Siempre hemos estado desinformados
Jorge Alberto Gudiño Hernández
Una de las cosas que trae la temporada navideña son las reuniones que se pospusieron a lo largo del año y, en consecuencia, el reencuentro con personas a las que apenas vemos, ya sea por falta de tiempo o por las escasas oportunidades de coincidencia. Normalmente, aprovechamos esos ágapes para actualizar nuestras circunstancias, para enterarnos de algunos chismes y, de ser necesario, para lamentar algunas tragedias. Como la temporada apuntala el ánimo, lo común es estar de buenas, con un espíritu festivo navegando por doquier.
Este año, en lo que a mí respecta, hubo cosas diferentes. Pese a la alegría y los buenos deseos, varios de mis interlocutores se notaban preocupados. La idea del futuro no les resulta halagüeña. Sus inquietudes, a las que pronto me sumé, abrevaban de varias fuentes: desde la tecnológica y la IA, hasta el estado del mundo (y eso que aún no capturaban a Maduro). Es claro que, en la mayoría de los casos, la preocupación encontraba destinatarios muy bien definidos: nuestros propios hijos.
De pronto, sobre todo en uno de estos reencuentros, varios ya formamos un coro aparte, lejos de chicos, ahijados y esposas. Algún catastrofista aseguró que estábamos como en “1984”, el Estado manipulaba a la población, se hacían alianzas de las que sólo se daban cuenta los poderosos y se reescribía todo el saber que se daba por sentado. Otro acotó señalando su teléfono: “Y tenemos al Gran Hermano en el bolsillo”. El más prudente de todos reviró, preguntando: “¿pero no ha sido así siempre, casi siempre?”.
Se refería al asunto de la información. Renegó de la falsa creencia de que ahora se nos engaña en comparación a un pasado luminoso en que teníamos acceso a la verdad. A decir de mi amigo escéptico, la humanidad siempre ha sido manipulada por los poderosos en cualquier aspecto. Eso incluye, por supuesto, el acceso a la información o, más complicado aún, a la verdad. La diferencia, acaso, radica en que ahora podemos comparar en tiempo real el flujo informativo; algo que era impensable en otras épocas. Entonces se nos presentan las contradicciones, las inconsistencias, los engaños y las versiones sólo con escarbar un poco. De hecho, en eso la tecnología de la que tanto renegamos, ayuda. Es cierto que, como cámara de eco que son las redes sociales, es muy probable que lo que nos llegue sea falso, pero es posible buscar fuentes más confiables. Y eso no era posible en buena parte de la Historia.
Lo grave, en dado caso, no son las perogrulladas y similares, sino nuestra credulidad, que no es una forma de renuncia.
No es que mi amigo sea optimista. Al contrario, se niega a sumarse al discurso que impulsa a actuar de forma responsable en torno a los contenidos que consumimos nosotros y nuestros hijos. Según él, la condena de la humanidad siempre ha sido su propia autoestima: pensamos que tenemos razón, discutimos sin conocer, nos indignamos frente a minucias y estamos ciertos de que la normalidad se define en cada uno de nosotros.
El catastrofista volvió a alzar la voz. Aceptó que el análisis era cierto, pero eso no significaba que las cosas fueran a mejorar. El futuro seguía siendo una preocupación casi física, tangible. “Sí”, concedió el otro. Y nos integramos al festejo para disimular nuestro ánimo.
