Sinaolandia: la república de los autohalagos

Alvaro Aragón Ayala

Dicen que en algún rincón de la geografía nacional existe un territorio llamado Sinaolandía, una república tan extraordinaria que sus ciudadanos no necesitan pagar psicólogo: para eso están los políticos, especialistas en el arte milenario de mamarse el dedo a sí mismos. Allá, la única crítica permitida es la que se hace frente al espejo para corregir el copete.

Dio inicio, entonces, la temporada de la gran pasarela preelectoral 2026/2027. No hubo debates sobre seguridad, salud, educación, agua o economía. ¡Por favor! Eso habría sido de una vulgaridad insoportable. Lo verdaderamente crucial era la gran inauguración del Primer Festival Nacional del Ego Estilizado y el Autohalago Descarado.

El maestro de ceremonias -un robot programado únicamente para aplaudir- leyó el reglamento:

—Artículo 1: Queda estrictamente prohibido reconocer méritos ajenos. Aquel que mencione a un rival pagará la ronda de tacos. Cada quien deberá aplaudirse hasta que le salgan ampollas en las manos… o hasta que sus asesores se queden dormidos.

Y arrancó el circo. Subió primero Don Tricoloro, ataviado con un saco de tres colores tan chillantes que le provocó un ataque de epilepsia al fotógrafo oficial. Frente a una multitud de acarreados a los que les habían prometido una torta (que resultó ser solo pan con aire), tomó el micrófono y soltó con voz de tenor acatarrado:

—Después de un profundo análisis histórico, económico, filosófico y astronómico… he llegado a la conclusión irrefutable de que ¡Don Tricoloro es la octava maravilla del mundo moderno y el político más guapo que ha parido esta tierra!

Los aplausos fueron tan desmedidos que el propio Don Tricoloro se conmovió, rompió en llanto, se pidió un minuto de silencio a sí mismo en homenaje a su propia grandeza y luego se mandó una corona de flores.

Enseguida hizo su entrada Doña Azulina, célebre por organizar desayunos de “vinculación empresarial” donde el único platillo del menú era hablar de ella. Se puso de pie, miró al techo con aires de santa patrona y exclamó:

—Quiero rendir tributo a una mujer milagrosa, incorruptible, dotada por los dioses, capaz de multiplicar los panes y de peinarse en tres minutos. Una heroína nacional.

Los empresarios, temblando de pánico y con el tenedor a medio camino, esperaban oír el nombre de Sor Juana o la Virgen de Guadalupe.

—Esa mujer… ¡soy yo, condenados! ¡Denme mi aplauso!

Los empresarios, por puro instinto de supervivencia para que no les cayera una auditoría, aplaudieron tan fuerte que tres de ellos terminaron en el hospital por fractura de muñeca.

Tocó el turno a Don Guinda de los Mil Logros. Llegó flanqueado por cuatro asistentes que le cargaban el ego en una carretilla. Proyectó un documental de cuatro horas en formato IMAX donde aparecía sonriendo, saludando a un perro, saludando a un árbol, cortando un listón, comiéndose un taco de chicharrón de forma “humilde”, volviendo a cortar el mismo listón y, finalmente, entregándose a sí mismo una medalla de honor.

Al terminar, exclamó con el pecho inflado de aire y empanadas:

—Tras ver este conmovedor metraje, he decidido autootorgarme el título de Benefactor Supremo de la Humanidad.- Los asistentes se pusieron de pie como un solo hombre. No por la emoción: se les había entumecido la nalga y ya era hora de ir al baño.

Llegó reptando de alegría el Licenciado Naranjín Movimiento Alegre, vestido con tenis fluorescente que cegaban a la concurrencia y al ritmo de un jingle de reguetón tan pegajoso que daba náuseas. Se rodeó de tiktokers, influencers de dudosa procedencia y un mariachi.

—¡Qué onda, chavos! —gritó—. Vengo a anunciarles que el ciudadano más fosfo, más ciudadano, más cool y más todo… ¡soy yo! ¡Síganme en redes y denle like a mi existencia! La ovación duró exactamente tres segundos: el tiempo que tardó el fotógrafo en ráfaga en capturar la toma perfecta para Instagram. Luego, todos regresaron a ver sus teléfonos.

No podía faltar el Profesor Petronilo Rojo Claro, dirigente del Partido del Eterno Compañerismo y la Cuota de Poder. Ante un grupo de campesinos a los que se les estaba insolando hasta el alma, gritó:

—Compañeros, ¡un aplauso para el hombre que jamás los ha traicionado!

—¿Quién, profe? —preguntó un agricultor desde el fondo.

—¡Yo, baboso! ¡Quién más!

El aplausómetro colapsó. La autoestima de Petronilo alcanzó niveles estratosféricos, superando la órbita de la Estación Espacial Internacional.

En los pasillos, los asesores convulsionaban:

—¡Rápido, consigan otra medalla!

—¡Inventen un premio! “El Político con Mejor Aliento 2026”.

—¡Hagan una encuesta donde compita solo él contra sí mismo y que gane por margen de error!

—¿Y las propuestas para la ciudadanía?

Un silencio sepulcral invadió el recinto. Tan profundo”fue el silencio que se pudo escuchar claramente cómo una promesa sobre el agua potable se encogía de vergüenza y se escondía al fondo de un bote de basura.

Los títulos de las conferencias eran joyas del pensamiento contemporáneo:

“El Universo: Ese lugar que gira alrededor de Mí.”

“Manual de Autobesos: Estrategias para no quebrarte la mandíbula.”

“Presentación del Best-Seller: Yo, Mi Persona, Conmigo y la Ciencia de Tener Siempre la Razón.”

Para sellar el pacto, se entregó el majestuoso premio El Espejo de Platino, otorgado a quien pudiera elogiarse durante tres horas seguidas sin parpadear ni soltar una risita de culpa. El ganador fue un candidato tan audaz que contrató a su propio club de fans, moderó su propio debate, actuó como el público que hacía preguntas y terminó dándose un abrazo a sí mismo en el centro del escenario.

Y así, mientras Sinaolandia celebraba el gran carnaval del onanismo político, en la calle, detrás del telón, la realidad seguía esperando su turno pacientemente.

Allí estaban, apretujados bajo el sol inclemente, los problemas de siempre: la violencia sin freno, las madres rastreadoras buscando en la tierra seca, los agricultores en quiebra, los hospitales sin gasas y las escuelas sin techo. Observaban a través de las rendijas cómo los candidatos competían ferozmente por ver cuál reflejaba mejor la luz de los reflectores.

Así nació la gran Doctrina del Eco Municipal:

El Tricolor adoró al Tricolor.

El Azul se arrodilló ante el Azul.

El Guinda le rezó al Guinda.

El Naranja le dio follow al Naranja.

El Rojo le pidió un autógrafo al Rojo.

Y todos, absolutamente todos, lograron ponerse de acuerdo en una sola verdad: jamás en la historia de la humanidad existirá alguien que los ame tanto como se aman ellos mismos.

Hoy, el Día Nacional del Autohalago es fiesta patronal en Sinaolandia. La jornada termina siempre igual: con los políticos abrazando a sus estatuas de cartón, dándole un beso a la pantalla de su celular y levantando sus propias manos en señal de victoria.

Poco importa que afuera el país se esté desmoronando a pedazos ya que mientras el espejo les siga devolviendo la imagen de un estadista perfecto, brillante y despeinado por el viento del triunfo, la clase política de Sinaolandia dormirá en paz, convencida de que el estruendo de los balazos, las protestas y el llanto del pueblo, no es más que una multitud eufórica que no para de ovacionarlos.

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