Autocracias y autócratas
Ernesto Hernández Norzagaray
Donald Trump, sin duda, es un político posmoderno, con instintos y prácticas autocráticas que todavía tiene freno en las instituciones republicanas estadounidenses -teme, por ejemplo, perder las elecciones legislativas del próximo 5 de noviembre porque podría significarle un juicio político-; en cambio, Claudia Sheinbaum, concentra cada día más poder, mediante un sistema institucional tendencialmente autocrático para que las élites de su partido tengan todo el poder sobre los ciudadanos.
Y, por eso, el último eslabón de esta ambición contra el pluralismo democrático es la reforma electoral que de prosperar, como lo perfiló Pablo Gómez ante los consejeros electorales del INE, reduciría al mínimo la posibilidad de alternancia en el poder y volver en muchos sentidos a lo que teníamos como país en los pasados años setenta.
Estos espejos autocráticos dan un vuelco de 180 grados a la discusión académica y política sobre las instituciones de la democracia y sus capacidades para acotar estos instintos y prácticas, y llama a estudiar estos modelos políticos, como lo hace Anne Applebaum (Autocracia S.A.) o Levitsky y Ziblat (Como mueren las democracias), revelando como estas élites son capaces de capturar para fines corporativos o de grupo, las instituciones, mediante un esfuerzo mayúsculo de desmantelamiento institucional.
Y ocurre cuando frente a países democráticos que comulgan con el voto libre, universal y secreto, la separación de poderes, federalismo, respeto de las minorías, alternancia y el mejor, y más acabado ejemplo, es la Unión Europea, donde coexisten civilizadamente 27 países con trayectorias institucionales distintas que respetan un sistema de leyes comunes; mientras, la contraparte autocrática, no tiene esa sintonía que garantice el respeto de una sobre otra, como lo estamos viendo en el combate que sostiene Trump contra todo lo que choque con su proyecto político MAGA, sean democracias, como la danesa, por el territorio de Groenlandia o autocracias, como la venezolana, por el tema del petróleo.
Y es que, así como hay de democracias a democracias, como lo demuestra con vastedad la literatura politológica, hay de autocracias a autocracias, como lo demuestran estudios recientes. Están aquellas que podríamos denominar “imperiales” donde el líder encarna su quintaesencia y actúa en consecuencia con una actitud redentora y expansionista; mientras, están las autocracias nacionales donde el líder, visible u oculto, no acepta el juego democrático y captura las instituciones sometiendo a los gobernados.
Entonces, ambas buscan crear un mundo a su imagen y semejanza a través de la captura de tirios y troyanos de la geometría política. ¿Acaso Trump, Putin, Xi Jinping mediante distintos métodos buscan meter en un mismo saco económico a países que hoy están en las antípodas políticas e ideológicas? O acaso Trump ¿no interviene Venezuela mientras amenaza a México, Colombia y, con otras armas diplomáticas, a Cuba y Nicaragua incluso, Irán, mientras apoya a candidatos presidenciales afines en Argentina u Honduras? O, en esa lógica de captura, ¿no están personajes como Maduro, Bukele o Díaz-Canel?
Javier Milei, por ejemplo, este año buscará en esa lógica sacar adelante reformas estructurales donde están juego la reforma laboral y hasta los presupuestos para proteger los glaciares espectaculares como Perito Moreno; o, en Venezuela, después de la retórica anti imperialista chavista las compañías petroleras estadounidenses podrían tener manos libres para explotar sus grandes yacimientos de petróleo ante un poder político frágil; y el México de la Presidenta Sheinbaum asume compartir el combate contra los cárteles del crimen organizado todavía sin alcanzar a la élite política.
Trump exige más contra los cárteles y amenaza con “ir por políticos”, según el poderoso diario WSJ; y, claro, están Cuba y Nicaragua, de Díaz-Canel y Daniel Ortega contra la pared por el tema de los suministros petrolíferos y los reclamos democráticos. Es decir, los excesos de concentración del poder están tronando en varios de estos países donde sus líderes convirtieron su ego en una suerte de monarquías tropicales.
Y sólo les queda aliento para expresiones altisonantes, llamados a la “defensa de la Patria” el “defenderemos hasta la última gota de sangre”, como afirma el cubano Díaz-Canel, que no impactan más allá del círculo rojo de los privilegios y clientelas políticas. No hay asomo de autocrítica. Confirman aquello que sentenció el “Che” Guevara: la gente piensa, como vive. O sea, las élites, están lejos de las realidades de sus países y, aun así, hablan descaradamente en su nombre, el pueblo.
Sin embargo, se cumple puntualmente el aforismo de que el “pez grande, se come al pequeño”. Y es cuando vemos el verdadero tamaño de los autócratas tropicales que se imaginaron totémicos, omnipotentes, inmortales, como lo recreó brillantemente Andrzej Wajda en su película El hombre de Mármol (1977).
El problema de fondo son las grandes autocracias -EU, Rusia y China- que han dividido al mundo de acuerdo con sus intereses creando un concierto que tiende a franjas de alineamiento político y eso, en varios países latinoamericanos, significa paradójicamente una esperanza, al fin y al cabo esta es subjetividad, para aspirar a una vida alejada de autoritarismo, y la vuelta a la democracia y al pluralismo político.
Por eso, los venezolanos emocionados festinan la derrota del chavismo que tiene preso a su Presidente Maduro, mañana probablemente serán los cubanos y nicaragüenses, incluso, por qué no, puede llevar a otras élites a moderar sus pretensiones de que en México esa voluntad, si existiera, debería verse en un diseño pluralista de la nueva Ley Electoral y, por lo pronto, están las cinco elecciones presidenciales que se celebrarán en Costa Rica, Colombia, Perú, Brasil y Haití, que depositaran en la urna deseos y temores.
El pronóstico en estos países es reservado en términos democráticos. Y si existen en ellos objetivos autocráticos por lo pronto estarían acotados por Trump y las instituciones locales y eso podría abrir ventanas al fortalecimiento democrático, no en abstracto, sino en materia de derechos y libertades hoy amenazadas.
En definitiva, como nunca, el acotamiento político es un valor muy importante para América latina y si este prospera, pondría haber un aumento en correcciones políticas, como lo estamos viendo ya con cautela en Venezuela y Nicaragua en materia de presos políticos.
Y eso, los demócratas deben aquilatar en perspectiva del restablecimiento de las instituciones que nunca debieron ser canceladas por los revolucionarios que desplazaron dictadores y terminaron convertidos en autócratas intolerantes con la pluralidad.
