¿Día del Trabajo? De la consigna al derecho
Que el 1º de mayo no sea sólo para conmemorar textos en papel, sino para exigir y avanzar en el ejercicio de derechos en la realidad.
Rogelio Gómez Hermosillo
Durante gran parte del siglo XX, el 1º de mayo era sinónimo de desfile obligado. Miles de trabajadores llenaban el Zócalo mientras las dirigencias sindicales presumían mantas con “demandas” que a menudo terminaban en agradecimientos y “loas” al presidente. El “charrismo” sindical convertía la conmemoración en un acto de sumisión.
Hoy, el problema no es quién desfila, sino cómo hacer realidad lo que se conmemora. Porque si el 1º de mayo es el Día del Trabajo, tendríamos que preguntarnos: ¿qué trabajo? Y sobre todo: ¿dónde quedaron los derechos?
A nivel internacional, el 1º de mayo conmemora la exigencia de los derechos laborales. México fue pionero al consagrarlos en el artículo 123 de la Constitución, y en los años sesenta se incorporaron al marco de los derechos humanos mediante el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC). En el papel, estándares de vanguardia, en la realidad, su negación estructural.
He insistido antes —y los datos de frentealapobreza.mx lo confirman— que las condiciones laborales en México generan pobreza. Hoy quiero ser más enfático: esas condiciones constituyen una negación sistemática del derecho humano al trabajo para 60 millones de personas.
* 23.8 millones porque están excluidas de su derecho al trabajo.
* 36 millones porque tienen trabajos precarios: sin seguridad social, sin contrato, sin derechos. El llamado eufemísticamente “trabajo informal”.
La informalidad no es una “irregularidad” ni una estrategia de “evasión fiscal”. Es adaptación forzada ante la falta de trabajos de calidad. Son estrategias de sobrevivencia. Y el tamaño del fenómeno es demoledor:
* 30 millones (M) de trabajos informales, 99.9% carece de seguro social.
* 11.4 M, 88% del autoempleo y 26.1 M, 86% de quienes laboran en unidades económicas de 1 a 5 empleados, carecen de seguro social
Frente a esto, hay quienes aún ven el trabajo como una mercancía sujeta a la supuesta “mano invisible” del mercado. Es una aberración. Como bien señalan líderes empresariales que promueven el salario digno, quienes trabajan en las empresas son personas, no “cosas” ni “recursos humanos”.
Tampoco tengo una visión ingenua que ignore las realidades económicas. No se trata de decretar empleo por voluntarismo. Se trata de algo más complejo y fundamental: garantizar condiciones acordes con el derecho humano al trabajo, en cualquier contexto económico. En lo laboral también importa el “estado de derecho”.
La discusión actual sobre la recuperación del salario mínimo, las vacaciones o la jornada laboral se ha saturado de polarización política. Atribuirle al presidente los avances o los retrocesos es un reflejo condicionado que recuerda aquellas mantas de “Gracias, Sr. Presidente”, no un análisis serio.
Porque los datos son tercos, no ideológicos:
– Hace 20 años, el porcentaje de población ocupada respecto a la población en edad de trabajar era 58%. A finales de 2018 (antes del gobierno actual) era 58%. A finales de 2025 sigue siendo 58%.
– Es cierto que hay 6.1 millones de personas más ocupadas que en 2018. Pero también hay 10.6 millones más en edad de trabajar. La tasa no se mueve.
– La informalidad hace 20 años era 60%; en 2018, 56%; hoy, 55%. No hay cambio estructural, ni para bien ni para mal.
Esto no es un problema de un sexenio. Es un problema de diseño institucional y de concepción del trabajo.
Propongo tres líneas concretas para avanzar:
1. Mantener la recuperación responsable y gradual del salario mínimo general, con una meta y tope en el valor de 2.5 canastas básicas en 2030.
2. Aplicar con mayor firmeza las normas de la legitimación de contratos y elección democrática de dirigentes sindicales, para impulsar la negociación colectiva.
3. Desvincular el acceso a servicios de salud de la condición laboral y reducir gradualmente las cuotas “obrero patronales” que los financian, empezando por las micro empresas. Mientras la protección social dependa de un empleo formal, más de 20 millones de personas que trabajan en micro negocios y por cuenta propia quedarán fuera.
El 1º de mayo debería ser el día en que, como sociedad, recordemos que el trabajo no es un favor ni una mercancía: es la base de la dignidad. Y mientras casi 60 millones de personas vivan la exclusión y la precariedad como normalidad, el “Día del Trabajo” será sólo un nombre sin contenido.
Que el 1º de mayo no sea sólo para conmemorar textos en papel, sino para exigir y avanzar en el ejercicio de derechos en la realidad.
