COLOSIO SIN MITO: EL HOMBRE, EL SISTEMA Y LA ESTRUCTURA SALINISTA

Este 23 de marzo se cumplen 32 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta. El candidato presidencial del PRI fue atacado a tiros en Lomas Taurinas, Tijuana, marcando uno de los eventos más sombríos en la historia política moderna de México.

Alvaro Aragón Ayala

Desde un proceso investigativo, que articula hechos, contextos y estructura de poder, Luis Donaldo Colosio no puede entenderse desde la emoción, sino desde la estructura. Su figura fue congelada/inmortalizada en el tiempo por la tragedia, pero su trayectoria política responde a una lógica mucho más concreta: la del sistema y el hombre que lo formó. Desmitificarlo no implica desacreditarlo, sino ubicarlo con precisión en el engranaje del poder que lo construyó.

Colosio no fue un político que emergiera por generación espontánea. Su carrera se desarrolló paso a paso dentro del aparato del Estado priista, particularmente en el núcleo tecnocrático que se consolidó en los años ochenta. Desde la Secretaría de Programación y Presupuesto hasta la dirigencia nacional del PRI, su ascenso estuvo vinculado directamente a la estructura de poder encabezada por Carlos Salinas de Gortari. No hay ruptura en su origen: hay alineación, formación y promoción desde el centro del poder.

Ese sistema en el que Colosio creció no era únicamente político en el sentido tradicional, sino una estructura compleja donde coexistían intereses económicos, estructuras de control territorial y, de manera cada vez más evidente, redes vinculadas al narcotráfico. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, México no enfrentaba un narco desbordado, sino un fenómeno distinto: un narcotráfico contenido, administrado y, en ciertos niveles, tolerado por el propio Estado.

Este modelo no enzarzaba necesariamente complicidad abierta, pero sí una lógica funcional. El narcotráfico operaba bajo reglas no escritas: rutas delimitadas, actores identificados y niveles de violencia controlados. La prioridad del sistema no era erradicar el fenómeno, sino evitar que desestabilizara el orden político. En ese contexto, el narco se convirtió en una variable más dentro del equilibrio del poder.

Sonora, el estado que Colosio representó como senador, era un punto neurálgico dentro de esa lógica. Su ubicación fronteriza lo convirtió en un corredor estratégico para el tráfico hacia Estados Unidos. Desde décadas atrás, la región había sido utilizada para el trasiego de drogas, y para finales de los ochenta ya existían redes consolidadas que operaban con discreción, pero con eficacia. No era un territorio en guerra, sino un espacio donde la operación criminal estaba integrada al entorno.

En ese escenario, resulta insostenible plantear que la clase política local desconocía completamente esta realidad. Colosio, como senador y como actor relevante del PRI, tenía necesariamente un conocimiento estructural del contexto en el que se movía. Sin embargo, no existe evidencia que lo vincule directamente con actividades ilícitas ni con redes del narcotráfico. Tampoco hay registro de que haya impulsado una confrontación abierta contra esas estructuras.

Ahí radica el punto clave: Colosio no fue un operador del narco, pero tampoco fue un agente disruptivo del sistema que lo contenía. Nunca lo señaló. Su papel fue el de un político institucional que operaba dentro de un modelo donde el narcotráfico ya formaba parte del ecosistema de poder. No lo creó, pero coexistió con él sin romperlo.

El momento en que su figura parece cambiar es durante la campaña presidencial de 1994, particularmente con el discurso del 6 de marzo. Ahí introdujo una narrativa crítica sobre la desigualdad, la concentración del poder y las deudas sociales del país. Ese discurso ha sido interpretado como una ruptura con el salinismo, pero un análisis más riguroso sugiere que se trató más de un reposicionamiento político que de una transformación estructural. Su equipo, su plataforma y su trayectoria siguieron anclados al mismo sistema.

La construcción del mito de Colosio ocurrió después de su asesinato. La muerte violenta de un candidato presidencial en un contexto de crisis nacional generó una narrativa poderosa: la del líder reformador truncado. El escenario del atentado simplificó su figura y la despojó de sus contradicciones. Lo convirtió en símbolo de lo que pudo haber sido, sin examinar con suficiente rigor lo que realmente era.

En ese proceso, la versión oficial del “asesino solitario” adquiere un papel central. Más allá de su validez jurídica, esa narrativa cumple una función política: acotar el alcance del problema. Si el crimen es obra de un individuo aislado, el sistema queda intacto. Si se abre la posibilidad de una trama más amplia, entonces la investigación podría escalar hacia las estructuras de poder, incluyendo aquellas donde convergían intereses políticos y narcotráfico.

En un contexto donde ya existían denuncias sobre infiltración del narcotráfico en instituciones del Estado, profundizar en esa línea generaba un riesgo mayor: exponer no solo responsabilidades individuales, sino la lógica de funcionamiento del régimen. La teoría del “asesino solitario”, en ese sentido, no solo cierra un caso; contiene una crisis.

Por eso, la discusión de fondo no es si Colosio era un político bueno o malo. Es más de fondo, más estructural. Colosio fue un producto del salinismo, formado en sus entrañas y proyectado como continuidad de ese modelo. Su intento de reposicionamiento no lo convirtió automáticamente en un agente de cambio externo al sistema. No lo despojó de su etiqueta salinista.

La pregunta que permanece abierta, a 32 años de su asesinato, es profunda: ¿puede emerger una transformación real desde dentro de una estructura que administra, regula o tolera fenómenos como el narcotráfico? Colosio encarna esa tensión. No como mito, sino como evidencia de los límites del propio sistema que lo produjo.

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