Exposición elitista de la mujer indígena en España, para el deleite de Quirino y el Rey Felipe VI
Alvaro Aragón Ayala
La nueva historia es iluminanda con vitrinas elegantes, con cédulas museográficas impecables y con un lenguaje cuidadosamente esterilizado. En el centro del espectáculo, en Madrid, España, el Rey Felipe VI y el embajador Quirino Ordaz Coppel se recrean con la exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena”, creada para el deleite de la élite española.
Quirino Ordaz envió de alla, por la vía digital, fotos a Sinaloa, en modo sarcástico –“para que vean donde ando pendejos” -. Ese mismo Quirino que en función de gobernador consolidó una estructura híbrida donde las instituciones del Estado, legalmente constituidas, convivieron o se fusionaron con el Cártel de Sinaloa.
El problema no es lo que muestra la exposición, sino lo que se decidió callar. Se levantó un altar a la mujer indígena prehispánica: creadora, dadora de vida, eje del equilibrio cósmico, portadora de saberes. Una figura poderosa, casi intocable. Y ese gesto -aparentemente reivindicador- escondió “congeló” a la mujer indígena en el pasado remoto para evitar hablar de su historia real bajo el dominio colonial.
Se va hacia atrás. Mucho más atrás de lo incómodo ya que si el recorrido avanzara unos siglos -apenas unos pasos fuera de la vitrina- la narrativa se desmoronaría. Tras la conquista, esa misma mujer no fue mitad del mundo. Fue reducida a fracción.
Insertada en el orden colonial de la Nueva España, la mujer indígena ocupó el fondo de la pirámide: indígena, pobre y mujer. Una triple condición de subordinación. No como símbolo, sino como cuerpo explotable. No como eje cultural, sino como fuerza de trabajo.
Ahí están los registros que la exposición decide no mirar de frente: mujeres incorporadas a sistemas de encomienda y repartimiento, obligadas a tributar trabajo; mano de obra en obrajes textiles, en condiciones que rozaban lo carcelario, servidumbre doméstica en casas españolas, sin derechos, sin movilidad y violencia sistemática, incluyendo explotación sexual en un sistema de castas que normalizó la desigualdad racial y de género.
No era cosmovisión. Era dominación. Pero esa parte no entró en la narrativa museográfica porque no es fotogénica, no se ilumina bien en vitrinas porque avergonzaría. La exposición cumple entonces su segunda misión al estetizar el pasado para neutralizar el conflicto.
Convierte a la mujer indígena en figura armónica y en pieza de contemplación. Y en ese proceso, la despoja de su historia concreta, de su dolor histórico, de su condición material. El visitante -ese visitante tipo, de clase alta, de consumo refinado -sale con una sensación de admiración por lo indígena y de reconocimiento simbólico, incluso, con una suerte de reconciliación histórica ficticia.
En el contexto de tensiones históricas entre México y España por el pasado colonial, este tipo de exposiciones funcionan como dispositivos de conciliación suave. Se reconoce la grandeza indígena -sí- pero se evita señalar con precisión el mecanismo de su sometimiento posterior.
Se honra el origen, para no incomodar el proceso. Se exalta la raíz para no discutir el despojo. El resultado es una narrativa que parece crítica, pero que en el fondo es profundamente conservadora: no altera nada, no cuestiona estructuras, no conecta con las desigualdades actuales que siguen afectando a las mujeres indígenas en México.
La mujer indígena no desapareció con la conquista, no es una figura de museo -aunque eso pregona el embajador mafioso Quirino Ordaz-. La mujer indígena sigue aquí, viva, en condiciones que, aunque distintas, arrastra las inercias coloniales: pobreza estructural, exclusión, violencia de género, marginación institucional.
Pero la exposición no establece ese puente, no lo necesita. Su objetivo no es incomodar, sino representar. Y representar bien para un público especifico. Es una exposición pensada en códigos de élite. Lenguaje curatorial, espacios institucionales, circuitos culturales cerrados. No dialoga con el pueblo indígena vivo. Dialoga sobre él, desde arriba, hacia un público que consume cultura como capital simbólico.
Así, el pasado indígena es convertido en experiencia estética, en memoria hueca. Se dice en la exposición que la mujer indígena era “la mitad del mundo”, pero se omite que, tras la conquista, fue colocada en el último peldaño del orden social.
No hay mentira directa. Hay selección. No hay falsificación. Hay encuadre. Al intentar borrar el conflicto, al suavizar la violencia, al omitir la explotación, lo que queda no es historia: es narrativa funcional. Una narrativa que tranquiliza conciencias, que reconcilia sin justicia, que reconoce sin reparar. Una narrativa demasiado cómoda para ser verdad completa.
