Las vulneraciones sin tregua en tiempos mundialistas

Mario Patrón

La participación de México como anfitrión de la Copa Mundial de Futbol ha llegado a su fin. Durante más de tres semanas, nuestro país dispuso de esfuerzos institucionales para albergar en condiciones cuestionables la fiesta futbolística, que motivó alegrías entre mucha gente, pero que nunca supuso una tregua para miles y miles de víctimas de la violencia. 

Meses antes del inicio del evento, innumerables colectivos y organizaciones de la sociedad civil manifestaron su preocupación por las posibles vulneraciones a la libertad de expresión que se anticipaban, pues sobran antecedentes de gobiernos anfitriones de la Copa Mundial que han recurrido al levantamiento de cercos mediáticos para maquillar su imagen ante el exterior. En México, no sólo se minimizó el impacto de las múltiples manifestaciones efectuadas durante las últimas semanas, sino que hubo casos de directa confrontación, así como de graves violencias. 

En el tiempo transcurrido desde el inicio del Mundial, el 11 de junio, dos periodistas han sido asesinados. Roxana Berenice Guzmán Ramírez fue secuestrada y desaparecida desde el 2 de junio y se confirmó su asesinato el pasado 3 de julio. Asimismo, Luis Ángel López Valdés, quien fue asesinado durante la madrugada del 11 de junio. Ambos asesinatos fueron cometidos en el estado de Veracruz; con ellos suman ya tres asesinatos de periodistas en 2026 y 11 en lo que va del sexenio de Claudia Sheinbaum. En el mismo sentido, en las semanas recientes se registró el ataque al periodista Marcos Ramos en Chiapas, la amenaza al periodista Pedro Montaño en Guerrero, y la amenaza con acciones legales al medio Elefante Blanco en Tamaulipas, todo ello de acuerdo con reportes de organizaciones dedicadas a la libertad de expresión. 

Lo mismo ha ocurrido en materia de desaparición de personas. Numerosas manifestaciones se han llevado a cabo en las últimas semanas en el marco del Mundial de Futbol, durante el cual las familias buscadoras han exigido con enorme dignidad que quienes vuelvan a casa sean sus hijos, antes que la pelota, como dicta el lema mundialista del Gobierno de la Ciudad de México. Acciones como la marcha realizada la noche del 10 de junio en dirección al estadio Azteca, que enfrentó un numeroso cerco policial; las manifestaciones diversas que desde el 11 de junio se han presentado en distintos puntos de la Ciudad de México y otras urbes del país; las agresiones de la policía contra madres buscadoras en la calzada de Tlalpan el 30 de junio, cuando realizaban una movilización, o las movilizaciones en el Ángel de la Independencia y la Glorieta de las y los Desaparecidos el domingo pasado, son todas ellas expresiones de una agenda de resistencia que nunca se detuvo, sino que intentó ganar visibilidad internacional en el entorno del Mundial para llamar la atención sobre las carencias institucionales de un país incapaz de garantizar seguridad y justicia para sus ciudadanos. 

Desde el inicio de las actividades futbolísticas y hasta hoy, 547 personas han desaparecido y siguen sin ser localizadas, de las cuales 91 desaparecieron en la Ciudad de México. Además de los casos de desaparición, el 23 de junio fue asesinada en Guanajuato Patricia Negrete Tafoya, integrante del colectivo Una Promesa por Cumplir y quien buscaba a su hermana Laura Angélica, desaparecida desde el 5 de enero de 2021. Con su asesinato, suman ya 13 agresiones letales contra familias buscadoras en Guanajuato –el estado más peligroso del país para la búsqueda de personas desaparecidas–, así como 44 agresiones letales a nivel nacional, de las cuales 36 son homicidios y ocho desapariciones. 

Es cierto que la Copa Mundial de Futbol trajo a México una oportunidad para la celebración y catarsis colectiva, así como un pretexto de reintegración en medio de un clima de polarización política y social. Esta virtud, sin embargo, no debería traer consigo el ocultamiento de las injusticias que padece nuestro país, ni de los rostros de las miles de víctimas que día con día engrosan el intolerable cúmulo que revela la debilidad estructural de nuestras instituciones y las omisiones sistemáticas de gobiernos que han permitido la escandalosa regresión en materia de calidad democrática y garantía de derechos humanos que desde hace dos décadas padece nuestro país. 

Ahora que la competencia deportiva está próxima a su fin, y que México ha culminado su participación como anfitrión, no podemos dejar de mirar la continuidad de las violencias y vulneraciones a derechos humanos ocurridas en las semanas recientes y que siempre debieran ser el centro de nuestra preocupación como gobierno y ciudadanía. Ojalá que las alegrías de la fiesta mundialista puedan capitalizarse como combustible para la reivindicación de las causas de la justicia, para evitar que se siga negando una realidad ominosa que no deja de herir a México a todo lo largo y ancho de su territorio.

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