Todo es mentira; los ataques contra Jesús Madueña “porque corrió a mis hijos de la UAS”: Juan Manuel Partida

Wilfrido Ibarra Escobar

​Vaya que la unidad en torno al Rector Jesús Madueña Molina despierta envidias y odios en el exterior del campus de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es vergonzoso observar cómo ante la total falta de argumentos jurídicos, administrativos y técnicos, los detractores por consigna de la institución recurren a la bajeza de inventar escenarios ficticios, tramas policíacas ridículas e historias de persecución que solo existen en la narrativa mediática interesada, buscando con ello desacreditarlo y erosionar su prestigio ante la sociedad sinaloense.

​La farsa de estos ataques ha quedado en evidencia tras la publicación de espacios como la columna Altoparlante, escrita por Juan Manuel Partida Valdez, donde confiesa abiertamente los verdaderos motivos que impulsan esta, su campaña, de difamación. No es el interés profesional, periodístico, ni la búsqueda de la verdad lo que mueve a este seudoperiodista; lo que realmente arrastra su pluma es el despecho, el rencor personal y un abierto afán de revancha debido a que la legalidad de la UAS afectó sus intereses particulares.

​En su texto, Partida revela sin pudor, con mucho descaro, el trasfondo de su encono al escribir textualmente: “Nunca le perdonaré a Madueña que sin razón haya corrido a mis hijos de la UAS… no cejaré en hacerle pagar por sus ataques contra mi persona y contra mi familia”. Detrás de la supuesta “defensa familiar”, la realidad institucional es otra: sus hijos causaron baja de la universidad simplemente porque sus señorías no asistían a trabajar, pretendiendo cobrar sin devengar un sueldo bajo la sombra protectora del apellido de su padre el Todopoderoso Periodista, un claro privilegio que la actual administración rectoral no estuvo dispuesta a tolerar.

​Al verse privado de esas prebendas para sus retoños, recurre a la criminalización burda y a la invención de delitos de una gravedad extrema para intentar dañar la honra del Rector. Sin una sola prueba, de manera irresponsable y con una violencia verbal inaudita, se atreve a lanzar epítetos injuriosos y acusaciones falsas al llamarlo de forma textual “narco rector rabioso”, “miserable, corrupto y hasta cómplice de asesinos”, además de inventar que la DEA lo investiga, en un intento desesperado por sembrar tramas policíacas ficticias en la opinión pública.

​Este ataque no se limita a la figura del Rector, sino que se extiende con saña hacia quienes defendemos con argumentos la legalidad de la institución. En su columna, Partida Valdez me insulta de forma directa por mantenerme en una línea de defensa firme y congruente con el proyecto universitario, refiriéndose a  mi persona con calificativos denigrantes como “el miserable Wilfrido Ibarra” y “la lewinsky de la UAS”, acusándome textualmente de ser un “pelafustan” y un “estafador y bandido del micrófono”.

​La tradición humanista que da identidad a nuestra Máxima Casa de Estudios ha sostenido durante siglos que el argumento se confronta exclusivamente con argumentos de igual o mayor peso. Cuando el debate abandona el terreno de las ideas y la legalidad para desplazarse hacia el agravio personal, la mentira fabricada y el insulto corriente, no solo se empobrece la deliberación pública, sino que se demuestra la total incapacidad de los detractores para vencer a la institución en los tribunales.

​Gobernar una institución de la magnitud de la UAS implica asumir el costo de limpiar las viejas inercias y privilegios malentendidos, colocándose deliberadamente en el centro de atención de la crítica más deleznable. Toda decisión verdaderamente trascendente genera de forma inevitable estas resistencias enconadas, pero la comunidad universitaria tiene perfectamente claro que el Rector no actúa por caprichos personales, sino bajo el mandato estricto de la normatividad y el Derecho Universitario.

​Quienes verdaderamente conocen la impecable trayectoria del doctor Jesús Madueña Molina saben que su liderazgo es el resultado de décadas de incansable trabajo académico y administrativa dentro de las filas de la propia institución. Su autoridad moral descansa en una vida construida en las aulas y en la gestión transparente de los recursos, resultados tangibles que han permitido mantener la estabilidad institucional y el crecimiento académico a pesar de los embates políticos externos.

​La historia enseña que las transformaciones profundas y la aplicación estricta de la ley rara vez son comprendidas por quienes se beneficiaban del influyentismo. Defender a la Universidad con el escudo de la dignidad y el derecho constituye una obligación moral irrenunciable; asumir esa responsabilidad con la frente en alto y protegiendo la honra institucional es el único camino digno, demostrando que el honor y el patrimonio de la UAS no se negocian ni se doblan ante chantajes mediáticos ni venganzas personales.

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