Cuando el debate jubilatorio se hunde en la letrina
FALSOS PERIODISTAS EN EL MUNDO DEL RETRETE
María Margarita Free del Castillo
A raíz de la defensa de la autonomía universitaria, del proyecto de Reingeniería Integral, del programa Visión de Futuro impulsado por el Rector Jesús Madueña Molina, y del proceso de institucionalización de un Fondo de Pensiones Universitarias, se desató una ofensiva que nada tiene que ver con el debate académico ni con el periodismo profesional. Se orquestó una campaña de difamación alimentada con insultos, vulgaridad y una escatología verbal que corre por redes digitales como si la plaza pública fuese un drenaje abierto.
No es crítica contra quienes defienden la integridad y la transformación de la Universidad Autónoma de Sinaloa: es excremento retórico. No es análisis: es desahogo visceral. No es periodismo: es resentimiento disfrazado de opinión. Las heces que destilan, rememoran a Florian Werner, quien publicó en 2013 un atrevido ensayo, La Historia Cultural de la Mierda, que hace un repaso de la sustancia cuyo control desde la infancia determina la educación.
Detrás y enfrente de ese lodazal discursivo figura la operación de un pequeño cuarto de guerra instalado en una letrina jubilatoria, donde un segmento de resentidos decidió sustituir el debate universitario por la fabricación de calumnias. Desde ahí se disparan ataques, se fabrican videos, inventan biografías apócrifas, se deforman trayectorias profesionales y se intenta triturar reputaciones mediante una técnica tan vieja como miserable: embarrar de lodo para que todos parezcan sucios.
El método es elemental: saturar Facebook y otras redes con lenguaje escatológico, insultos primitivos y narrativas delirantes. En ese ambiente, la mentira pretende adquirir apariencia de verdad por simple repetición. Es la vieja estrategia de la cloaca: si la carga del hedor es suficiente, alguien terminará creyendo que proviene de una víctima y no del retrete. Pero la escatología, más que un arma contra otros, termina siendo un retrato psicológico de quien la usa.
Quien convierte las redes sociales en basurero verbal o narrativo no describe al adversario: se exhibe a sí mismo. El registro escatológico -la obsesión con lo fecal, la injuria corporal, el insulto degradante- suele ser síntoma de estados emocionales dominados por la frustración, el odio, la envidia y el resentimiento acumulado. Es el lenguaje de quienes no pueden debatir ideas y optan por arrojar estiércol. La deyección les brota por la boca, no por otro orificio.
La cultura occidental lo ha señalado desde hace siglos. No es ocioso, para describirlos, insistir en el ensayo Historia Cultural de la Mierda, de Florian Werner, que recuerda, además, que la civilización se mide también por su capacidad de ocultar o sublimar lo fecal. Cuando lo escatológico invade el espacio público, no se trata de libertad expresiva, sino regresión cultural. Es lo que ocurre en los rincones digitales jubilatorios en donde algunos personajes han decidido practicar el “periodismo” de letrina.
No investigan. No verifican. No contrastan fuentes. No aportan datos. Su método consiste en un ritual rudimentario: insultar, repetir, exagerar, deformar y volver a insultar. Es una comunicación construida con vísceras, no con inteligencia. En la tradición popular, las palabras asociadas al excremento se utilizan para calificar lo despreciable, lo ruin o lo fallido: “esto es una mierda”, “la cagaron”, “mandarlo a cagar”. Ese vocabulario degrada. Es el lenguaje natural de la frustración. Lo más vergonzoso es que lo usen quienes se dicen ilustrados por la academia y por su paso por la Universidad.
En redes sociales esas expresiones han encontrado un hábitat perfecto: dos, tres, cuatro dementes se exhiben como “comunicadores” o “comunicadoras”, apoyandos por el anonimato relativo, la inmediatez emocional y ausencia de responsabilidad editorial. El resultado es una infoxicación escatológica donde el insulto pretende ocupar el lugar de la información.
Sin embargo, conviene precisarlo con claridad: la basura verbal y narrativa no es periodismo. No produce ningún cambio en ningún lado. Produce hedor en el entorno de aquel o aquella que la defecan con esas relatorías. Quienes hoy intentan enlodar el debate universitario mediante esa estrategia no están defendiendo ideas ni principios. Están ventilando resentimientos y su verdadera personalidad. No están construyendo crítica: están practicando difamación rudimentaria.
Y la diferencia es fundamental: El periodismo se sostiene con datos, contexto y responsabilidad pública. La cloaca digital se sostiene con insultos, rumores y fantasías biográficas. Frente a ese espectáculo grotesco, la respuesta no puede ser descender al mismo drenaje. La defensa inteligente consiste en mantener el debate en el terreno donde esos personajes no pueden sobrevivir: el de los argumentos, la evidencia y la inteligencia.
Hay una verdad que la historia del periodismo confirma una y otra vez: las ideas, las propuestas, la participación en un debate universitario de altura resisten el tiempo; la basura únicamente deja mal olor y el retrato plasmado, vivo, de quienes no pueden vivir fuera de las letrinas.
