No entiendo la inflación

“No entiendo la inflación. Dicen que ha sido de alrededor del 4%. Basta ir al súper para descubrir que las cosas han subido más de 4%”.

Jorge Alberto Gudiño Hernández

La queja es común y recurrente desde que tengo memoria. Me tocó vivir, de niño, cierto periodo de estabilidad que colapsó cuando las tasas de intereses llegaron a porcentajes absurdos. Supe de muchos que, teniendo dinero, lo duplicaron sólo en un año y que, más tarde, se quejaron de la baja porque ya no tendrían con qué vivir.

La queja, empero, no es ésa, sino otra más cotidiana, común y corriente: “las cosas están cada vez más caras”. Insisto, no es novedosa, pero eso no la vuelve más sencilla. Tan sólo quiere decir que llevamos décadas quejándonos de lo mismo porque eso mismo sigue sin mejorar.

Sin ser economista, entiendo que la inflación se refiere al porcentaje en que suben las cosas que consumimos, ya sean objetos o servicios. Basta leer a la prensa internacional para darnos cuenta de que hay países con inflaciones altísimas y otros con unas más o menos controladas. Mi problema radica con la comprensión del fenómeno en México.

Insisto, ya viví en una época con inflaciones imposibles. También me tocó la eliminación de los tres ceros a nuestra moneda, que no es otra cosa sino un mecanismo para ocultar cierta inflación. Así que no me espanto tan fácil. Sin embargo, los números que se reportan no corresponden a la realidad.

Conozco personas que, desde hace años, como parte de sus percepciones reciben vales de despensa. Sus dinámicas familiares no han cambiado de forma considerable. Sus ingresos han subido conforme a la inflación reportada y… evidentemente, cada vez les alcanzan para menos cosas dichos vales. Hay quienes hablan con nostalgia de carritos llenos o de ir al súper cada semana. Ahora sus tarjetas apenas alcanzan para una ida y no llenan el carrito.

Algo similar sucede con la gasolina (con la obviedad que significa ahora el incremento internacional de los precios del petróleo) y con las compras en el mercado o en la tiendita. Ir por una golosina, un tentempié o algo para entretener el hambre un rato se ha vuelto cuesta arriba. Y no es que uno se haya vuelto más antojadizo que antes.

Sigue el asunto de la ropa que, en los casos cercanos, tiene un incremento doble. Ya no sólo es el asunto inflacionario, sino que los hijos crecen y requieren más opciones. Son absurdos los precios que alcanzan ciertas marcas y también lo son los de otras mucho más normales.

La comparación se vuelve evidente: una misma prenda comprada en otro país llega a costar hasta la tercera parte de lo que cuesta en el nuestro. Y los índices inflacionarios son similares.

Así que no entiendo la inflación. De pronto dicen que ha sido de alrededor del cuatro por ciento en el año. Es el mismo porcentaje con el que suben ciertos sueldos. Y basta con ir al súper para descubrir que la mayoría de las cosas han subido más de ese cuatro por ciento. En la tiendita igual. Con la ropa los incrementos son mucho más altos. Hablar de la gasolina parece una necedad. Pensar ir a un restaurante, ordenar lo mismo que hace un año y esperar pagar sólo un cuatro por ciento más es de una ingenuidad apabullante.

Supongo que, más que entender, lo que se requiere es resistir. Llevamos décadas haciéndolo.

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