De cómo Estados Unidos influye en la narrativa periodística en México
Álvaro Aragón Ayala
Durante décadas, la relación financiera entre los medios mexicanos y los centros de poder en Washington fue considerada como un intercambio “natural” entre aliados estratégicos. Una revisión histórica rigurosa demuestra que dicha conexión fue construida mediante una arquitectura de influencia diseñada desde la Segunda Guerra Mundial y perfeccionada hasta nuestros días.
En efecto, como documenta José Luis Ortiz Garza en “México en guerra”, el modelo de financiamiento mediático tuvo su origen en la Office of the Coordinator of Inter-American Affairs (OCIAA), creada en 1940 bajo la dirección de Nelson Rockefeller. Su “objetivo público” era frenar la expansión nazi en América Latina, pero su función real fue consolidar el control informativo estadounidense en México.
De hecho, desde entonces la República fue calificada como un territorio estratégico en la disputa global por la opinión pública. A través de la OCIAA, Estados Unidos desplegó una red que combinaba financiamiento indirecto, contratos publicitarios condicionados, subsidios encubiertos, producción de contenidos, capacitación de periodistas “confiables” y presión diplomática permanente.
No es casual, por tanto, que durante la década de 1940 medios como Excélsior, El Universal y diversas estaciones radiofónicas mantuvieran vínculos directos o indirectos con este sistema. El objetivo no era únicamente combatir propaganda enemiga, sino definir qué podía decirse, cómo debía decirse y desde qué perspectiva.
Sin embargo, con el fin de la guerra, la OCIAA no desapareció sin dejar rastro. Su estructura fue transformada y redistribuida durante la Guerra Fría en organismos como la CIA, el Departamento de Estado, agencias culturales, educativas y fundaciones privadas, dando paso a un modelo descentralizado, tecnificado y jurídicamente legitimado.
Actualmente, esta nueva arquitectura de influencia se articula, en primer lugar, a través de la diplomacia pública. La embajada estadounidense y el Departamento de Estado concentran programas de formación periodística, intercambios académicos, becas, acceso preferencial a información y capacitación en “libertad de prensa”. No controlan redacciones: forman a quienes las dirigen.
Paralelamente, el financiamiento estructural constituye otro pilar central. Organismos como USAID y el National Endowment for Democracy canalizan recursos hacia medios digitales, ONG periodísticas, observatorios, plataformas informativas y proyectos de investigación. El financiamiento rara vez impone censura explícita, pero genera dependencia.
Asimismo, la proyección internacional de la narrativa estadounidense se articula mediante aparatos informativos globales como Voice of America, cuyo objetivo no es persuadir con propaganda burda, sino normalizar marcos interpretativos funcionales a sus intereses estratégicos.
De manera complementaria, fundaciones y think tanks como Open Society Foundations o el Atlantic Council financian investigaciones, columnistas, foros, estudios y plataformas. No dictan líneas editoriales, pero determinan qué temas sobreviven y cuáles se extinguen en el debate público.
A la par, las operaciones contemporáneas privilegian lo que puede denominarse “inteligencia blanda”: consultoras, fundaciones pantalla, proyectos académicos y plataformas de análisis que permiten anticipar riesgos políticos y neutralizarlos narrativamente antes de que se consoliden.
En consecuencia, el nuevo modelo opera mediante un mecanismo de triangulación: una fundación financia, una ONG ejecuta, un medio publica, un think tank legitima y una embajada respalda. Cada actor parece independiente, pero el sistema en su conjunto no lo es.
Precisamente, esta red de legitimación cruzada vuelve invisible el origen real del poder. El control no se percibe como imposición porque se encubre, delinea o define como como consenso técnico, académico o profesional.
En la práctica, parte del ecosistema mediático mexicano mantiene vínculos con estos circuitos mediante convenios, proyectos y fondos internacionales. Diversas investigaciones han documentado apoyos a plataformas emergentes, unidades de investigación, consorcios transnacionales y proyectos colaborativos.
Incluso, medios con tradición crítica como Proceso han interactuado históricamente con redes académicas y fundaciones extranjeras, conservando autonomía formal, pero operando dentro de límites estructurales definidos. Cabe destacar que el nuevo sistema no elimina la crítica: la administra.
De manera ilustrativa, casos como Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad muestran cómo las ONG financiadas producen investigaciones que luego son amplificadas por medios aliados y legitimadas en circuitos internacionales, funcionando como verdaderas fábricas de agenda.
Del mismo modo, plataformas como Animal Político han crecido vinculadas a redes globales de financiamiento, consorcios internacionales y legitimación externa, lo que les permite acceso privilegiado, protección reputacional y proyección global.
Igualmente, investigaciones emblemáticas como La Estafa Maestra revelan el funcionamiento completo del modelo: producción en ONG financiada, publicación en medios aliados, amplificación internacional y validación académica.
En el plano individual, el sistema no compra medios: compra trayectorias. Figuras como Carmen Aristegui, Carlos Loret de Mola o Jorge Ramos han construido carreras insertadas en circuitos transnacionales que combinan formación en el extranjero, redes institucionales y proyección global.
Adicionalmente, fundaciones privadas como Open Society y Ford Foundation han financiado programas universitarios, centros de investigación y proyectos formativos en instituciones como la UNAM, el ITAM y el Tec de Monterrey, donde se forman futuros editores y directores.
Hoy, el modelo se extiende también al terreno digital: podcasts, canales de YouTube, Substack, X y TikTok. Muchos comunicadores emergentes reciben becas, estancias y programas de liderazgo antes de consolidar su influencia. Cuando crecen, ya están integrados.
Si se observa con atención, en todas las trayectorias aparece el mismo patrón: detección de talento, formación internacional, financiamiento inicial, integración en redes, validación externa, amplificación y blindaje reputacional. No es casualidad: es ingeniería institucional.
En contraste, en los años cuarenta se pagaba directamente. Hoy se construye dependencia. Antes se compraban portadas. Hoy se compran carreras.
Por eso, la diferencia entre ayer y hoy es estructural: antes había propaganda abierta; ahora hay influencia sistémica. Antes se compraban medios; hoy se compran trayectorias. Antes había censura; ahora incentivos. Antes una oficina central; ahora una red global.
Desde esta perspectiva, Washington invierte en el control narrativo por razones claras: seguridad geopolítica, estabilidad económica, contención ideológica y dominio digital. México es frontera, socio comercial y corredor migratorio. La estabilidad informativa forma parte de la seguridad nacional estadounidense.
Al mismo tiempo, tratados, inversiones, cadenas productivas y proyectos energéticos requieren climas informativos favorables. La narrativa es infraestructura invisible del mercado. Además, desde la Guerra Fría hasta hoy, el objetivo ha sido contener nacionalismos radicales, proyectos soberanistas, alianzas extrahemisféricas y discursos antihegemónicos.
En la era digital, influir algoritmos, narrativas virales e influencers es tan importante como antes lo fue controlar rotativas y estaciones de radio.
Lo que Ortiz Garza documentó en su libro como el laboratorio inicial se convirtió en un sistema tecnificado, globalizado y legitimado. Ya no se presenta como propaganda porque se le disfraza de “cooperación”. Ya no se impone como censura, más bien se configura como dependencia.
En síntesis, Estados Unidos no controla hoy la prensa mexicana mediante órdenes ni amenazas. La domina mediante financiamiento, formación, redes, prestigio, trayectorias y validación internacional. Se trata de un poder más estable, más profundo y más difícil de desmontar. No domina la palabra: domina el sistema que produce la narrativa.
Evidentemente, como en los años cuarenta, México sigue siendo un territorio estratégico. La diferencia es que ahora la guerra no se libra en editoriales firmadas, sino en presupuestos, algoritmos, becas, convenios y reputaciones. Porque, en última instancia, no se controla lo que se dice. Se controla el entorno en el que se aprende a decirlo y se construyen narrativas.
