El Evangelio Verde de San Juan Carlos Villa
Alvaro Aragón Ayala
Hay políticos chafas como el diputado del PVEM Juan Carlos Villa Romero, que ven o inventan problemas y deciden que la mejor solución es convertirlos en un sketch de Monty Python. Su más reciente “genialidad” legislativa, lanzada desde el trampolín de sus aspiraciones a la alcaldía de Guasave, es una oda al descaro: que los síndicos y comisarios municipales trabajen por amor al arte (y sin cobrar un peso).
En un Guasave que no camina, sino que chapotea entre socavones y drenajes que vomitan aguas negras, Villa Romero decretó que el profesionalismo es un lujo innecesario. Propuso, con estatus de “iniciativa legislativa” convertir los cargos más cercanos al pueblo en un voluntariado cívico perpetuo. Una especie de “Teletón de la administración pública”, donde el premio por servir a la comunidad sea la satisfacción del deber cumplido y, posiblemente, la inanición.
Lo más fascinante es a quienes dirige la tijera presupuestal. La “austeridad” —esa palabra que el PVEM manosea hasta dejarla irreconocible— siempre tiene una puntería exquisita: siempre golpea hacia abajo. Aquí la lógica del diputado es impecable. Que él sí siga cobrando su dieta legislativa. Que sus asesores cobren. Que el partido Verde siga viviendo del erario, pero el que atiende el lodo y la basura debe ser un “filántropo”.
Si se traduce el mensaje de Villa Romero al lenguaje de la realidad, sin el barniz del marketing verde, el resultado es el desplazamiento de los jodidos: “Si no tienes dinero para mantenerte solo, no te metas a la política”. Al eliminar esos sueldos, no se ahorraría dinero se estaría imponiendo un filtro de clase.
La representación popular -de sindico y comisario municipal- se convertirían en un lujo de élite o en un pasatiempo de terratenientes. Si eres un campesino con liderazgo o un comerciante con ganas de cambiar tu pueblo, olvídate: la democracia de Villa Romero es un “Club de Adinerados” donde solo entran los que ya tienen la vida resuelta o los que tienen “padrinos” con carteras muy profundas. La política local estaría reservada para los que tienen cash.
Esta iniciativa es el síntoma -fiel reflejo- de un proyecto político que se está devorando a sí mismo frente al espejo. Que va en picada y sin paracaídas. Mientras el municipio colapsa bajo el peso del descuido y la ineptitud de la alcaldesa Cecilia Ramírez Montoya, el diputado se dedica a lanzar granadas de humo mediático que únicamente sirven para exhibir su desconexión con el suelo que pisa.
Su “estrategia” queda encapsulada en una burbuja de autosatisfacción. Ve la posición de legislador y la administración pública como juego de SimCity donde los personajes no comen. Es la paradoja del privilegio, en la que el pudiente legislador que recibe dinero del presupuesto le pide al pueblo que renuncie a él. Es como si un chef de cinco estrellas les recomendara a los comensales que ayunar es la mejor forma de combatir la mala cocina.
La “estupidez legislativa” de Villa Romero no solo cruza la línea de la ridiculez; monta un campamento en la payasada. En su afán por parecer más “austero” que nadie, terminó por precarizar la democracia y burlarse de quienes sí conocen el valor del trabajo y que mantienen contacto permanente con las familias de las sindicaturas y comunidades rurales.
Su proyecto rumbo a la alcaldía no necesita enemigos externos ni campañas negras. Con estas estulticias, Juan Carlos Villa Romero se basta y se sobra para cavar su propio socavón político. Si su visión de gobierno es que nadie debe cobrar por servir, quizás debería empezar poniendo el ejemplo y devolver su propia nómina. Pero claro, la austeridad es un sacrificio hermoso, siempre y cuando el sacrificado sea el de enfrente.
