Sacerdote que es diablo

Juan Manuel Partida Valdez

La columna de hoy puede parecer un guion de tragicomedia pero resulta una más de esas tristes realidades en nuestro México lleno de absurdos.

Tras ser sacado casi a patadas de la iglesia de la colonia López Mateos en Mazatlán, el padre Antonio Aguayo González llegó hace seis años a Concordia, cumplidos ayer lunes, y en este municipio serrano cada vez lo soportan menos.

Lo que a continuación comentamos es sólo una parte de las tropelías cometidas por don Antonio.
Desde hace sesenta años se celebraba en Concordia un viacrucis en vivo, que suspendió por sus puras pistolas porque “eso nada más sirve para que las mujeres se exhiban en shorts cortos y los hombres con camisas untadas y lentes oscuros”.

El bautisterio con más de cien años de antigüedad fue eliminado, y en ese lugar mandó hacer unas criptas que vende como jugoso negocio.

También con un siglo de historia, el púlpito de la iglesia fue enviado a un museo donde terminó destruido.

Al altar le hizo modificaciones “modernas” que para nada van con el entorno de un templo católico.
Quitó estatuas e imágenes religiosas, y no son pocos los que temen que muy pronto se le ocurrirá enjarrar todo o casi todo el interior de la iglesia.

Lo que resulta colmo inconcebible es su atrevimiento de quitar la estatua del santo patrono de la iglesia, San Sebastián, que tras algo así como ochenta años según el padre Antonio fue restaurada pero en realidad fue arrumbada y cambiada por otra que ha sido muy criticada por la comunidad.

Es costumbre del sacerdote ofender a las mujeres por usar pantalones ajustados, blusas sin mangas o faldas “cortas”.

A las mujeres que asisten a misa o a casarse con vestimentas que considera “inapropiadas”, casi las excomulga pero de los insultos nadie se escapa, no solamente el día que sucede sino los siguientes, uno tras otro: en la misa de ayer, o de antier… “las damas parecían prostitutas”.

Para quienes todavía no creen en los milagros, el misógino se ha salvado de ser vapuleado físicamente por padres o maridos ofendidos que se cansaron de soportar tantos insultos contra sus hijas o esposas.
Resulta difícil describir la crueldad de un representante de la iglesia que se negó a dar comunión a una niña con síndrome de Down, porque “no sabe ni entiende”.

Pueblo chico mitote grande, en la Villa de San Sebastián -así se conoce por muchos a Concordia- los problemas generados por Antonio Aguayo tienen a la gente al borde de la explosión.
Varias han sido las quejas ante el Obispo de Mazatlán tanto por el proceder muy ofensivo del clérigo como por la destrucción del patrimonio histórico de la iglesia, pero por lo visto ni la atención le han llamado.
De la misma manera, el Instituto Nacional de Antropología e Historia ha mostrado una enorme tibieza en el cumplimiento de sus obligaciones para proteger y preservar nuestra historia y arqueología.

Por lo visto hasta ahora, don Antonio seguirá haciendo lo que se le pegue la gana.

Con este tipo de cristianos, para qué necesita diablos Concordia.

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