La convergencia rebelde de Banxico

La gobernadora Victoria Rodríguez y sus colegas enfrentan un reto más exigente que el de Warsh: seguir hablando, explicar por qué fallaron los cálculos y volver a acercar las expectativas a la meta de inflación.
Enrique Quintana
Ayer, la Junta de Gobierno del Banco de México decidió por unanimidad mantener la tasa de referencia en 6.50 por ciento.
La decisión coincidió con el consenso. Más reveladora fue la guía del comunicado: Banxico considera apropiado mantener la tasa en su nivel actual. En otras palabras, se confirmó que la pausa promete ser larga.
La verdadera noticia, sin embargo, estuvo en otra parte: Banxico volvió a recorrer la fecha en la que espera que la inflación converja a su meta de 3 por ciento. Ahora será hasta el cuarto trimestre de 2027.
Vale la pena reconstruir la serie. En diciembre, el banco central esperaba alcanzar la convergencia en el tercer trimestre de 2026. En febrero, tras el repunte inflacionario alimentado en parte por los ajustes al IEPS de bebidas y cigarrillos, desplazó el horizonte al segundo trimestre de 2027. Ayer lo volvió a mover, ahora al cierre de ese año.
Son dos postergaciones en ocho meses, equivalentes a cinco trimestres acumulados.
Hay un dato adicional. La encuesta de julio entre especialistas —levantada antes del anuncio de ayer— ubicó la mediana de inflación general para diciembre de 2027 en 3.84 por ciento. Banxico pronostica 3 por ciento para el promedio del cuarto trimestre. Las mediciones no son idénticas, pero la distancia es demasiado amplia para ignorarla.
El asunto no es menor. La política monetaria funciona, en buena medida, a través de las expectativas. Actualizar un pronóstico cuando cambian los datos es responsable.
El riesgo aparece cuando las revisiones se repiten en la misma dirección y la explicación de los errores no avanza con la misma precisión: empresas y mercados pueden dejar de usar la trayectoria oficial como referencia.
El contraste con Estados Unidos es instructivo, aunque no exacto. Banxico publica una trayectoria de inflación; la Reserva Federal ofrecía guía sobre las tasas y proyecciones individuales de sus miembros. Son instrumentos distintos, pero plantean el mismo dilema: cuánto debe anticipar un banco central cuando la incertidumbre es elevada.
En su primera reunión al frente de la Fed, en junio, Kevin Warsh retiró del comunicado la llamada guía prospectiva y no presentó su propia proyección al “diagrama de puntos”. Los demás participantes sí publicaron las suyas. En julio, la Fed mantuvo el nuevo esquema.
Warsh sostiene que su propia proyección no le resulta útil para conducir la política y que demasiada señalización puede convertir al mercado en un eco del banco central.
Entre junio y julio, los rendimientos de los bonos del Tesoro subieron de manera importante; él atribuyó parte del movimiento a la reducción de la guía y lo interpretó como una mejor formación de precios.
La lógica es defendible: si la autoridad anuncia una ruta y luego la realidad la obliga a cambiarla, puede pagar un costo de credibilidad. Mejor prometer menos y conservar flexibilidad.
Después de dos postergaciones del horizonte de convergencia, la pregunta es tentadora.
¿Debería Banxico dejar de publicar sus pronósticos de inflación? Mi respuesta es no, por tres razones de fondo.
Primera: México no es Estados Unidos. Para un banco central de una economía emergente, con nuestra historia inflacionaria, la transparencia es parte del ancla. El esquema de objetivos de inflación que México consolidó desde 2001 se construyó sobre la comunicación, no a pesar de ella.
Segunda: el silencio también cotiza. Si Banxico dejara de publicar trayectorias, los mercados seguirían formando expectativas, pero con menos información. En una economía emergente, la incertidumbre monetaria puede reflejarse rápidamente en el tipo de cambio, las primas de riesgo y toda la curva de rendimientos.
Tercera: la credibilidad no exige acertar cada décima. Exige reconocer la incertidumbre, explicar los errores y ajustar oportunamente la política. Dejar de pronosticar evitaría la evidencia del fallo, pero no resolvería el problema.
Y conviene decirlo con todas sus letras: no hay señales claras de una ruptura de confianza.
El peso se ha apreciado desde el año pasado y las expectativas de inflación para el cierre de 2026 bajaron. Las de mayor plazo permanecen estables, aunque por arriba del 3 por ciento. La brecha es una alerta, no todavía una prueba de desanclaje.
La gobernadora Victoria Rodríguez y sus colegas enfrentan un reto más exigente que el de Warsh: seguir hablando, explicar por qué fallaron los cálculos y volver a acercar las expectativas a la meta.
Porque cuando el horizonte de convergencia se recorre una y otra vez, el pronóstico corre el riesgo de dejar de funcionar como ancla y convertirse en una aspiración.
Todo un reto para Banxico.
