En 15 años, uno de cada cinco mexicanos tendrá 60 años o más. El cambio exige repensar políticas de salud, pensiones y cuidados desde ahora…

En 15 años, uno de cada cinco mexicanos tendrá 60 años o más. El cambio exige repensar políticas de salud, pensiones y cuidados desde ahora.

Alejandra Padilla

En 1990 México era un país “joven” en el que casi uno de cada tres mexicanos (31.96 por ciento) tenía menos de 12 años y apenas 6.38 por ciento había cumplido 60. Pero en 2040 el panorama se habrá invertido: los niños de 0 a 11 años representarán solo 14.72 por ciento de la población, mientras que los adultos mayores casi triplicarán su proporción para llegar al 19.37 por ciento, según las proyecciones del Consejo Nacional de Población (Conapo).

Este cambio corresponde a la fase actual de la transición demográfica. La brecha entre nacimientos y defunciones, dice, se ha ido cerrando desde 1960, y de mantenerse la tendencia, las defunciones superarán a los nacimientos alrededor de 2055 el punto en el que, “ya podemos empezar a hablar de un proceso de envejecimiento avanzado”, explica Víctor Manuel García Guerrero, investigador de El Colegio de México y quien desde 2010 apoya al Conapo en las estimaciones y proyecciones oficiales de población del país, en entrevista con la Unidad de Datos de SinEmbargo, 

Los datos confirman que durante las siguientes décadas México será un país cada vez más viejo. Pero ese envejecimiento no ocurre al mismo ritmo en todo el territorio. En 2040 la Ciudad de México tendrá la población más vieja, con 27.13 por ciento de sus habitantes de 60 años o más. Le seguirán Veracruz (23.2 por ciento), Morelos (21.8 por ciento), Colima (21.7 por ciento) y Tamaulipas (21 por ciento), todas por encima del promedio nacional de 19.37 por ciento.

En el caso contrario estarán Chiapas, Quintana Roo, Puebla, Baja California Sur y Michoacán, estados en donde la población de la tercera edad oscilará entre 13.4 y 17.3 por ciento. García Guerrero advierte que el envejecimiento del país es profundamente desigual: mientras en algunas entidades la población de la tercera edad crece por el aumento en la esperanza de vida, en otras regiones se está “quedando con puros adultos mayores” por la expulsión de población joven, ya sea por migración o, en algunos casos, por la violencia asociada al crimen organizado.

La capital envejece más rápido que el resto del país

En la capital del país el cambio ha sido acelerado. En 1990 la Ciudad de México tenía una población de 60 años o más de apenas 7.56 por ciento, un nivel cercano al promedio nacional de esa época (6.38 por ciento). Treinta años después, en 2025, esa proporción ya casi se había triplicado (17.88 por ciento) y para 2040 rebasará una de cada cuatro personas.

La estructura de edad de la Ciudad de México ilustra bien lo que implica ese ritmo. En 1990, los niños de 0 a 11 años eran el segundo grupo más numeroso de la capital (25.21 por ciento de la población), solo detrás de los jóvenes de 12 a 29 (37.61 por ciento). Para 2040 los niños habrán caído a apenas 9.1 por ciento (menos de la mitad) mientras los adultos mayores, que en 1990 eran el grupo más pequeño, se convertirán en una cuarta parte de la ciudad. La población total de la capital, además, prácticamente no crecerá en ese periodo (pasará de 8.48 a 8.6 millones de habitantes), lo que confirma que no se trata de una ciudad que sume más adultos mayores porque crece, sino porque envejece.

La combinación de dos variables explica el fenómeno: una fecundidad que cayó antes y de manera más pronunciada que en el resto del país, y una esperanza de vida que ya es de las más altas entre las entidades más envejecidas. La primera diferencia es visible al comparar las tasas de hijos por mujer entre estados: mientras algunas entidades comenzaron su transición reproductiva desde finales del siglo pasado, otras mantienen todavía niveles más elevados.

La caída de la fecundidad es uno de los motores principales del envejecimiento poblacional. En 1990, todas las entidades del país tenían tasas superiores a tres hijos por mujer, y en algunos estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán superaban los cuatro hijos. Tres décadas después, la mayoría se encuentra por debajo del nivel de reemplazo generacional de 2.1 hijos por mujer, y las proyecciones del Conapo anticipan que la tendencia continuará hacia 2040. 

Esta caída se debe, entre otros factores, a la disponibilidad de métodos anticonceptivos a partir de la década de 1970. En 1973 el gobierno mexicano cambió sus políticas demográficas para permitir el uso de estos métodos de planificación familiar. Además, fue precisamente un mexicano, Luis Ernesto Miramontes Cárdenas, quien logró sintetizar la noretisterona (principio activo de la píldora anticonceptiva) en 1951. Se trata una sustancia que inhibe la ovulación y que, hasta entonces, solo era posible obtener de una planta. “Un gramo de esa molécula era más caro que un gramo de oro”, dijo a la Gaceta de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) el hijo de Miramontes.

García Guerrero confirma que la tasa global de fecundidad de la Ciudad de México, dice, es “muy similar a la de Italia”, y hay alcaldías capitalinas que están muy por debajo del reemplazo poblacional.

La disminución de la fecundidad es sólo una parte de la explicación. La otra es que los mexicanos viven más tiempo que hace tres décadas. En 1990, la esperanza de vida al nacer era de 71.07 años; para 2025 alcanzó los 75.67 años y las proyecciones del Conapo estiman que llegará a 78.46 años en 2040 y superará los 83 años hacia 2070. Aunque la pandemia de COVID-19 provocó una caída sin precedentes (de 74.84 años en 2019 a 68.76 en 2021), los niveles previos ya fueron recuperados y la tendencia de largo plazo continúa al alza.

El aumento en la longevidad significa que una proporción creciente de la población requerirá atención médica, cuidados especializados y mecanismos que le permitan mantener su autonomía durante más años.

¿México está listo para envejecer?

García Guerrero dice que este cambio aún no se refleja de manera pronunciada. Según sus proyecciones, cerca del 60 por ciento de la población mexicana seguirá estando en edad laboral hasta el año 2070, por lo que el país seguirá siendo relativamente joven durante varias décadas más. Pero advierte que los costos ya están cambiando: la inversión en niñez es acotada y de rápida recuperación, mientras que la que exigen los adultos mayores es más prolongada y costosa. 

Además, el sistema de salud tendrá que reorientarse hacia enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión, cáncer, deterioro cognitivo) que hoy ya representan una carga creciente. María Elena Álvarez Cervantes, Geriatra con alta especialidad en envejecimiento cognitivo y demencias, señala que persisten “muchas áreas de oportunidad” en materia de prevención primaria y secundaria, y que el país tiene un déficit importante de fármacos, médicos y servicios de salud especializados.

A ello se suma la baja inversión pública destinada a los cuidados de largo plazo. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México destina apenas el 0.4 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) a este rubro, mientras que el promedio de los países miembros es de 1.8 por ciento. Es decir, el país invierte poco más de una quinta parte de lo que destinan, en promedio, las economías desarrolladas para atender las necesidades asociadas al envejecimiento, como la atención médica, los cuidados especializados y el apoyo a las personas que han perdido parte de su autonomía.

Ante este panorama, Álvarez Cervantes propone tres medidas urgentes: implementar un plan nacional de demencias que sirva como modelo para otras enfermedades crónicas, evitar que los pacientes lleguen a fases descontroladas (que disparan tanto la pérdida de funcionalidad de los pacientes como los costos para atenderlos) y fortalecer la atención primaria con más especialistas en Geriatría y Medicina Interna.

Cuidados de largo plazo, pensiones e infraestructura: las crisis que se avecinan

María Fernanda Carrillo Vega, investigadora del Instituto Nacional de Geriatría (Inger) advierte que los cuidados a largo plazo en México recaen hoy casi por completo en las familias, y sobre todo en mujeres cuidadoras que muchas veces son, ellas mismas, personas mayores. Consolidar un sistema de cuidados de largo plazo es, en sus palabras, “urgente”. 

García Guerrero llega a una conclusión similar desde la demografía: calcula que la carga potencial de cuidados hacia personas de 80 años o más (hoy cercana al 12 por ciento entre personas de 50 a 64 años) podría llegar a afectar a más del 75 por ciento de las mujeres de ese rango de edad si la tendencia actual de feminización del cuidado se mantiene.

García Guerrero calcula la magnitud fiscal del reto: la población beneficiaria de la Pensión del Bienestar podría pasar de ocho a cerca de 10 por ciento en los próximos años, un incremento que representa “miles de millones de pesos” adicionales. El problema de fondo, dice, es que actualmente cerca del 55 por ciento de las personas ocupadas trabaja en la informalidad, lo que dejará a una proporción de los futuros adultos mayores sin ahorro ni pensión garantizada.

Carrillo Vega coincide: advierte que la mayoría de las personas ya no se retirarán con una pensión como la de generaciones anteriores, y llama a atender la seguridad económica de la vejez “con mucha más profundidad” desde la legislación.

Además, los tres especialistas coinciden en que “la infraestructura no está hecha para los adultos mayores”: desde puentes peatonales sin elevadores hasta banquetas que dificultan la movilidad, el diseño de las ciudades es un factor de riesgo directo  porque las caídas y fracturas de cadera están entre las principales causas de muerte en la vejez.

El país que discrimina a quien envejece

Con menos jóvenes entrando a la fuerza laboral, la ciudad podría enfrentar escasez de mano de obra en sectores que hoy dependen de trabajadores jóvenes. Pero además del reto económico, las tres personas expertas entrevistadas coinciden en un punto que rara vez aparece en las discusiones sobre envejecimiento poblacional: el edadismo. Carrillo Vega lo describe como una forma de discriminación que debe enfrentarse “desde la política pública”, y García Guerrero lo ha documentado de primera mano en clínicas del sector salud, donde el dolor y los síntomas de las personas mayores suelen minimizarse frente a los de otros grupos de edad.

Para Álvarez Cervantes, “ser adulto mayor no implica decadencia ni enfermedad”. Además, de acuerdo con la especialista, el reto de México es que la transición demográfica más acelerada de su historia reciente está llegando a un país que, coinciden los tres especialistas, todavía no termina de prepararse para recibirla.

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