Mario Zamora: forja una candidatura contra el narco
Alvaro Aragón Ayala
En el escenario político de Sinaloa, convertido en un tablero de ajedrez binacional, el diputado federal del PRI, Mario Zamora Gastélum, busca una revancha contra el proyecto de Rubén Rocha Moya y fabrica una plataforma electoral y discursiva que reconoce explícitamente al Cártel de Sinaloa como el gran elector y se autopropone como el brazo ejecutor para desmantelarlo.
Al precisar que su derrota en 2021 no fue por falta de votos, sino por la operación, presencia y activismo del Cártel de Sinaloa, Zamora valida que el Estado es rebasado o sustituido por la estructura criminal otorgándole al Cartel la capacidad de decidir quién gobierna. El priista deslegitima, así, a Rocha Moya, y envía un mensaje a Washington: Sinaloa es un territorio ocupado por el crimen.
Mario Zamora montó una estrategia para satanizar al gobierno de Sinaloa. Desliza la narrativa de que el narco puso Rubén Rocha, entonces el gobierno actual sería, por definición, una extensión del crimen organizado. Bajo esta lógica, Zamora se autoerige, como el “libertador” del pueblo secuestrado -desde su óptica- por la delincuencia organizada.
Las reuniones de Mario Zamora en Washington -como él mismo lo ha propagandizado- con figuras como Sara Carter en febrero pasado no alcanzan el rango de gestiones legislativas, sino de intercambio de datos confidenciales. Zamora buscaría el “visto bueno” de las agencias de inteligencia (DEA/CIA) y del ala más dura del Partido Republicano.
Con el alineamiento de su narrativa a la de Donald Trump, Zamora parece estar dispuesto a subordinar la soberanía estatal a los estándares de intervención extranjera. Su discurso de que “conmigo no hubiera pasado” sugiere un modelo de seguridad basado en el uso de la fuerza y la cooperación directa con EE. UU., rompiendo con las operación civil-militar que se desarrolla en Sinaloa.
Zamora está tejiendo una intriga política donde él es el único capaz de enfrentar al Cártel de Sinaloa, aprovechando la actual vulnerabilidad de la administración de Rocha Moya. Sin embargo, este planteamiento es una simplificación estratégica de alto riesgo, pues ignora -quizá- que el crimen organizado es un fenómeno transnacional, económico y social que no se borra con un cambio de siglas en el palacio de gobierno.
Al actuar como gestor de información para Washington, Mario Zamora corre el riesgo de ser visto no como un representante de los sinaloenses, sino como un enviado de los intereses de seguridad yanquis. Para fortalecer su presencia en medios, expresa que lo que en el 2021 eran quejas de intervención del Cartel en la elección, hoy son acusaciones de “narcogobierno” con alcance internacional. Con el cuento de que crisis actual es producto de ese “pecado original” electoral, Zamora intenta limpiar su imagen de perdedor y presentarse como el que tiene la fórmula para acabar con el Cartel de Sinaloa.
Mario Zamora está apostando todo a que el hartazgo ciudadano por la violencia y la presión de Donald Trump fuercen una transición en Sinaloa. Su candidatura no busca convencer al electorado tradicional, sino figurar como el único interlocutor válido ante una eventual intervención o presión diplomática extrema de los Estados Unidos.
Si Zamora logra consolidar su candidatura antinarco, estararía sentando un precedente peligroso o necesario (según el cristal con que se mire): el de una política estatal que se decidiría en los pasillos de poder en Washington y bajo el escrutinio de la agenda republicana. Exacto. Levantó la mano, pero enganchado a la narrativa trumpista ¿Sería o no una candidatura para “salvar” a Sinaloa o para entregarle las llaves de la seguridad estatal a la CIA?
