El Fuerte: el Olimpo de las Vanidades

Alvaro Aragón Ayala

En El Fuerte, donde la historia se pasea con levita y las bugambilias son el telón de fondo de la nostalgia turística, surgió una nueva escuela de administración pública: la política del pómulo alto y la licitación del colágeno femenino. No es que la democracia haya cambiado de reglas; es que ahora se ilumina mejor. Aro de luz, por supuesto.

La escena podría musicalizarse con Cielito Lindo, porque “de la Sierra Morena, cielito lindo, vienen bajando…”, pero aquí no son ojitos negros de contrabando sino la fabricación de candidaturas femeninas de alto presupuesto, envueltas en una estética donde el voto se confunde con el filtro Valencia y la rendición de cuentas con el ángulo facial favorecedor.

No se niega —faltaba más— el derecho constitucional a la belleza. La República también se funda en el derecho a los ojazos. Sin embargo, en El Fuerte ese derecho mutó en método: la belleza como credencial, la simetría como currículum, el bisturí como estrategia territorial. Si antes se hablaba de capital político, ahora se cotiza el capital dérmico y el rostro viejo rejuvenecido.

Las oficinas públicas, antaño templos del tedio burocrático, fueron reconvertidas en sets de producción: la silla política no es para atender ciudadanos sino para encuadrar historias femeninas; el escritorio ya no acumula expedientes sino filtros. Donde había archivos, hay un penetrante aroma a spa, y donde había informes trimestrales, hay tutoriales de “cómo salir favorecida en la foto oficial sin que se note el presupuesto”.

La administración, dicen, exige precisión. Y vaya que la hay: precisión milimétrica en la línea mandibular, en el arco de la ceja, en la calendarización de retoques. La obra pública, en cambio, se queda esperando turno en la sala de espera de la clínica: “regrese en quince días, estamos en mantenimiento facial”.

El cabildo ya deviene en pasarela, y la entrega de apoyos en performance. El “lipotransfer” reluce con más entusiasmo que el programa de drenaje, y la sesión solemne adquiere la solemnidad de un backstage. La ciudadanía pregunta por el agua potable y el drenaje; la respuesta llega en formato sonrisa HD.

Y sin embargo, la crónica —que no perdona— advierte que no es la vanidad femenina el problema, sino su elevación a política pública. Porque la vanidad, en su versión doméstica, es un derecho; en su versión institucional, es una partida presupuestal. Y ahí, el maquillaje deja de ser cosmético para convertirse en narrativa de gobierno y en promoción de campaña anticipada.

Los varones del entorno,  hipnotizados por la estética, practican una devoción que ya quisieran los manuales de civismo: asienten, orbitan, financian. El poder, que antes seducía por su capacidad de resolver, ahora lo hace por su capacidad de deslumbrar. Se gobierna con pestañas kilométricas y labios besucones y todo se decide con iluminación de estudio.

Quienes ya ocuparon el cargo y no dejaron más huella que el eco del tacón en los pasillos, han regresado con la promesa de una segunda temporada: “ahora sí, con mejor producción”. Es la política del relanzamiento: si el contenido fue breve, que el empaque sea inolvidable. La eternidad, en estos casos, se administra en sesiones de 45 minutos con anestesia local.

¿Y el pueblo? El pueblo mira, comenta, aplaude, murmura o se resigna, como en todo espectáculo bien montado. Aquí la política no se abandona: se estiliza. Se habla menos de planes de desarrollo y más de planes de tratamiento facial. Y la juventud —ese bien público tan esquivo— se busca no en la educación o la salud, sino en la factura del consultorio del cirujano plástico.

Quede constancia: nadie discute el derecho a participar por unos ojos lindos —la democracia también se construye con metáforas—. Lo que inquieta es cuando esos ojos sustituyen al programa, cuando la curva desplaza al argumento y cuando el presupuesto, ese viejo y áspero protagonista, se vuelve utilería de un relato donde gobernar es, ante todo, salir bien en el Facebook.

En El Fuerte, la pregunta  es si ahora si quieren gobernar o seguir posando —eso sería simplificar—, y saber cuánto del gobierno cabe en la pose y cuánto de la pose termina gobernando. Si la política es el arte de lo posible, aquí lo posible se mide en mililitros, y la eternidad —si llega— vendrá con cita previa. Que viva, pues, la cirugía plástica.

Share

You may also like...