Blindar el estadio, ignorar la ciudad
Alberto Guerrero Baena
Noventa y nueve mil trescientos ochenta y ocho efectivos.
Esa cifra, presentada con orgullo en el Plan Kukulkán para la Copa Mundial de Fútbol 2026, es la primera línea de defensa que el Estado mexicano exhibe ante el mundo. Guadalajara, Ciudad de México y Monterrey recibirán delegaciones de 48 selecciones, millones de aficionados internacionales y la mirada permanente de una comunidad global que ya sabe —porque los noticieros se lo han dicho— que México es un país con fracturas de seguridad profundas.
El documento de la Secretaría de la Defensa Nacional correspondiente a la sede tapatía muestra una arquitectura operativa impresionante en papel: fuerzas de tarea conjuntas, cinturones de seguridad concéntricos, defensa aérea multicapa, 24 aeronaves, 81 sistemas antidrones, 2,136 vehículos y equipos QBRN. La pregunta incómoda no es cuántos son.
Es si este andamiaje colosal está construido sobre los cimientos correctos o si, debajo de su aparente solidez, hay vacíos que ningún general mencionó en la presentación.
Lo que el mapa deliberadamente omite
El Plan Kukulkán describe con precisión los perímetros físicos del Estadio Akron, el Aeropuerto Miguel Hidalgo, los hoteles y la Academia AGA. Los cinturones concéntricos —Inmediata, Mediata, Lejana y de Refuerzo— reproducen modelos utilizados en Brasil 2014 y Qatar 2022.
Hasta ahí, el diseño es reconocible. El problema está en lo que el esquema deliberadamente silencia.
A la fecha de elaboración de este plan, varios de los países que disputarán sus partidos en suelo mexicano aún no han clasificado. Los repechajes pendientes significan que México no sabe con certeza qué comunidades de aficionados recibirá en cada sede.
Esto no es un detalle menor: los patrones de comportamiento colectivo, los antecedentes de incidentes en eventos masivos y los vínculos potenciales entre grupos de aficionados y estructuras delictivas de sus países de origen son variables que exigen inteligencia previa específica, no genérica.
Planificar la seguridad de un Mundial sin conocer todavía a todos sus actores es como diseñar un operativo quirúrgico sin haber completado el diagnóstico. El plan no menciona este vacío. Esa omisión, por sí sola, es una señal de alarma.
Las grietas del gigante
El plan contempla 17,625 efectivos para Guadalajara. Es una cifra robusta.
Sin embargo, los ejercicios de adiestramiento —”EMA Ollamani”, entre el 9 y el 19 de marzo— apenas capacitarán al 42% del personal total desplegado a nivel nacional antes del inicio del torneo. El 58% restante llegará al campo con instrucción estándar, sin formación especializada en control de masas multiculturales ni en protocolos de desescalada con aficionados internacionales de perfiles aún desconocidos.
El FIFA Crowd Safety Management exige personal certificado. México no ha reportado públicamente avance alguno en esa certificación conjunta con la FIFA. Ese silencio institucional es estruendoso.
La defensa aérea presenta una arquitectura técnicamente ambiciosa: tres subsectores concéntricos, interceptores F-5, coordinación permanente con el CENAVI.
Pero Qatar demostró con crudeza que la amenaza aérea crítica en un Mundial no proviene de aeronaves convencionales, sino de drones comerciales modificados operados desde zonas urbanas densas. Los 81 sistemas antidrones del plan son prometedores en teoría.
Su efectividad real en entornos saturados como el centro histórico de Guadalajara o la Ciudad de México —donde la densidad edilicia, el ruido electromagnético y la movilidad ciudadana crean condiciones de interferencia permanente— no ha sido validada públicamente bajo condiciones de estrés operativo real. Presentar un número sin respaldo de pruebas documentadas es, en el mejor de los casos, optimismo institucional. En el peor, propaganda.
Lo que debe hacerse
Tres ejes de política pública son urgentes e implementables antes del arranque del torneo.
Primero, activar de inmediato unidades de inteligencia social dedicadas al perfilamiento de comunidades de aficionados de cada selección clasificada y por clasificar, en coordinación con cancillerías, servicios de inteligencia extranjeros y federaciones participantes. Conocer los patrones de comportamiento de cada grupo antes de su llegada no es paranoia; es profesionalismo preventivo básico que Brasil aplicó en 2014 con resultados documentados.
Segundo, establecer corredores de descompresión urbana alrededor de cada sede: zonas con mediación cultural activa, puntos de atención multilingüe, presencia civil de proximidad y mecanismos de reporte ciudadano en tiempo real. La seguridad de un Mundial no termina en el portón del estadio; termina donde termina la ciudad.
Tercero, garantizar que el cien por ciento del personal de seguridad inmediata complete el módulo de control de masas culturalmente sensible antes del primer silbatazo. No es logísticamente imposible. Es una decisión política que hasta ahora nadie ha tomado con la urgencia que el calendario exige.
La apuesta que no admite empate
México tiene en sus manos la oportunidad histórica de redefinir su imagen ante el mundo. El Plan Kukulkán es voluminoso, técnicamente articulado y visualmente imponente.
Pero un plan de seguridad para un megaevento global no se mide por la cantidad de diapositivas ni por el peso de los blindados desplegados.
Se mide por su capacidad de anticipar lo que todavía no ha ocurrido y de responder con inteligencia a lo que ningún mapa predijo.
Kukulkán fue una serpiente emplumada que descendía del cielo con sabiduría y precisión. El plan lleva su nombre.
Por ahora, tiene la escala. Lo que aún le falta es la visión.
