Cuba, bombas o médicos

Luis Hernández Navarro

En su primera estrofa, la canción del rapero argentino Daniel Devita, en solidaridad con los médicos cubanos, dice: “Sanar o provocar heridas/ Salvar o arrebatar las vidas./Ganar por ser el que más cuida/o matar, ser el campeón homicida”. Participante en la primera línea de combate por dar salud a su pueblo en pleno recrudecimiento del bloqueo económico, la doctora Mariuska Forteza Sáez es una de las galenas que merecen el reconocimiento de este himno.

Madre de dos hijos, Mariuska es la jefa del servicio de oncopediatría del Instituto Nacional de Oncología de La Habana. 

Allí llegan los casos más difíciles de entre 350 y 400 niños y adolescentes afectados cada año por el mal. En la isla hay mil 400 pequeños con esa enfermedad. Cada día, ella batalla para curarlos y atenderlos, dando lo mejor sí misma.

Es casi una especialista en hacer milagros, aunque diga que no los hace. 

“Los médicos –advierte– no hacemos milagros. Se necesita una infraestructura, recursos, medicinas, combustible. Voluntad existe, también conocimientos y personas dispuestas, pese a todo”.

A las dificultades de tratar un padecimiento tan difícil en una población tan sensible, hay que añadirle la escasez, falta de insumos sanitarios y carencia de repuestos del equipo médico provocados por la nueva vuelta de tuerca del bloqueo estadunidense. “Donde quiera que vayas a poner la mirada –nos dice en el hospital– vas a ver que hay una complicación extra a la que ya teníamos. Pero, a pesar de todas esas complejidades, todos los pacientes reciben su atención especializada”.

“Todo nuestro empeño –explica en sus redes sociales– se centra en brindar una atención especializada para lograr control de la enfermedad, y tenemos los conocimientos y la voluntad para ello; pero cada día es más difícil”.

A la doctora Forteza –como al resto de sus colegas– le duele enormemente el descenso de la supervivencia de sus niños. “No son cifras de producción de algo material o de cualquier otra índole –escribe–; son seres humanos, niños que no pudieron disfrutar de la vida; los perdimos, pudiéndolo evitar. Duele”.

Y, a pesar de toda su experiencia, no sabe bien a bien cómo explicarles esto a las madres, que la miran directamente a los ojos, que reciben cada palabra llevándola hasta lo más profundo de su alma.

Pero, a unos cuantos kilómetros de distancia de allí, un imperio sostiene que Mariuska y los miles de médicos y personal sanitario cubanos, así como los científicos capaces de producir las más sorprendentes vacunas y medicamentos para derrotar al mal, que forman el ejército de batas blancas que batalla para procurar la salud de millones de personas, son una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Y hace todo lo posible para que esos niños con cáncer, y muchos otros enfermos más, no sanen.

Ese mismo imperio quiere estrangular experiencias como la de la Escuela Latinoamericana de Medicina (Elam), una de las criaturas educativas y sanitarias de Fidel Castro. Se fundó en 1999. 

Forma parte del Programa Integral de Salud, que se desarrolló desde octubre de 1998 para atender los desastres naturales causados por los huracanes Mitch Georges, que afectaron a países centroamericanos y caribeños. En ella se entremezclan dos grandes cruzadas de la revolución cubana: la pedagógica y la de salud.

En esta institución educativa, ubicada en las antiguas instalaciones de la Academia Naval Granma, cedidas por el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, se han formado 31 mil profesionales de la salud de 105 países, todos extranjeros. Sus estudiantes provienen de naciones latinoamericanas, caribeñas, de Estados Unidos, África, Asia y Oceanía. Pertenecen a más de 100 grupos étnicos y decenas de religiones. Su objetivo es formar gratuitamente como médicos a jóvenes de otras latitudes. En su mayoría, los alumnos son parte de familias de bajos recursos y de lugares apartados. Visitar la Elan es como llegar a una sucursal de Naciones Unidas. Se escuchan todo tipo de idiomas. 

Una egresada mexicana de la escuela, recuerda: “En clase hablábamos mucho de nuestros países. En mi aula compartíamos, si no mal recuerdo, las siguientes procedencias: Ecuador, Bolivia, Surinam, Guyana, Mongolia, Tanzania, Palestina, El Salvador, Jamaica, República Dominicana, México, Guatemala, y San Vicente.

Hablábamos a manera de anécdotas y de análisis. Alguien platicaba su situación y se iba desglosando naturalmente; con el medio ambiente, con el servicio de salud, con la situación política, con los movimientos sociales, con los índices de desarrollo humano. Todo para formar parte de la salud y después parte del proceso de salud-enfermedad. Nunca se nos exigió nada, solamente se nos recordaba: lo único que les pedimos es que vuelvan a sus países y que, tal vez, no le cobren lo mismo al pobre que al rico”.

Y añade: “Una de las noches en que más nos comprendimos los estudiantes fue cuando murió Nelson Mandela.

En ese instante corrieron a la Junta Estudiantil queriendo participar y organizar actividades. Después de unas horas de planificación, volví a mi cuarto para estudiar un poco y en el camino atravesé su albergue. Unos metros antes de llegar, escuché gritos al unísono ininteligibles. Cuando llegué al pie de las escaleras, vi a cientos de muchachos corriendo, subiendo y bajando, en una especie de marcha energética, cantando a Mandela. Entonces comprendí lo que hasta entonces había solamente leído: lo que Mandela significaba en la vida de cada uno de mis compañeros y la manera en que habitaba cada uno de sus corazones”. 

Muchos de los médicos graduados regresan a sus lugares de origen para brindar servicios en áreas con escasez de profesionales médicos.

¿Qué peligro representa para Washington una escuela de medicina ejemplar, con muy alto nivel educativo, en la que se han formado incluso ciudadanos estadunidenses? ¿Acaso querer vestir de blanco la vida es una amenaza contra el imperio? Salvar o arrebatar las vidas, he allí el dilema. 

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