LA MISERIA DE LOS ESTÁTICOS Y PERVERSOS

Wilfrido Ibarra Escobar

​Hay quienes confunden el ejercicio periodístico con un tribunal de odios perpetuos. Para el dogmático, para el espíritu empeñado en la estridencia estéril, la realidad debe ser una foto fija; si el mundo se mueve, si los conflictos se resuelven y si los actores políticos evolucionan, el inquisidor sufre una parálisis cerebral. No soporta la luz de la concordia porque él solo sabe habitar y facturar en el fango de la confrontación permanente.

​Recientemente, un personajillo local —de esos que confunden la bilis con el análisis y erigen su amnesia selectiva como brújula moral— ha intentado lincharme mediáticamente. Su “gran acusación”, lanzada con la desesperación de quien ve perder su relevancia, es que yo, en lo personal, reconozca el viraje, la madurez y la reconciliación del gobernador Rubén Rocha Moya con la autonomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Para su mente bidimensional, el hecho de que una crisis encuentre una solución pacífica y respetuosa no es un triunfo de la política, sino un “crimen” de incongruencia.

​Habría que sugerirle a este detractor un par de lecturas básicas, aunque dudo que su intelecto resista el esfuerzo. Desde Heráclito hasta Hegel, la filosofía nos ha enseñado que el cambio es la única constante y que la evolución de los conflictos es la máxima expresión de la inteligencia humana.

​El conflicto no se perpetúa para siempre; se supera a través de una síntesis. Cuando defendí con fiereza y agresividad la autonomía universitaria ante los embates iniciales del Ejecutivo, lo hice por principio, no por deporte. Cuando el gobernador Rocha Moya rectificó, mostró una nueva actitud de respeto y tendió puentes de reconciliación legítima, lo correcto —lo honesto— era reconocerlo.

​Solo los necios y los mercenarios del conflicto necesitan que el incendio dure para siempre para poder seguir vendiendo agua. El verdadero periodismo registra los hechos, no los caprichos de un espectador resentido. Negar el cambio de perfil de un gobernante cuando este actúa en beneficio de la paz institucional no es ” firmeza”, es ceguera voluntaria; es padecer una miseria humana que prefiere ver arder la universidad con tal de tener una nota estridente al día siguiente.

​Resulta sumamente ridículo, casi patético, que quien hoy me acusa de cambiar de postura “según las croquetas” —utilizando ese léxico tan burdo que delata sus propias fijaciones— sea el mismo que calibra sus odios y amores según sople el viento de sus intereses. El león cree que todos son de su condición. Quien está acostumbrado a ser devorado por su propia locura, es incapaz de concebir que un periodista actúe por estricta convicción intelectual y equilibrio informativo.

​Intentar juzgar la reconciliación institucional bajo la óptica del sometimiento es el reflejo de su propia limitación. El detractor se ha quedado atrapado en el pasado, atrapado en un video, rumiando un rencor que ya no le es útil a nadie, ni siquiera a él mismo. No es un crimen reconocer que la universidad avanza y el Estado encuentra canales de respeto mutuo, mientras él se queda gritando solo, convertido en una caricatura de sí mismo: el profeta del caos que se quedó sin apocalipsis.

​Al final de este día y los que están por venir, las descalificaciones y las calumnias se caen por su propio peso filosófico: “la realidad siempre aplasta al dogma”. El problema resuelto y la autonomía respetada son hechos duros e irrefutables. Ante eso, los insultos de mi acusador no son más que el eco vacío de quien no tiene argumentos para debatir el presente.

​Le deseo una pronta recuperación de su miopía intelectual.

Estoy seguro de que él continúa atrapado en su bucle de bilis, y que yo  seguire registrando la historia con la madurez que el oficio exige: criticando cuando es necesario y reconociendo los acuerdos cuando estos construyen el bien común. Lo demás, es simple miseria humana de consumo interno. Es coproperiodismo.

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