El desafío de Sergio Esquer en Sinaloa

Alvaro Aragón Ayala

La designación de Sergio Raúl Esquer Peiro, “El Pío”, como dirigente de Movimiento Ciudadano (MC) en Sinaloa, representa, en el fondo, un intento deliberado por transformar una fuerza emergente en un actor con musculatura real, capaz de disputar el poder frente a un Morena que hoy ejerce una hegemonía casi absoluta en el mapa electoral del estado.

El punto de partida define la magnitud del reto. En 2021, MC era una fuerza testimonial con apenas 32 mil votos; para 2024, su crecimiento lo situó en un rango de entre 60 mil y 100 mil sufragios. Al fijar un promedio operativo de 80 mil votos, queda claro que el partido salió de la marginalidad, pero sigue ubicado a una distancia abismal de ser considerado un contendiente serio por la joya de la corona estatal.

Este dato establece la métrica del éxito o el fracaso. En Sinaloa, donde la participación fluctúa entre 1.1 y 1.3 millones de ciudadanos, los umbrales de poder son matemáticamente implacables: influir requiere 200 mil votos; competir seriamente exige 350 mil; y aspirar a la gubernatura demanda superar la barrera de los 500 mil. En términos prácticos, Esquer necesita cuadriplicar su base actual para que su voz sea escuchada en la mesa de las decisiones.

El problema medular no es de presupuesto ni de currículum. La evidencia de las derrotas electorales previas de Esquer revela un fenómeno más profundo: la incapacidad de convertir la influencia potencial en votos efectivos. No hay escándalos que lo frenen, pero sí una desconexión estructural con el electorado de a pie que no se resuelve con boletines de prensa, sino con empatía política.

Esa desconexión es multidimensional. El perfil de Esquer —el empresario agrícola técnico e institucional— carece de la identidad social/emocional necesaria para movilizar a las masas. Su discurso, centrado en conceptos áridos como la productividad, los mercados y la planeación, choca contra una realidad electoral que se mueve por narrativas simples, directas y vinculadas a la mesa del comedor, no al escritorio de la dirección.

A esto se suma la percepción de representar exclusivamente a una élite económica. Aunque no sea un mensaje explícito, el votante promedio lo ubica como parte de “los de arriba”. En una entidad donde predomina el sector informal y la dependencia de los programas sociales, esa distancia de clase pesa mucho más que cualquier trayectoria académica o profesional.

Bajo este diagnóstico, el crecimiento gradual corre el riesgo de convertirse en una receta para el olvido. Los diagnósticos precisan que el MC requiere un salto estructural, no incremental. Que el partido debe absorber bloques enteros de la sociedad: captar el voto opositor huérfano del PRI y el PAN, seducir a la clase media urbana desencantada y conectar con una juventud que no encuentra eco en las estructuras tradicionales.

Los escenarios hacia 2027 están nítidamente trazados. Una inercia simple llevaría al partido a los 120 mil votos y/o a la irrelevancia absoluta. Un escenario intermedio de 250 mil votos los consolidaría como una fuerza bisagra. Pero únicamente un escenario de ruptura, alcanzando, no los 350 mil, sino 400 mil votos, pondría a Movimiento Ciudadano en la antesala real de la gubernatura.

El análisis/estudio periodístico revela que para lograr este quiebre, Sergio Esquer debe tomar decisiones estratégicas dolorosas. La primera es la redefinición de su propio rol. Si su perfil no ha sido eficaz como candidato, su valor estratégico debe migrar hacia la operación política, la construcción de estructura y la articulación de alianzas tras bambalinas. Persistir en el protagonismo en las boletas es apostar por un resultado que ya conocemos.

La segunda decisión es la construcción de una alianza de facto. Más allá del purismo de la marca MC, la realidad exige integrar a ex priistas, ex panistas y liderazgos regionales con capital territorial. Sin estos “generales” que conocen el terreno, el partido seguirá siendo una organización de aire sin capacidad de desembarco en tierra.

En paralelo, el reto es transmutar el poder económico en estructura territorial. El dinero por sí solo no compra lealtades en las urnas; se requiere inversión en redes de movilización, liderazgos de sección y una operación electoral robusta para el día de la jornada. La brecha entre ser una figura influyente y un líder poderoso se cierra únicamente con organización de base.

La selección de candidatos será la prueba de fuego. Que la búsqueda no vaya en pos de los perfiles “correctos”, sino perfiles competitivos. La lógica de la afinidad personal debe morir frente a la lógica del carisma y la red propia. El partido necesita candidatos que ya traigan sus propios votos y no que esperen que la marca los cargue.

La estrategia, entonces, debe ser de precisión quirúrgica. Intentar pelear todo el Estado/gobierno es diluir el esfuerzo. MC debe focalizar sus recursos en municipios y distritos donde el voto sea más sensible al cambio, generando victorias locales que sirvan como prueba de concepto para el proyecto estatal.

Existen errores que son detectados como suicidas: la insistencia de Esquer por la candidatura, convertir al partido en un club exclusivo de empresarios, marginar a los operadores tradicionales o mantener la frialdad del tecnócrata ante la urgencia social. La tardanza en ejecutar estos cambios podría condenar el proyecto antes de que empiece.

¿Es hoy MC un peligro para Morena? En el corto plazo, no. Sin embargo, su crecimiento tiene el potencial de fracturar el ecosistema político. Con 200 mil votos, se vuelve el fiel de la balanza; con 300 mil, es un competidor peligroso; y con 400 mil, se convierte en la única alternativa real de alternancia.

El riesgo para el oficialismo no es un choque de frente, sino la capacidad de MC para fragmentar el voto, alterar márgenes y modificar las correlaciones de fuerza en territorios clave. En una elección cerrada, un actor de este tamaño decide quién vive y quién muere políticamente.

La ecuación es implacable: Movimiento Ciudadano debe decidir si quiere ser un archivo de buenas intenciones o una maquinaria de poder. Todo lo que no sea transformar la base actual en votos efectivos es, simplemente, ruido de fondo. En política, la diferencia entre existir y competir se mide en números, pero la diferencia entre competir y ganar se define en la capacidad de conectar.

Si Sergio –“El Pío” – Esquer logra convertir estructura en votos, MC puede pasar de 80 mil a 300 mil y cambiar el mapa político de Sinaloa. Si no lo logra, confirmará la regla más dura de la política: el dinero puede servir para organizar, pero solo la gente que se lleva a las urnas define quién gana las elecciones.

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