Sinaloa: Paola Gárate y sus gritos y discursos ambulantes

“No voy a renunciar al PRI (…) acepté una invitación a una plataforma abierta que el PAN hace y decidí participar en congruencia con mi postura aliancista”: Paola I. Gárate Valenzuela, diputada de dos amos y un solo micrófono.
Alvaro Aragón Ayala
La diputada “priista” Paola Gárate descubrió un “atajo místico” rumbo a 2027: intentar postularse a la gubernatura de Sinaloa por el PAN sin molestarse en abandonar la militancia del PRI. Un prodigio de dualidad política que define como “congruencia aliancista”, pero que en la gramática ordinaria suele llamarse cálculo de supervivencia.
El episodio invita a una distinción elemental entre la biografía y la sustancia y la trayectoria y el capital transferible. Que Gárate ostente un currículum abultado -regidora, diputada local, diputada federal, funcionaria y dirigenta estatal- es un dato burocrático indiscutible. Lo que el inventario no registra es si detrás del nombre existe un ejército o simplemente un eco.
Gárate ha hecho del volumen su principal doctrina. En la tribuna del Congreso sube los decibelios; en la conferencia de prensa los sostiene. La gesticulación estridente se vuelve escenografía: grita para simular músculo y gestea para inventar masa, pero en la contabilidad electoral el ruido jamás ha sustituido a los votos, y un micrófono estridente carece de la facultad de empadronar simpatizantes partidistas.
La realidad es que el verdadero capital político de la “priista” cabe en un maletín y en un comunicado de prensa. El peso político se prueba cuando tras el líder caminan operadores, estructuras municipales, cuadros de base y redes territoriales. En el caso de Gárate, la procesión consiste en un solo peatón. No se avista una sola corriente territorial que reclame su pertenencia a la diputada, ni un solo comité municipal que haya empacado sus pertenencias para acompañarla en la desenfrenada travesía.
El entremés se complica por la incomodidad del PRI, cuya dirigencia le exige definiciones mientras le recuerda un detalle prosaico: su curul actual es de representación proporcional. Es decir, una regalía costeada por la sigla que hoy considera desechable. Entonces ¿cuánto de su figura le pertenece a ella y cuánto al fierro del partido que la cobijó?
Por su parte, el PAN ha abierto la puerta como quien organiza una rifa de vecindario, registrando también a Roxana Rubio y a Jesús Estrada Ferreiro, aclarando que el formulario de inscripción no otorga título de propiedad sobre la candidatura. Para Gárate, el PAN no representa una epifanía ideológica, sino un andamio prestado. La fórmula de su mudanza es transparente: ella aporta el estruendo y la confrontación; el PAN, si acaso, pondría su menguada estructura, las boletas y el remendado aparato territorial.
Tampoco, en este caso, conviene confundir a la tropa con la nómina. El cuerpo de asesores y auxiliares que el Congreso asigna a su diputación sirve para redactar iniciativas, duscursos o coordinar agendas, no para llevar gente a las casillas. Confundir el personal parlamentario con una estructura política propia es una loca fantasía.
¿Dónde están entonces sus operadores locales? ¿En qué municipio se localiza su reserva moral u organizativa? Si mañana perdiera la sigla, ¿cuántos votos le pertenecen a su apellido? ¿De donde obtendría recursos para poder impulsar un proyecto en el que se requiere una inversión millonaria?
A falta de maquinaria, el viaje de Paola Gárate al PAN no es la marcha triunfal de una lideresa que moviliza a su pueblo a la deserción, sino el traslado solitario de un grito y discurso en busca de un altavoz que la financie y la salve de la marginación electoral.
