José Revueltas y la sucesión presidencial de 1958

Carlos Ramírez

El año de 1958 significó el segundo golpe de timón del sistema político priísta. La sucesión presidencial de 1940 planteó la ruptura del proyecto populista de capitalismo monopolista de Estado del presidente Cárdenas, preparó el relevo de políticos por militares en la élite gobernante, construyó el modelo de economía mixta con hegemonía de mercado y Estado regulador y en camino la propuesta de desarrollo estabilizador macroeconómico que duró hasta 1982.

En 1958 estalló la crisis en la estructura interna del sistema político priísta: ante el descuido gubernamental, el Partido Comunista Mexicano avanzó en la conquista de liderazgos sindicales en empresas y áreas del sector público: ferrocarrileros, tranviarios, maestros, secciones petroleras y otros y fortaleció una élite de funcionarios e intelectuales que intentaron reconstruir el modelo cardenista a partir de los primeros efectos en México de la revolución cubana que habría de triunfar en enero de 1959 y que se convertiría hasta 1970 en un factor de definición de la izquierda mexicana.

La sucesión presidencial de 1958, resuelta en 1957, se movió en las contradicciones de un Estado fuerte y una estructura de poder todavía con dominio corporativo ideológico por la existencia de una importante corriente ideológica de filiación izquierdista, aunque moviéndose en el discurso oficial de la Revolución Mexicana y la propuesta de un socialismo de Estado y sin lucha de clases ni dominio absoluto del sector público.

Las rebeliones obreras de 1958 condujeron a una respuesta autoritaria del Estado y desarticularon la ofensiva de la izquierda socialista con el encarcelamiento de dirigentes políticos como Valentín Campa y el líder magisterial Othón Salazar. El PRI como partido de Estado retomó el control corporativo de esos sindicatos y se inició una etapa de desactivación del potencial rebelde de las clases trabajadoras y campesinas, hasta la reactivación en 1981 del proletariado aún controlado por el Estado para conjuntar alrededor del Congreso del Trabajo una propuesta de proyecto popular de desarrollo frente al proyecto neoliberal del grupo delamadridista-salinista que tomó el control del diseño de la política económica en 1979.

En este contexto se dio la sucesión presidencial de 1958. En ese entonces el escritor y ensayista marxista José Revueltas militaba en el Partido Comunista y desde allí empujaba una revolución socialista. Su breve ensayo México: una democracia bárbara (Obras Completas 16, editorial ERA) fue pionero en la caracterización marxista del sistema político priísta y aplicó el método del materialismo dialéctico para analizar el significado de la elección presidencial de 1958 entre el candidato Adolfo López Mateos por el PRI-Partido Popular Socialista-Partido Auténtico de la Revolución Mexicana contra el candidato panista Luis H. Álvarez y una coalición de bases conservadoras, religiosas y empresariales.

En el prólogo a la segunda edición de 1975, Revueltas hizo una aportación a la teoría del sistema político priísta con la argumentación de que el Estado mexicano no era totalitario, sino un “Estado ideológico total y totalizador” que basaba su dominio en “la total manipulación por el Estado del total de las relaciones sociales”. La estructura corporativa del PRI controlaba a las clases proletarias –obreras, campesinas y populares– y administraba desde la relación Estado-PRI las decisiones productivas obligando a los empresarios aceptar la mediación pública dentro de esa caja negra que el teórico David Easton ilustró como sistema político.

Revueltas fue muy crítico de la política electoral en tanto que no tenía ninguna influencia ni efecto en la correlación de fuerzas sociales que el presidente de la República operaba como titular del Estado y jefe en funciones del PRI. Para Revueltas la disputa por la definición del rumbo de la República estaba en la lucha en el sistema productivo y no en la ocupación de posiciones burocráticas que carecían de influencia en la definición del modelo productivo de un Estado regulador y un sector empresarial inversionista.

En este sentido fue una de sus afirmaciones más contundentes de su ensayo: “la única clase llamada hacerle al “gobierno revolucionario” una concurrencia política es aquella que también viene a ser la única que puede hacerle la concurrencia económica a las clases poseyente que el gobierno y su partido de Estado representan”. En un juego de palabras, la clase obrera fue identificada por Revueltas como una clase no poseyente o desposeída, pero determinante en el funcionamiento del sistema productivo.

Su conclusión era pesimista: “por lo pronto no existe en México ninguna fuerza política seria que en materia electoral a) quiera enfrentársele al gobierno, b) quiera, ni mucho menos, derrotarlo, c) crea estar o reunir las condiciones para hacerlo y d) pretenda romper, en su base, el monopolio político”.

El enfoque de Revueltas se refería a la estructura autoritaria y presidencialista de dominación que el sistema político priísta se había dado cuando menos en tres decisiones determinantes: la Constitución de 1917 que construyó un Estado dominante, la fundación del Partido Nacional Revolucionario para construir en su seno la corporativización de las clases productivas y el acuerdo de economía mixta entre el Estado y los empresarios a partir de los instrumentos coercitivos de tipo político, económico y partidista que tenía el presidente de la República como jefe máximo del PRI.

El análisis de Revueltas partió de su enfoque crítico sobre el sistema de partidos, la centralización de las decisiones de política electoral y el control del aparato autoritario del Estado en manos del presidente de la República vía las fuerzas armadas, el ministerio público, el control del presupuesto y el engrane fundamental del sistema: el control presidencial sobre el poder legislativo y los gobiernos estatales a través de la facultad autoritaria del presidente de controlar el PRI, decidir las candidaturas a cargos de elección popular, distribuir gasto de campaña y sobre todo realizar las elecciones desde el Poder Ejecutivo.

Revueltas fue muy crítico del sistema de partidos: el partido del Estado con el presidente de la República como su jefe máximo, una izquierda marxista domesticada en el PPS, un PARM sin representatividad real y un PAN sin capacidad ni recursos para consolidarse como una verdadera fuerza política real y cuyo papel fue definido por la politóloga Soledad Loaeza como “oposición leal”, es decir, una oposición con un discurso diferente –no alternativo– al del PRI y sin capacidad para competir en gasto electoral por la presidencia de la República. En aquel entonces el único partido de oposición real era el Partido Comunista, pero sin tener registro legal y padecer persecución es macartistas que lo ubicaban en la semiclandestinidad y la ilegalidad.

Sin embargo, Revueltas nunca confió en el PCM y su posición crítica al interior del partido lo llevó a la expulsión. En 1962, Revueltas publicó una demoledora crítica contra el PCM en su libro Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, en el que probaba la inexistencia histórica del partido como representante de la clase obrera. Revueltas murió en 1976, un par de años antes de que el PCM lograra su registro como partido legal a cambio de aceptar la institucionalidad y con ello abandonar su perfil de partido revolucionario de la clase obrera. En 1989 el PCM anunció su disolución y la cesión de su registro a la corriente democrática del PRI de Cuauhtémoc Cárdenas para permitir la desaparición del socialismo marxista.

El ensayo México: una democracia bárbara fue el primero en entrarle al debate de las sucesiones presidenciales en México, después del libro icónico de Francisco I. Madero titulado La sucesión presidencial en 1910. El texto de Revueltas ayuda a entender las limitaciones del sistema de partidos en México y regresa el debate de que el verdadero cambio de régimen ocurrirá en el sistema productivo y no en las competencias electorales.

Con información de Indicador Político

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