Inflación a la baja, país en pausa

No es que la vida se abarate: es que cada vez menos gente puede pagarla.

José M. Armenta Vargas

Se informa desde el INEGI que en la primera quincena de junio la inflación bajó 3.55% anual, lo que está por debajo de los 3.72% que los analistas calculaban. Según el discurso oficial, los precios están bajo control, el bolsillo de las familias respira y las políticas económicas están funcionando. Aunque para el discurso funciona, lo cierto es que la inflación no siempre baja por razones favorables.

Detrás del índice de inflación hay otra cifra nada digna de celebrar. Durante el primer trimestre de 2026, la economía mexicana se contrajo 0.6 %; en lugar de crecer, se encogió y lo que se espera para el resto del año es que siga reduciendo. El Banco de México recortó su expectativa de crecimiento para 2026 a 1.1% y BBVA la bajó a 1.2%, casi la mitad de lo que ambos esperaban hace unos meses. La economía no es estable y se está desacelerando.

Por un lado, el discurso oficial: los precios pueden bajar por diversas razones. Los precios pueden bajar porque se produce de manera más eficiente, porque hay más competencia en el mercado o porque la economía se vuelve más eficiente; esa podría considerarse una inflación buena, que acompaña a un país en crecimiento. O puede que baje la inflación porque la gente deja de comprar al no alcanzarle para adquirir cosas o porque tiene miedo de gastar, siendo este el motivo que debería preocuparnos. 

La propia gobernadora del Banco de México, Victoria Rodríguez Ceja, ha reconocido que “la debilidad de la demanda interna ha ayudado a contener las presiones inflacionarias”. Más simple aún, los precios no pueden subir porque no se está consumiendo.

Cuando las familias empiezan a recortar el mandado, a cambiar la carne por huevo o frijoles, o a ponerle lo del día de gasolina al carro, los precios dejan de subir. No porque las cosas se estén volviendo baratas, sino porque hay menos gente que puede comprarlas. El alivio que se observa en el mercado es la señal de que el dinero ya no rinde y la gente teme un futuro incierto y prefiere prepararse. Lo que se presume un gran logro en los hogares se siente como una obligación de prudencia.

Cuando llega esa baja capacidad de consumo, no llega sola; viene acompañada de una caída de la inversión. En el último trimestre de 2024 y en el de 2025, la inversión fija bruta pasó de representar el 24.4% del PIB al 22.9%. En un año, la inversión fija se contrajo un 6.3%, la peor caída desde la pandemia. La menor inversión implica menos empresas nuevas, menos máquinas para incrementar la producción de productos, menos empleos formales y menos crecimiento futuro. La inflación que baja en una economía con poca inversión, no es señal de una economía saludable; es como un coche que deja de acelerar no porque se quiera ir despacio sino porque se queda sin gasolina.

Es verdad que la inflación bajó; también es cierto que seguirá bajando y que probablemente el Banco de México llegue a la meta esperada de 3% para el 2027, pero llegar a esa meta a costa de tener a la gente sin poder gastar porque no puede no es un triunfo de políticas económicas; es lo que pasa cuando una economía se está quedando sin gasolina. Una cosa es poder controlar los precios mientras se generan empleos y producción, y otra muy distinta es que los precios bajen porque a la gente ya no le alcanza para pagarlos.

Tener estabilidad de precios solo es benéfico cuando viene acompañada de crecimiento, empleo y familias que puedan planificar a futuro. Sin esto, lo que se tiene es un estancamiento disfrazado de control mediante políticas económicas. Una economía que frena sus precios porque se está frenando en su totalidad, no genera tranquilidad; se come las opciones para un futuro más próspero.

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