El extraño mundo del trabajo

Rolando Cordera Campos

El principal vínculo entre la sociedad y el mercado es el empleo. Cuando la economía genera los empleos necesarios, buenos y bien pagados que requiere la población, la existencia material es estable y segura; pero cuando imperan la precariedad y la informalidad, como sucede hoy en México, las relaciones sociales se trastocan y fragilizan. 

Entre nosotros la constante de la informalidad y la precariedad laboral es una de las señales visibles de nuestro no crecimiento; pasan los años y las generaciones y el famoso “bono demográfico” (tener mayor población en edad productiva) pierde valor y gana años. De acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, correspondientes a marzo de 2026, las personas en edad de trabajar (que tienen empleo o que lo están buscando activamente) sumaron 61.6 millones –558 mil más que marzo de hace un año–, y las ocupadas sumaron 422 mil. 

Cabe decir, además, que se mantienen las diferencias entre géneros: 419 mil empleos fueron ocupados por hombres y solamente 2 mil 546 por mujeres. La informalidad nacional subió medio punto porcentual (situándose en 54.8 por ciento), y en mujeres 1.7 puntos (56.5 por ciento). 

Por otro lado, tanto la manufactura como el sector público (sectores que tienden a concentrar los trabajos formales y mejor remunerados) perdieron 149 mil y 125 mil plazas respectivamente. 

No sobra advertir que en una inmensidad de casos, la categoría de informalidad es, sobre todo, un eufemismo: bajo este apellido viven y sobreviven quienes no tienen acceso a la salud pública, carecen de un contrato de trabajo y suelen ser quienes menos ingresos tienen regularmente. Esa informalidad se troca así en desamparo abierto. Sus formas de vida son de sobrevivencia y así suelen ser sus modos de relación social y política. Los hijos de Sánchez, gran libro del antropólogo Oscar Lewis, publicado en 1964 por el FCE, reclama una segunda y descarnada versión. 

No pocos estudiosos nos han ilustrado el o los hechos de que la informalidad tiene vínculos directos con el bajo crecimiento de la economía; para decirlo con una fórmula básica: si la inversión no crece, tampoco lo hace la actividad económica, sobre todo no a las tasas socialmente necesarias. Así, esta insuficiencia de inversión determina que no haya suficiente creación de empleos formales, seguros y, en alguna medida, estables y mejor pagados. Para decirlo en breve: el bienestar es contrario al predominio de la informalidad y la precariedad laborales. Y son la informalidad y la precariedad los vectores que dominan el mundo laboral. 

El que los desafíos externos sean complejos y abrumadores (tensiones geopolíticas, fraccionamiento del precario orden globalista, restricciones financieras, repunte global de la inflación, amenazas arancelarias) no significa que nuestro destino esté fatalmente atado al no crecimiento y a la incapacidad de generar los empleos requeridos por la población. Es imprescindible que la inversión –pública y privada– se recupere; poner en marcha una política industrial que contemple –e integre– a las muchas regiones de nuestro territorio, y a una población todavía dominada por los jóvenes. Una inversión y una política bien pensadas y ejecutadas, inscritas en procesos expresos de programación del gasto estatal y de coordinación abierta con las decisiones y visiones de los inversionistas privados. 

Recordemos a la querida maestra Ifigenia Martínez: “(…) México salió adelante utilizando el gasto (…) es muy importante la contribución que pueda proporcionar la política de impuestos, la política impositiva, a la equidad social (…) quienes más tengan, participen más en el financiamiento del gasto que los que menos tengan. 

“En los tiempos que estuve en la Secretaría de Hacienda –agregaba la maestra–, se decía que México gastaba a la moderna y cobraba la antigua (…) tenían toda la razón. Equilibrar las finanzas públicas tenía como objetivo contribuir a la estabilidad, pero también, de manera muy importante, a la equidad (…)” (Esthela Gutiérrez Garza, entrevista con Ifigenia Martínez, revista Trayectorias, UANL, 2006).

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