LA ANATOMÍA DEL ELECTORADO DE MORENA EN SINALOA

Alvaro Aragón Ayala

En Sinaloa hay una escena que se repite cada fin de semana: aspirantes recorriendo colonias, ejidos, sindicaturas y municipios; reuniones abiertas o cerradas con decenas o cientos de personas; fotografías con multitudes; videos en redes sociales que pretenden demostrar fuerza política, todo pegado a una narrativa clásica: “aquí está la estructura”, “aquí está el apoyo”, “aquí está el voto”. Pero la realidad política es más compleja y menos fotogénica.

Es verdad ¿Para que tanta parafernalia? A estas alturas conviene decirlo sin rodeos: las multitudes no siempre significan votos. En la cultura política mexicana -Sinaloa no es la excepción- acudir a una reunión política no corresponde necesariamente a un compromiso electoral. Muchas personas asisten por invitación de un acarreador local o por curiosidad, por cercanía circunstancial o simplemente para escuchar qué dice el aspirante en turno.

Otros acuden por razones más pragmáticas o interesadas. Van a ver si les dan para pagar la luz, el agua o el gas o por una despensa. Otros a ver que se ofrece, que se está gestionando o que se promete resolver. Y si no hay nada, se retiran y no pocas veces decepcionados. Esta lógica no es nueva. Forma parte de una tradición política que México arrastra desde el viejo sistema corporativo: la gente escucha a muchos, pero decide su voto mucho después.

Hoy el “pueblo” puede estar en el evento de un aspirante, mañana en el de otro y pasado mañana en el de  algún adversario disruptivo. Por eso medir el peso político por el número de asistentes o por los videos o el tamaño de las fotografías es, en muchos casos, un ejercicio de autoengaño. Incluso, en Sinaloa este fenómeno tiene una capa más profunda que explica la naturaleza del electorado que gravita alrededor de Morena y del proyecto de la llamada Cuarta Transformación.

Que quede claro, pues: ese electorado no es necesariamente militante de Morena. No responde siempre a estructuras partidistas actuales o tradicionales. En gran medida es un electorado vinculado al Estado y forma parte de una estructura que llegado el momento puede ser direccionada desde el gobierno federal o desde el gobierno del estado.

Durante los últimos años se ha construido un entramado político-social basado en programas sociales masivos: pensiones para adultos mayores, becas, apoyos a jóvenes, transferencias directas y subsidios. Millones de ciudadanos reciben esos apoyos. Y en la percepción de los beneficiarios el origen de esos recursos provienen del gobierno federal.

Los respaldos sociales no son adjudicables a ningún diputado, Senador o aspirante municipal o distrital. Provienen del Poder Central. Ahí está el verdadero punto de gravedad del electorado. Entonces, el voto no se define ni se definirá por quién llenó una plaza ni por quién subió más videos a TikTok o al Facebook ni por quien compre mas entrevistas de prensa. Se inclinará por quién garantice la continuidad del sistema de apoyos que sostiene buena parte de la economía doméstica.

El voto/ciudadano es, pues, pragmático. Es sufragio potencial que escucha discursos, observa recorridos, saluda aspirantes, pero que al final decidirá por el o la que le diga, recomiende o escoja quién mantiene abierto el flujo de los beneficios del Estado. Así que la estructura electoral de Morena no se explica únicamente por la capacidad de movilización de sus aspirantes locales, sino por el andamiaje político-social que articula los programas federales con el electorado.

Ese sistema produce lealtades difusas, pero eficaces. Fidelidades que la mayoría de las veces no son ideológicas sino definidas por el apoyo material/económico. De ahí que resulte engañoso interpretar cada reunión política como prueba de control territorial. Las multitudes son circunstanciales y los aplausos momentáneos.

Las redes sociales y los artículos periodísticos pueden amplificar percepciones que no siempre corresponden a la realidad electoral. El voto -ese que se deposita en la urna – responde a otra lógica. En muchos casos el ciudadano no vota por quien más lo visitó, ni por quien más lo abrazó, ni por quien organizó la reunión más concurrida. Lo hace por quien percibe que seguirá controlando el poder que paga la cuenta del Estado.

Esa es la verdadera estructura que hoy opera en Sinaloa. Es la anatomía electoral de Morena. Quien no lo entienda puede llenar salones, auditorios o plazas públicas y descubrir demasiado tarde que los apoyos que recibe o recibía en sus recorridos por el territorio eran ficticios y que el verdadero dueño o dueña del electorado despacha en Palacio Nacional.

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