Sinaloa: Morena frente a la crisis y el espejo 2027

Alvaro Aragón Ayala

Sinaloa llegó a un punto de quiebre y la realidad comienza a poner a prueba al poder. La crisis que enfrenta Morena no es solamente electoral. Es un problema de seguridad, economía, legitimidad, representación y narrativa. De la manera en que se atienda dependerá si el partido logra transformar el desgaste en una renovación o si termina enfrentando un colapso político en 2027.

El error sería analizar cada problema por separado. La violencia afecta a la economía; la economía golpea a las familias; el deterioro económico alimenta el descontento y ese descontento termina convirtiéndose en un problema político. Las cifras de empleo perdido y el crecimiento de la informalidad dejan de ser simples estadísticas cuando un comerciante cierra su negocio, una familia pierde ingresos o un ciudadano modifica sus hábitos por miedo.

Por eso, la percepción de seguridad ya no depende únicamente de los informes oficiales. El ciudadano evalúa al gobierno desde su propia experiencia: si puede abrir su negocio, transitar por las calles, trabajar, invertir y regresar a su casa con tranquilidad. El centro del debate, entonces, ya no está solamente en la figura del exgobernador Rubén Rocha Moya. Los ciudadanos quieren saber si el Estado tiene o no la capacidad de garantizar el orden y ejercer plenamente su autoridad.

En este escenario debe entenderse la designación de Imelda Castro como coordinadora estatal de Morena. Su llegada puede leerse como un intento de contener el desgaste y abrir una nueva etapa dentro del partido. Su principal ventaja es que su trayectoria política le permite presentarse con cierta distancia respecto del círculo más cuestionado del rochismo y establecer interlocución con sectores que hoy demandan respuestas.

Pero Imelda Castro enfrenta una contradicción. Puede representar una renovación dentro de Morena, pero también forma parte de la historia y de la estructura política del propio movimiento. La oposición intentará utilizar esa dualidad para sostener que el problema no fue solamente una persona, sino todo un sistema de decisiones que permitió llegar a la situación actual.

Entonces, el verdadero deslinde-ruptura no se demostrará con discursos. Tendrá que verse en las decisiones. Morena necesitará modificar formas de gobernar, recuperar la relación con los empresarios, reconstruir la confianza ciudadana y, sobre todo, ofrecer resultados concretos en materia de seguridad. La renovación tendrá que ser visible y medible.

En paralelo, la administración interina encabezada por Graciela Domínguez tendrá un papel determinante. Si consigue resultados en el corto plazo, mejorar la gestión y transmitir una sensación de estabilidad, puede convertirse en un factor importante para que Morena recupere confianza. Pero si el gobierno interino es percibido como una continuación de los mismos problemas, la oposición tendrá un argumento poderoso: que el desgaste no era responsabilidad de un solo gobernante, sino de un modelo de gobierno agotado.

El manejo de las figuras de Rubén Rocha e Enrique Inzunza tampoco admite soluciones electorales o decisiones tomadas por presión política. Convertir la justicia en moneda de cambio sería un grave error. Lo mismo ocurriría si se fabricaran procesos para satisfacer a determinados grupos. La salida institucional es otra: investigaciones serias, independencia, debido proceso y presunción de inocencia.

La separación que marcó la presidenta Claudia Sheinbaum respecto de los problemas políticos de Sinaloa puede convertirse en un elemento importante para el futuro de Morena. El partido necesitará demostrar que la ley puede aplicarse dentro de sus propias filas con el mismo rigor que fuera de ellas. De lo contrario, cualquier discurso de renovación terminará chocando con la percepción de impunidad o protección política.

De cara a 2027, otro factor será decisivo: la capacidad de la oposición para dejar atrás sus divisiones. El PRI, por sí solo, difícilmente representa una amenaza suficiente para Morena. Pero el escenario cambiaría si consigue construir una alianza efectiva con el PAN y Movimiento Ciudadano. En ese caso, la elección podría dejar de ser una contienda fragmentada y convertirse en una disputa directa entre Morena y un bloque opositor capaz de concentrar el voto de castigo.

Pero existe un tercer actor que puede resultar determinante: el ciudadano que todavía no decide si votará y por quién. La abstención puede convertirse en el territorio electoral más importante. Muchos ciudadanos desencantados no necesariamente se inclinarán por la oposición; simplemente pueden decidir no participar. Para movilizarlos, cualquier partido tendrá que ofrecer algo más que rechazo al adversario: tendrá que presentar una alternativa creíble de futuro.

El problema de Morena, por tanto, no se resolverá únicamente con cambios de nombres. Tampoco la oposición ganará simplemente acumulando el malestar social. Una elección se gana cuando existe una organización capaz de convertir el descontento en votos y, al mismo tiempo, una propuesta capaz de convencer a quienes todavía no tienen una decisión tomada.

La elección de 2027 no se definirá entonces solamente por el desgaste del pasado ni por la capacidad de la oposición para capitalizar el descontento, sino por los resultados, por la recuperación de la seguridad, por la capacidad de reconstruir la economía y, sobre todo, por la confianza que cada fuerza política sea capaz de recuperar.

Sinaloa está entrando en una nueva etapa. Morena tendrá que demostrar que puede renovarse sin negarse a sí mismo; la oposición, que puede convertirse en una alternativa y no solamente en un vehículo del voto de castigo. Los ciudadanos no premiarán discursos ni castigarán nombres por sí mismos: premiarán o castigarán la capacidad de gobernar. Evaluarán un modelo de poder y decidirán si lo mantienen, lo corrigen o lo reemplazan.

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