Diversificar antes de la tormenta: el acuerdo México Europa

Juan Becerra Acosta

Durante demasiado tiempo México apostó la mayor parte de sus exportaciones a una sola mesa, la de Estados Unidos, a través de una integración económica que permitió la consolidación del país como una potencia industrial regional, lo que logró una expansión manufacturera y el crecimiento de las exportaciones, pero también creó una riesgosa dependencia: de cada 100 dólares que México exporta, poco más de 80 son a Estados Unidos. 

Cuando la mayor parte de las exportaciones dependen de un solo mercado, cualquier cambio de gobierno o decisión proteccionista afectan directamente el crecimiento económico, algo que hoy se vive con las amenazas arancelarias de Donald Trump, quien utiliza temas migratorios y de seguridad como herramientas de extorsión comercial. Bajo este esquema, la dependencia económica limita la capacidad de negociación frente a decisiones unilaterales de la Casa Blanca. 

Además, el poner casi todos los huevos en la misma canasta causa que la economía dependa del ciclo económico estadunidense, es decir: cuando Estados Unidos crece, México exporta más, pero cuando la economía estadunidense se desacelera, la industria mexicana resiente inmediatamente esa caída. Los focos rojos ya están encendidos. La desaceleración de la economía de Estados Unidos comienza a reflejarse en varios indicadores clave: En todo 2025, su economía avanzó 2.2 por ciento, cifra menor a 2.8 por ciento en 2024, lo que muestra una clara pérdida de dinamismo. 

Durante el primer trimestre de 2026, el crecimiento fue de 2 por ciento debajo de lo esperado, debido principalmente a una desaceleración del consumo interno. La inflación volvió a repuntar. El índice PCE –referencia de la Reserva Federal– subió a 3.5 por ciento en marzo de 2026, lo que complica posibles recortes de tasas de interés. El alto endeudamiento estadunidense sigue siendo otro foco de preocupación: la deuda pública ya supera 122 por ciento del PIB. Sectores clave como el automotriz, electrónico, acero, autopartes, agrícola y manufactura dependen en mucho del consumo estadunidense. 

Una recesión en Estados Unidos puede traducirse rápidamente en desempleo, menor inversión y desaceleración industrial en México. Ahí la importancia del acuerdo modernizado entre la Unión Europea y México, ya que adquiere una trascendencia estratégica. No se trata únicamente de vender más productos: amplía márgenes de maniobra en un mundo cada vez más polarizado, incierto y proteccionista. Además, elimina los impuestos de importación para 99 por ciento de los productos intercambiados. La modernización de este tratado se da en un momento internacional complejo. 

La rivalidad económica entre Estados Unidos y China altera cadenas globales de suministro mientras surgen barreras comerciales, disputas tecnológicas, y políticas industriales agresivas. En este contexto Europa busca socios confiables fuera de Asia, y México necesita reducir vulnerabilidades derivadas de su concentración comercial; con este acuerdo, y frente a las medidas proteccionistas de Estados Unidos, México materializa su estrategia de diversificación económica. La Unión Europea es el tercer socio comercial de México y su segundo inversionista extranjero. 

El intercambio bilateral supera los 86 mil millones de euros anuales y las inversiones europeas sostienen miles de empleos en sectores estratégicos como el automotriz, farmacéutico, energético, financiero y aeroespacial. Hoy, el nuevo acuerdo incorpora elementos que hace 25 años apenas existían en la discusión económica global: comercio digital, transición energética, cooperación tecnológica, estándares laborales, sustentabilidad y cadenas de suministro resilientes. 

El mensaje es claro: la economía contemporánea ya no se define por aranceles, sino por innovación, datos, energía y estabilidad política. El acuerdo también tiene implicaciones políticas. Frente al avance del nacionalismo económico en distintas regiones del mundo, México y Europa reivindican el multilateralismo como mecanismo de estabilidad. No es casualidad que ambas partes hayan acelerado el acercamiento en medio de crecientes tensiones comerciales globales y ante la proximidad de nuevas discusiones sobre el futuro del T-MEC. 

El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum logró resucitar un acuerdo detenido por demasiados años, llevó el discurso a la realidad, y da certeza a la diversificación de mercados, una necesidad estratégica. Apostar todo a un solo socio comercial pudo ser rentable durante años, hasta que la geopolítica cambió las reglas del juego. Y el mundo actual cambia esas reglas con velocidad inédita.

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