EL ASALTO A LA TUMBA DE CARLOS MONSIVÁIS

Alvaro Aragón Ayala

La infamia descubrió su método más redituable: si la historia real resulta incómoda o inalcanzable, inventar un libreto de alcoba. La reciente publicación en El Universal de una supuesta entrevista con Carlos Monsiváis, periodista, cronista y escritor, es el síntoma de una época donde el chisme de lavadero suplanta al debate de las ideas. El periodismo que alguna vez aspiró a registrar la verdad, hoy se conforma con fabricar ficciones baratas para consumo de la desesperación política.

​Desde una perspectiva estrictamente ética, el primer gran crimen de este pasquín es la vulneración del principio de alteridad y el respeto a la memoria de los muertos. Imputar declaraciones de alcoba a un hombre que lleva años bajo tierra no es audacia, es cobardía ontológica. Monsiváis, el intelectual que hizo de la discreción un templo y de la ironía su escudo, es instrumentalizado hoy por quienes, en vida, jamás pudieron rebatirle un solo argumento. Se asalta su tumba para robarle la voz, cometiendo un fraude moral que anula la dignidad del ausente para herir la reputación del presente.

​Filosóficamente, el texto tropieza con su propia torpeza cronológica, desnudando que en la era de la posverdad la coherencia fáctica importa menos que el morbo colectivo. Pretender que Andrés Manuel López Obrador habitó la mítica casa de San Simón en 1972 -cuando los mapas de la militancia y la supervivencia estudiantil lo ubicaban en la Casa del Estudiante Tabasqueño- es un anacronismo demencial. No es solo un error de fechas; es el desprecio absoluto por la verdad histórica como categoría filosófica, sustituyendo el dato duro por la fantasía melodramática.

​La saña con la que se pretende cruzar la frontera de lo privado para convertir la cercanía política en una “relación amatoria” no busca la liberación sexual, sino la descalificación moralina. Vivimos en la paradoja de una derecha que se pretende moderna pero que recurre al prejuicio más rancio y homofóbico como arma de destrucción masiva. Lo que les indigna no es la supuesta intimidad; lo que les aterra es la complicidad intelectual de dos figuras que, desde sus respectivas trincheras -la de la crónica civil y la de la movilización de masas-, fracturaron el viejo régimen que esos mismos medios añoran.

​Monsiváis y López Obrador se conocieron en el asfalto, no en el dormitorio; su alianza se selló en 1992, bajo el sol del Éxodo por la Democracia, cuando la disidencia caminaba las carreteras de Tabasco a la capital. Unir sus nombres mediante el infundio es no entender la naturaleza del intelectual público ni la del dirigente popular. Su relación fue un ejercicio de tensión dialéctica: el cronista que desconfiaba del poder absoluto y el político que construía una hegemonía. Reducir esa confluencia de la historia nacional a un libreto de folletín es una bajeza que la inteligencia colectiva no puede permitirse.

​Este burdo montaje no sacude al Palacio Nacional; retrata la bancarrota moral de sus autores. La oposición y sus altavoces mediáticos renuncian así a la crítica económica, a la alternativa social y al debate de los proyectos de nación para refugiarse en el invento de sábanas ficticias, firmando su acta de defunción intelectual. La presidenta Claudia Sheinbaum tuvo razón en su diagnóstico: es la podredumbre de quienes, al no poder ganarle a la historia en las urnas, intentan ensuciarla en las imprentas. La verdad histórica no se disuelve con tinta de mala fe.

Share

You may also like...