Sinaloa: El PVEM, el parásito electoral
En un primer análisis (leer: https://vocesnacionales.com/2026/03/25/sinaloa-el-pvem-incubadora-de-reciclaje-politico/ ) ofrecimos una descripción del PVEM. Hoy abundamos sobre el tema.
Alvaro Aragón Ayala
En Sinaloa, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) perfeccionó una hazaña que desafía las leyes de la física política: existir sin masa, pesar sin volumen y ganar sin votos. Es un parásito institucional. No necesita construir bases ni convencer multitudes porque su negocio no es la democracia, sino el alquiler de siglas. Es el invitado que nunca trae nada a la fiesta, pero siempre se lleva el centro de mesa y la mejor parte del pastel. Como colado distinguido, su éxito radica en una premisa cínica: el secreto no es saber caminar, sino saber de quién colgarse.
Las elecciones de 2021 y 2024 dejaron claro que el Verde sufre de agorafobia política: le aterra caminar solo. Su estrategia es de naturaleza trepadora: se sube al impulso ajeno, se monta en la estructura de Morena y, una vez en la cima, factura como si el esfuerzo hubiera sido propio. Morena pone el sudor, el PVEM pone la cuenta. Es una simbiosis donde solo uno se alimenta. Si alguien intentara rastrear el “voto duro” del Verde en Sinaloa, terminaría buscando un fantasma. Ese voto es como los ovnis: una leyenda urbana que los dirigentes juran ver, pero que en las urnas se disuelve en un insignificante 2 por ciento o 5 por ciento. El Verde no es un actor político; es una propina electoral que se cobra a precio de banquete de lujo.
En 2021, el PVEM no fue parte de la “ola” de Morena; fue la espuma insignificante que flota sobre el partido guinda. No lideró, no propuso, solo acompañó con la pasividad de un copiloto que duerme mientras otro conduce, pero exige dividendos al llegar al destino. En 2024, la receta fue la misma, solo que con mayor descaro. El PVEM “creció”, pero no por mérito, sino por el efecto óptico de la luz ajena: crece como crecen las sombras cuando el sol de Morena está en su punto más alto. No necesitan votos propios cuando pueden vivir de los prestados, una estrategia de supervivencia que los mantiene gordos mientras el electorado ni siquiera sabe quiénes son.
Su verdadera especialidad no es la ecología —esa es solo la pintura biodegradable que disfraza el negocio—, sino el reciclaje de desechos políticos. El PVEM en Sinaloa opera como un centro de acopio donde las trayectorias oxidadas encuentran una segunda vida. Es el refugio de ex priistas desesperados, operadores huérfanos y figuras que ya no pasan el filtro ético (o estético) de Morena, pero que se niegan a soltar la ubre del presupuesto. Nada se desperdicia, todo se reubica en esta economía circular de cargos públicos, donde la ideología es un estorbo y la conveniencia es la única brújula.
El perfil de su dirigente estatal Ricardo Madrid Pérez es el ejemplo vivo del trapecismo político: formado bajo el ala de Quirino Ordaz Coppel, exgobernador y hoy embajador en España. De ser el secretario particular y funcionario estatal de la era priista, saltó a una diputación plurinominal que utilizó, con una flexibilidad moral asombrosa, para convertirse en el defensor de oficio del gobierno de Rubén Rocha Moya en el Congreso Local. Ese es el ADN del Verde: un activo del pasado que se vende como herramienta del presente. Hoy, premiado con una diputación federal plurinominal, demuestra que el camino más corto entre dos puntos no es la línea recta, sino el salto de un partido a otro.
Sí, el PVEM es la puerta trasera del poder en Sinaloa. Cuando Morena necesita postular a alguien demasiado impresentable para sus propios estatutos, usa el “sello verde”. Cuando hay un conflicto interno que amenaza con quemar la casa, el Verde aparece como el extintor que acomoda a los inconformes. No resuelven crisis, las administran. Son el plan B que el sistema usa para no ensuciarse las manos, funcionando como una estancia infantil para políticos que necesitan tiempo para que el electorado olvide sus pecados anteriores mientras siguen cobrando en la nómina federal.
Si se hace el experimento de soltar al PVEM solo en la arena electoral de Sinaloa, el resultado sería una comedia corta. Sin la transfusión de sangre de Morena, el Verde quedaría reducido a su insignificancia real: un partido marginal, irrelevante en los municipios grandes y dependiente de cacicazgos locales aislados que compran la franquicia por temporada. Sobrevivirían, claro, porque están diseñados como las cucarachas: para resistir desastres nucleares a base de migajas y prerrogativas. El PVEM no compite para ganar; compite para no morir, y en esa mediocridad es donde encuentran su mayor eficiencia financiera.
Hacia el 2027, el menú del Verde está servido y no requiere creatividad, solo cinismo. No necesitan propuestas, solo necesitan saber cuánto va a costar su lealtad. Pueden ser el satélite fiel de Morena, pueden jugar a la “independencia” para encarecer su amor, o pueden actuar como mercenarios para dividir el voto opositor donde Morena no quiera ensuciarse. Su lógica no es política, es de utilidad marginal.
El PVEM no es un partido político; es una herramienta de mantenimiento del poder. No representa causas, representa funciones. Es el accesorio que el sistema usa para ajustar las tuercas donde el voto ciudadano no alcanza. Su verdadera negociación no ocurre en las urnas frente al pueblo, sino en lo oscurito, en las oficinas donde se reparten las cuotas. Por eso, aunque el ciudadano nunca los elija de verdad, sus candidatos siempre terminan ganando algo. Y lo que ganan, casi siempre, le sale carísimo a los contribuyentes.
