Sinaloa: Donald Trump y la estrategia del caos para el 2027
Alvaro Aragón Ayala
El llamado “Caso Rocha” dejó de ser un asunto jurídico en el instante en que cruzó la frontera. Hoy es una pieza de artillería pesada en una disputa que se juega en Washington, pero que apunta al corazón de México. Quien no lo entienda así está leyendo el tablero equivocado. “Todo el arte de la guerra se basa en el engaño”, sentenciaba Sun Tzu, y aquí el engaño es hacer creer que es un caso de justicia cuando, en realidad, se busca el control del proceso electoral del 2027.
Donald Trump no criminaliza al gobernador Rubén Rocha Moya por azar. En el ajedrez maquiavélico, para herir al soberano no siempre se le ataca de frente; se golpea a lo que más aprecia o a quien más lealtad le profesa. Al señalar a Rocha, el objetivo real es la línea de flotación de la Cuarta Transformación. Trump sabe que Rocha es el “hermano” del expresidente Andrés Manuel López Obrador, un bastión de confianza. Al fustigar al gobernador de Sinaloa, se busca fracturar la narrativa de pureza de Morena y al proyecto de transformación del país y, de paso, enviar un mensaje de control desde la Casa Blanca: “Golpea al pastor y las ovejas se dispersarán”.
La intención es dominar y regular el proceso electoral de 2027 antes de que empiece. Washington ha diseñado una maquinaria de injerencia donde la acusación es el arma y la sentencia un trámite irrelevante. Como bien diría Maquiavelo, el príncipe debe ser temido, y hoy Estados Unidos usa sus expedientes como el látigo para disciplinar a la clase política mexicana.
“Si tus fuerzas son diez veces superiores a las del adversario, rodéalo; si son cinco veces superiores, atácalo”.
Bajo esta lógica, la presión externa no necesita pruebas, únicamente requiere desgaste. En Sinaloa, el sistema es centralizado; el gobernador es el eje. Si el eje vibra, el sistema colapsa. La narrativa negativa no busca la verdad, busca instalar la sospecha. Para el electorado “investigación” se convierte en sinónimo de “culpabilidad”, y esa mancha de aceite se extiende a alcaldes, diputados y aspirantes.
En el escenario del caos aparece la paradoja más peligrosa. Mientras desde Estados Unidos se construye el asedio, algunos grupos internos creen que el debilitamiento de Rubén Rocha les abre una rendija de oportunidad. Craso error. Sun Tzu advertía: “La mayor victoria es la que se gana sin combatir”, y si Morena permite que su eje rector se rompa por ambiciones externas y personales, la victoria será entregada en bandeja de plata a la injerencia extranjera.
A pesar del bombardeo mediático y las maniobras desde el Despacho Oval, hay un muro que la retórica electoral no ha podido derribar. En México, la política puede ser turbulenta y los intereses extranjeros pueden ser voraces, pero la estructura del Estado de Derecho permanece firme en un principio innegociable: la presunción de inocencia.
En tanto no existan sentencias dictadas por tribunales competentes y soberanos, las acusaciones no son más que ruido de sables. En esta guerra de percepciones, la defensa de la institucionalidad es la única respuesta estratégica posible. Si se permite que una narrativa externa dicte la justicia mexicana, se habrá perdido la soberanía antes de llegar a las urnas. En México, el derecho prevalece: nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
