no son lo mismo los hechos que el proselitismo pagado que se hace a favor de una postura política o de algún producto que se desea vender. No es igual ofrecer a las audiencias información, hechos de lo que verdaderamente sucede, que procurar persuadirlas para que la conducta se incline hacia uno u otro lado.
Si nos atenemos a lo que las palabras significan en el diccionario, insisto, parecería que la propuesta del Gobierno es inobjetable; pero lamentablemente lo que está en el fondo es un poco más complicado, pues la verdad desde hace mucho no es tan obvia como la define el diccionario.
Durante muchos siglos, la verdad significó la correspondencia entre un enunciado y el hecho al que el enunciado hace referencia. Por ejemplo, esa correspondencia se da de manera muy clara cuando decimos: “El agua es más fácil de penetrar que la piedra”. A todos nos resulta evidente que podemos echarnos un clavado en una piscina y más nos vale no intentarlo contra las rocas.
En muchísimos casos, esta definición medieval de la verdad (adaequatio rei et intellectus) resulta válida. Nuestra vida cotidiana es una prueba de ello: “¿quién se comió mi sopa?” no admite equivocaciones. Si solamente estamos dos personas en la habitación y yo no me la comí, es evidente que te la comiste tú. Esta manera de entender la verdad es correcta cuando los enunciados son muy simples y fáciles de comprobar; sin embargo. No siempre funciona así de bien: si caminamos en cualquier dirección, por muy lejos que nos lleven nuestros pasos, “comprobamos” que la Tierra es plana… Hoy, sin embargo —salvo los terraplanistas— todos pensamos que esta “comprobación” es falsa. Hoy comprendemos que dicha experiencia (que es la que produce la impresión de evidencia), no funda el hecho, que esa mera experiencia de caminar sin encontrar el borde es insuficiente para decidir que la Tierra sea plana, ya no lo consideramos un hecho.
La Teoría del Conocimiento, la Gnoseología, la Epistemología, o como quiera que se le llame, tiene una larga historia. Y la filosofía y la ciencia hoy tienen versiones muy distintas de la verdad que la que ofrecen los diccionarios de uso. Y, nos guste o no, hoy el asunto de la verdad es mucho más complejo de lo que todos quisiéramos. Quizás el último filósofo que intentó una crítica de la razón para establecer sus límites y definir de manera universal la verdad fue Kant; pero, al menos desde Hegel, la verdad comenzó a entenderse como un proceso. Y no importa que el mismo Hegel haya terminado creyendo que había encarnado el espíritu absoluto y, con ello, que había alcanzado la verdad absoluta. No resultó así; pero al menos lo que sí prevaleció desde entonces fue la idea de que la verdad es un proceso, y hoy la verdad se acepta como histórica: el ser humano cambia y con él cambia la idea que se tiene de la verdad.
Quien terminó de dinamitar la sencillez de la verdad (y hoy, siglo XXI, vivimos dentro de su tremenda irradiación) fue Nietzsche. Él formuló la tesis que hoy priva en la mayoría de las corrientes filosóficas de nuestro tiempo: “No hay hechos, sólo hay interpretaciones”, dijo. Esta tesis la he citado en incontables ocasiones en esta columna, pues explica en gran medida la diversidad de versiones que existen actualmente en todos los campos.
Muchas veces he contado la anécdota que me platicó la descendiente del indígena purépecha en cuyo predio nació el volcán Paricutín, y que para mí fue la clave para comprender la tremebunda tesis de Nietzsche. Sintetizaré una vez más esa historia. El indígena purépecha estaba arando su parcela y descubrió que la tierra estaba muy caliente y, al removerla, parecía que hubiera fuego luchando por salir; el piso bajo sus pies brincaba, se repujaba. Él no sabía ni entendía que estaba brotando un volcán. Para él, era evidente que quien quería salir de las profundidades era el diablo, y corrió a su pueblo para avisar a todos del peligro. Así que él, el cura y los demás hombres, armados con baldes de agua bendita, regresaron al sitio para impedir que el diablo emergiera. Lo intentaron durante días con el mismo procedimiento. Cuando, por fin, llegó el ejército con camiones para el desalojo, ellos —que nunca habían visto camiones— pensaron que el diablo ya se había salido y que los soldados eran sus cómplices, pues los sujetaban y, a la fuerza, los metían a las fauces del diablo, es decir, a los camiones; ellos gritaban, y quienes desde afuera los veían por las ventanillas tenían la impresión de que estuvieran siendo deglutidos. Uno de ellos murió de un infarto en el estribo del camión.
Desde que escuché esta anécdota me he preguntado: ¿dónde murió esa persona?, ¿en las fauces del diablo o en el estribo del camión? Según yo, en el estribo del camión, por supuesto. Pero, en el último segundo de esa persona, según ella ¿dónde murió? ¿En una mera alucinación o en su realidad: en las fauces del diablo? ¿Cuál es el hecho, la verdad, la evidencia para mí? ¿Cuál fue el hecho, la realidad, la evidencia para esa persona?
He pensado innumerables veces esa anécdota y he terminado por comprender que la realidad, los hechos, se ajustan perfectamente en una u otra narrativa. Una y otra son perfectamente coherentes con los hechos y, sin embargo, desde mi marco de significados es indudable que los hechos fueron que brotó un volcán; pero desde el marco de significados de esa persona lo que ocurrió realmente fue que salió el diablo y se lo tragó.
La verdad, la evidencia, los hechos son más complicados de lo que parecen. Sin embargo, una cosa es ese marco de significados que termina formándose por vivir y desenvolverse en una comunidad que poco a poco va armando una idea colectiva del mundo, y otra, muy diferente, es que se falseen los hechos, se tenga el poder de difundir mentiras por radio, por televisión, por redes sociales, y que esas mentiras se repitan una y otra vez a toda hora, pues con ello se crea una realidad a modo. Al modo que conviene a los dueños de esos medios. O para decirlo más claro, una cosa es ser un griego del siglo IV a.C. y vivir en un mundo donde los dioses olímpicos interactúan con los seres humanos y otra, en nuestro presente, hacer afirmaciones sin pruebas que terminen persuadiendo a las audiencias.
Efectivamente, no hay hechos, y por ello es muy difícil deslindar información de opinión; pero no se vale que con poder y dinero se fomente una interpretación que solamente favorezca a unos pocos. Y cuando digo que “no se vale”, entiendo, perfectamente, que no estoy dando una razón objetiva, sino proponiendo un principio ético. Hoy, sabemos que toda realidad es una idea que se construye, que toda verdad depende del método que nos permite llegar a ella; que el cerebro humano tiene docenas de sesgos cognitivos que nos vuelven manipulables y que nada es más eficaz que las emociones para movernos y, por ello, la pregunta final es: ¿se vale que unos pocos fomenten una narrativa que nos hace vivir en la realidad que sólo conviene a quienes detentan los medios?
