El nuevo presidente de la Fed llega con sesgo alcista

Kevin Warsh tomó protesta el 22 de mayo como el decimoséptimo titular del banco central estadounidense, y su debut confirmó el giro que los mercados anticipaban: la Fed dejó de pensar en recortar y empezó a contemplar, abiertamente, la posibilidad de subir las tasas.

Enrique Quintana

La Reserva Federal hizo ayer lo que el mercado descontaba con una probabilidad cercana al 97%: mantuvo la tasa de fondos federales sin cambio, en el rango de 3.50 a 3.75%, su cuarta pausa consecutiva, esta vez por voto unánime.

La noticia no fue que se mantuviera sin cambio. Lo relevante fue todo lo demás. Fue la primera reunión presidida por Kevin Warsh, quien tomó protesta el 22 de mayo como el decimoséptimo titular del banco central estadounidense, y su debut confirmó el giro que los mercados anticipaban: la Fed dejó de pensar en recortar y empezó a contemplar, abiertamente, la posibilidad de subir las tasas.

Y eso que Trump lo puso para que bajara las tasas.

El documento que movió a los mercados no fue el comunicado, sino el cuadro de proyecciones económicas y, dentro de él, la célebre gráfica de puntos.

En marzo, la mediana de los funcionarios todavía contemplaba un recorte para 2026, con la tasa terminando el año en 3.4%. Ayer esa expectativa se borró: la nueva mediana se ubicó en 3.8% para el cierre de 2026 y en 3.6% para 2027, un perfil que dibuja un alza este año y su reversión el próximo.

La mitad del comité —nueve de los dieciocho miembros que entregaron pronóstico— inscribió al menos un incremento de un cuarto de punto para 2026, y seis anticipan dos. El decimonoveno, el propio Warsh, se abstuvo de aportar su punto: “para mí no es útil”, expresó.

La Fed elevó además su pronóstico de inflación (PCE) para 2026 a 3.6%, desde el 2.7% que proyectaba en marzo, y recortó su estimación de crecimiento a 2.2%. El detonante tiene nombre y apellido: el conflicto entre Estados Unidos e Irán disparó los precios de la energía y llevó la inflación de mayo a 4.2% anual, su mayor lectura en más de tres años.

Warsh aprovechó el estreno para imprimir sello propio. El comunicado se redujo a unas 130 palabras —menos de la mitad de los anteriores— y suprimió la guía prospectiva sobre los próximos pasos. En conferencia reconoció que los precios persistentemente altos son una carga para los estadounidenses, pero insistió en que el pasado reciente no tiene por qué ser prólogo. Sobre la meta de 2% fue gráfico: el dos está a la izquierda del punto decimal y, por ahora, el cero a la derecha; no la revisará, dijo, hasta haberla cumplido.

Anunció además cinco grupos de trabajo que en un par de semanas revisarán la comunicación, el balance, las fuentes de datos, la productividad y el propio marco de inflación del banco central. Es el cambio de régimen que prometió como candidato: modificar no solo el rumbo de la política monetaria, sino la forma en que la Fed piensa y comunica.

La reacción fue contundente. Tras la conferencia, los operadores elevaron a más de 90% la probabilidad de un alza en octubre y las bolsas cerraron en mínimos: el S&P 500 perdió 1.2%, el Nasdaq 1.3% y el Dow retrocedió 506 puntos, mientras el rendimiento del bono del Tesoro a diez años escalaba hacia 4.5%. Para el banco Goldman Sachs, el viraje no se explica solo por la energía: pese al reciente retroceso del petróleo, la mitad del comité ve alzas este año. Su escenario base es que la Fed apenas logre evitar el incremento, por un sendero estrecho.

Hay, de fondo, una subtrama política. Warsh llegó nominado por Donald Trump, que ha presionado por tasas más bajas; ayer el presidente reaccionó con displicencia, dijo que un alza le parecía difícil de creer y, a la vez, que se guía por lo que decida su nuevo titular. La tensión entre un mandatario que quiere dinero barato y un banquero central que coquetea con encarecerlo apenas comienza.

¿Qué significa todo esto para el Banco de México? El mensaje llega en un momento delicado. La Junta de Gobierno recortó en mayo a 6.50% y, por voz de su gobernadora Victoria Rodríguez Ceja, dio por concluido el ciclo de relajamiento que arrancó en marzo de 2024 y que acumuló 450 puntos base de reducción. La decisión fue dividida —los subgobernadores Jonathan Heath y Galia Borja votaron por mantener— y el comunicado anticipó pausas. El giro de la Fed valida esa cautela y, de hecho, la endurece.

El dilema de Banxico es genuino. La economía mexicana se contrajo 0.8% en el primer trimestre, su peor caída desde finales de 2024, un dato que por sí solo pediría más estímulo monetario. Pero la inflación sigue anclada por encima del 4%, el choque petrolero del Golfo Pérsico amenaza con prolongarse y, sobre todo, el diferencial de tasas con Estados Unidos dejará de ampliarse a favor del peso si la Fed no afloja.

Un banco central que recorte mientras su par del norte coquetea con subir se expone a presión cambiaria y a salidas de capital.

La conclusión se impone sola: en su reunión de finales de junio, lo más probable es que la Junta mantenga la tasa en 6.50%, como se anticipó.

Para el futuro, ya veremos.

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