Estados Unidos: centro estratégico del narcotráfico

Alvaro Aragón Ayala

La narrativa gringa impuso una caricatura increíble: Estados Unidos como la víctima pasiva del narcotráfico asediado por los bárbaros externos que saturan su “mercado de consumo”. Es una falacia. Estados Unidos no es el destino final de la droga; es el centro neurálgico de su rentabilidad. El país devora sustancias toxicas a granel y consume, procesa y legitima el capital criminal, integrándolo en las venas de su economía nacional.

La idea de que el crimen organizado no existe al interior y se detiene en la frontera es una construcción mediática. En territorio estadounidense no únicamente operan células y carteles; funcionan estructuras de gestión. Mientras el mundo mira las detenciones de capos latinos, dentro de EE. UU. conviven desde los remanentes de la Cosa Nostra —especializada ahora en fraudes de cuello blanco— hasta redes euroasiáticas y triadas que controlan zonas logísticas claves. 

Existen múltiples estructuras criminales, algunas históricas, otras contemporáneas, que operan con distintos niveles de sofisticación. Si, operan hasta pandillas transnacionales como MS-13 y Barrio 18. Las bandas como MS  cometen asesinatos, extorsión, tráfico de personas y tienen el control territorial en barrios urbanos. Sin embargo, su escala mediática es menor comparada con México, lo que reduce su impacto en la narrativa global.

También operan redes criminales de origen ruso, balcánico y asiático dentro de EE.UU., muchas vinculadas a estructuras como los Vory v Zakone o a las Triadas. Estas organizaciones participan en fraude financiero, cibercrimen, tráfico de drogas y lavado de dinero, y perpetran asesinatos “selectivos” y atroces, disfrazando algunos de accidentes o suicidios.

En EE. UU., el crimen no necesita colgar mantas en puentes porque ya tiene asientos en directorios financieros. El narco es un contribuyente necesario. Sin la infraestructura financiera de Wall Street y los bancos comerciales, el narcotráfico colapsaría bajo el peso de billetes físicos inservibles. Estados Unidos ofrece lo que ningún cartel puede construir por sí solo: impunidad financiera.

A lo largo de las últimas décadas, la justicia ha tenido que admitir, mediante multas que parecen simples “impuestos al negocio”, la complicidad de sus instituciones más prestigiosas:

HSBC: El banco británico, con fuerte operación en EE. UU., admitió haber lavado al menos 881 millones de dólares de los carteles de Sinaloa y el Norte del Valle. Los fiscales señalaron que el banco “ignoró las señales de alerta” para permitir que el dinero sucio fluyera por el sistema financiero estadounidense.

Wachovia (ahora Wells Fargo): En uno de los casos más flagrantes, se reveló que procesaron 373 mil millones de dólares en transacciones para casas de cambio mexicanas vinculadas al narcotráfico. El banco permitió que el efectivo llegara en aviones cargados de billetes directamente a sus arcas.

JPMorgan Chase y Citibank: Han sido señalados y multados en repetidas ocasiones por deficiencias críticas en sus sistemas de monitoreo, permitiendo que figuras vinculadas al crimen organizado y regímenes sancionados muevan capitales bajo la figura de “empresas pantalla”.

El mercado inmobiliario de lujo en Miami, Nueva York y Los Ángeles funciona como un sumidero de capitales ilícitos. Mediante el uso de empresas de responsabilidad limitada anónimas, el crimen organizado inyecta miles de millones de dólares en la construcción y al mercado de venta de drogas. En Estados Unidos, el narco no domina barrios con ametralladoras; los domina gentrificándolos con dinero de la cocaína.

La gran diferencia entre México y Estados Unidos no es la moralidad, sino la fase del negocio. En tanto acá, en el sur, el crimen disputa el territorio (fase de producción, extracción y transporte), en Estados Unidos el crimen gestiona el mercado (fase de distribución y lavado). Ocultan las redes de distribución interna operadas por ciudadanos estadounidenses y pandillas locales que funcionan con eficiencia corporativa. Ocultan que EE. UU. funciona como el arsenal del crimen global, exportando legal e ilegalmente la violencia y muerte que luego dice combatir.

Estados Unidos no es una víctima; es el centro financiero y operativo que permite que el ciclo del narcotráfico se complete. El sistema estadounidense perfeccionó un modelo donde el crimen es sigiloso, integrado y, sobre todo, rentable para el sistema legal.

No es que no haya mafias; es que las mafias en Estados Unidos han aprendido que es mucho más seguro y lucrativo comprar un edificio en Manhattan que pelear por una esquina en Chicago. El mapa global especifica que los países mencionados por los gringos de tener narcogobiernos son los que ponen los muertos; los menos señalados son los que, como Estados Unidos, se quedan con el rendimiento financiero del narcotrafico.

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