Asquerosamente ricos

Fabrizio Mejía Madrid

Cuando yo era niño, en los años setentas, se decía que México era un país de “contrastes”. El PRI asumía que la desigualdad en el país era casi una estampa folclórica, digna de venderla en Fonart o en un premio de fotoperiodismo. Luego, cuando empezó el neoliberalismo de la mano de Miguel de la Madrid, se empezó con la idea de que la riqueza de los ricos iba a salpicar, tarde o temprano, a los de abajo porque, si hay millonarios, ni modo que no inviertan, ¿verdad? Ya más hacia el periodo del PRIAN, con Vicente Fox, Calderón y Peña, la idea que nos trataban de vender era que había dos Méxicos, uno desarrollado y global y el otro atrasado y de subsistencia. Nada de esto es cierto. En realidad, no hay Méxicos paralelos sino uno, el de todos nosotros, que alimenta, sostiene, y hasta halaga al otro, el de los milmillonarios, como Slim, Larrea, Aramburuzabala. 

Un informe de Oxfam dado a conocer hace apenas unos días, aporta datos terroríficos sobre los asquerosamente ricos de México. Uno de los que más me escandalizó es que el sector privado invierte menos de 8 pesos de cada 100 que posee de vuelta en la economía mexicana. Esa idea de que tener muchos milmillonarios es bueno porque invierten de vuelta es completamente mentira. No invierten nada. Atesoran, gastan fuera del país, navegan en yates con bandera de Islas Caimán. Repito: menos de ocho pesos de cada 100 que los ricos ganan gracias a nuestro esfuerzo colectivo regresa a la economía en forma de inversión. Son rentistas, atenidos a sus fortunas heredadas, a sus conectes con el poder político y académico, y extorsionan al Estado cuando pone en riesgo así sean las migajas que se niegan a retribuirnos. 

Dice el informe de Oxfam: “La riqueza de los milmillonarios mexicanos proviene sobre todo de actividades empresariales en sectores poco o mal regulados, malas condiciones de trabajo para la mayoría de las personas trabajadoras, las dobles o triples jornadas de las mujeres por los cuidados no remunerados, el deterioro ambiental provocado por sus grandes empresas y la irresponsabilidad fiscal de los más ricos.” Apunta a un fenómeno mundial de concentración de la riqueza pero, que en el caso mexicano, se explica en buena medida por el neoliberalismo de compadres, cuates, y familiares que practicaron Salinas de Gortari, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. “Las fortunas mexicanas están estrechamente ligadas a las privatizaciones de los años ochenta y noventa del siglo pasado, así como a concesiones, licencias y permisos para explotar bienes públicos en sectores estratégicos, con frecuencia poco regulados. Como concesionarios, contratistas o propietarios controlan infraestructura clave, lo que les otorga una capacidad de veto sobre el modelo de desarrollo nacional”. Otra mentira es que son milmillonarios porque son más hábiles para explotar el mercado. Mentira. Los más ricos en México crecieron más rápido que la economía. Mientras el país crece al uno por ciento, ellos engordan a casi el 9 por ciento anual. Esto quiere decir que son ellos los responsables de que el país crezca a tasas de uno por ciento anuales, mientras sus fortunas lo hacen a tasas de siete por ciento cada año. Ellos son los que están obstaculizando el crecimiento del país. La desigualdad es la que nos impide el desarrollo y si inviertes menos de ocho pesos de los 100 que extraes, pues las cosas no van a mejorar. Por eso resulta indignantes que el PRIAN critique los crecimientos del uno por ciento atribuyéndoselos, según convenga, a la cancelación del aeropuerto en el Lago de Texcoco o al fracaso de la estrategia económica, y nunca a la desigualdad atroz que vive el país con billonarios voraces, preocupados más por amasar fortunas que por innovar, arriesgar, o trasnformar, como ellos dicen que hacen, desde sus Cámaras empresariales y sus Consejos de la Comunicación, la Voz de las Empresas. 

Así —explica Oxfam—, entre 1996 y 2025, la riqueza de Carlos Slim aumentó más de ocho veces y la de los milmillonarios se multiplicó 4.2 veces, mientras la economía mexicana ni siquiera duplicó su tamaño en esos mismos años. He ahí el doble efecto nocivo del neoliberalismo: no sirve para crecer, sólo para concentrar. Extrae riqueza, no la genera. El uno por ciento más rico de la población mexicana —que son apenas 1.3 millones de personas, donde no se cuentan a tus tías panistas del Whats— percibe 35 por ciento del ingreso total de la economía, posee 40 por ciento de la riqueza privada nacional, y es responsable de 23 por ciento de las emisiones contaminantes del país. México tiene a Slim y a Larrea sostenidos por 18.8 millones de mexicanos trabajadores que carecen de acceso a una alimentación nutritiva y de calidad, 38.5 millones con carencias sociales o ingresos por debajo de la línea de bienestar, dos millones de personas que laboran sin pago y 21 millones de mujeres que dedican al menos ocho horas diarias al trabajo de cuidados sin remuneración. Y ya que hablamos de contaminación, el uno por ciento más rico de México contamina lo mismo que el 74 por ciento de la población más pobre del país.

Hablemos de nuestros milmillonarios. En las últimas tres décadas, que pasaron de 15 a 22 personas entre 1996 y 2025. En ese mismo periodo, sus fortunas conjuntas pasaron de 52 mil 300 millones de dólares a a 219 mil millones de dólares. Esto quiere decir que, en tres décadas, las del neoliberalismo y el PRIAN, sus fortunas crecieron casi nueve por ciento cada año, cuadruplicando su riqueza porque sí, porque casi no invierten, porque se les condonaron los impuestos, se les dan facilidades para poner una empresa que no regula ni condiciones laborales ni ambientales, como Larrea en Sonora. Repito el dato escalofriante: la riqueza en manos de los milmillonarios mexicanos se multiplicó 4.2 veces en apenas tres décadas, con una tasa de crecimiento anual real promedio del 8.8 por ciento. Mientras el país sólo crecía al uno por ciento cuando nos fue bien. 

Carlos Slim, el hombre más rico de México y de América Latina y el Caribe, nunca ha sido tan rico como hoy. La fortuna de Slim suma 107 mil 100 millones de dólares a noviembre de 2025, el mayor monto en su historia de relaciones políticas. Desde el año 2020, con la pandemia, su riqueza ha aumentado en 23 millones 650 diarios en promedio, un equivalente a 273 dólares por segundo. Una persona con un salario promedio, como usted o yo, necesitaría trabajar una semana para ganar lo que él en un segundo. Alguien con el salario mínimo necesitaría 20 días para ganar lo que él en un segundo. Conocemos a Slim como el que pudo comprar Teléfonos de México porque contribuyó con dinero a la campaña de Carlos Salinas de Gortari. Pero últimamente, Slim es un socio prioritario de Petróleos Mexicanos con grandes inversiones en proyectos de petróleo y gas fósil.

La pandemia fue una bendición para estos asquerosamente ricos. Sus riquezas crecieron 101 por ciento en términos reales, es decir, ya descontada la inflación. En la pandemia, Carlos Slim aumentó su fortuna en 66 por ciento, pero Germán Larrea, la multipicó 2.4 veces. Para tratar de no perdernos en esta náusea de números, Oxfam pone un ejemplo. Pongamos que se les dice a estos milmillonarios mexicanos que se pueden quedar con sus fortunas como estaban antes de la pandemia. Pero que el resto lo tienen que invertir en contratar trabajadores con el salario mínimo de 2025. ¿Cuántos empleos creen que hubieran podido generar? 21 millones durante todo un año, es decir, casi dos de cada tres personas en informalidad laboral en México. Ese es el tamaño del obstáculo que le impide a México crecer más. 

Ahora veamos esto. Entre 1981 y ahorita la tasa de crecimiento anual del país ha sido en promedio del  dos por ciento. Es decir, durante el neoliberalismo y no obstante las correcciones de la 4T. En 35 años, el ingreso por persona sólo ha aumentado 16 por ciento respecto a 1981, ya sin inflación. En Brasil creció 58 por ciento, en España un 98 por ciento y en China dos mil 796 por ciento. 

Dice el informe de Oxfam: “Por cada peso que tenía la economía de México en su conjunto en 1996, en 2025 tenía 1.76 pesos, descontando la inflación. Mientras tanto, el 10 por ciento más rico tenía 2.14 pesos; el uno por ciento más rico 2.38 pesos y el 0.0001 por ciento, es decir, los 22 milimillonarios, 4.20 pesos. 4.20 en una economía de 1,76 pesitos. Por cada peso que tenían en 1996, ahora tienen 4.20 pesos. Su riqueza creció al doble que la economía mexicana. Esa riqueza producida por todos los que somos trabajadores fue abducida por los yates y las casas de nuestros queridos magnates. 

Pero el retrato que uno puede concluir a partir del informe de Oxfam es igualmente devastador, además de los números. Resulta, pues, que tenemos una élite que se origina cuando el Estado les transfiere bienes públicos, la riqueza generada entre todos, a unos cuantos señores —sólo hay una mujer— ya de edad que tienen buenas relaciones con el PRI de los neoliberales y con el PAN. Luego, se les van dando concesiones de recursos nacionales, como las minas, el petróleo, la luz, el agua, el gas natural. Además de la educación, la salud, y hasta las cárceles. Ya hiperinflados de la dinero, empiezan a influir de manera preponderante en las decisiones políticas porque tiene el poder de la extorsión. Son dueños de las telecomunicaciones, de las inversiones en bancos, minería, salud y bancos, en la infraestructura como carreteras, puertos, aeropuertos, las concesiones de agua. Me detengo en un solo punto de todos estos. El dato de la salud es aterrador. En 2024, la mayoría de los pacientes, el 58 por ciento, se atendió en servicios médicos privados. No en los públicos. Es decir, quien enferma tiene que recurrir a los privados porque los públicos son insuficientes o tienen una atención deficiente. Eso es poder de extorsión en un país con enfermedades crónicas cuyo reflejo nos devolvió la pandemia: obesidad, diabetes, hipertensión.  

A los ricos no se les cobra ningún impuesto alguno a sus herencias o sucesiones, y se han hecho dinastías hereditarias cada vez con más poder. Oxfam propone que las herencias, donaciones y sucesiones superiores a un millón de dólares tengan un impuesto. Y que, además, se cree el impuesto de dos por ciento a los que tienen más de mil millones de dólares; crear un impuesto mínimo del dos por ciento sobre fortunas superiores a mil millones de dólares. A los ricos no se les cobra ningún impuesto alguno a sus transacciones bursátiles. El año pasado la Bolsa de Valores ganó 30 por ciento pero no paga ningún impuesto sobre eso, que no es productivo sino vil especulación.  

Aunque AMLO y la Presidenta les han hecho pagar lo que deben por ley, lo cierto es que los ricos no pagan lo justo. En 2025, las personas con ingresos anuales mayores a 500 millones de pesos contribuyeron sólo con 21 centavos de cada 100 pesos recaudados en impuestos federales, es decir, el 0.21 por ciento. Hay una disparidad abismal entre ellos y nosotros a la hora de pagar impuestos. Ellos pagan 10 por ciento por dividendos y nosotros el 35 por ciento en Impuesto Sobre la Renta. Habría que equilibrar esta injusticia. Otro punto. De todos los inmuebles que no son vivienda principal, es decir, los departamentos que se tienen sólo para cobrarle una renta a los inquilinos o los turistas, las casas de veraneo, y los resorts, la mitad la tienen escriturada el cinco por ciento más rico. Así que deberían de pagar más predial que los que vivimos donde aportamos, porque ellos no son más que especuladores de la tierra. Y deberían de pagar más por contaminar más. Un mexicano promedio tardaría dos siglos en contaminar lo que un milimillonario contamina con sus aviones privados, helicópteros y yates.  

Lo que digo es que, hasta hoy, la 4T ha actuado para tratar de atenuar los resultados del neoliberalismo, pero que tendría que poner el énfasis en un proyecto que los prevenga. Retomar la rectoría del Estado en la economía es que la decisión sobre el dinero que se invierte recaiga en el Estado que tendría que velar porque esa inversión sea en beneficio de las personas, que tenga buenas condiciones laborales, que no contamine, que cree más riqueza ahí donde se instala. Hemos celebrado que se les cobren los impuestos, que llegue más inversión extranjera directa, que se creen más empleos, pero no es suficiente. La desigualdad es la de un país que sostiene hasta la fecha a 21 señores y una señora que realmente no contribuyen con casi nada a mejorar el país. Sería momento de retomar ese poder que se perdió cuando Miguel de la Madrid llegó en 1982 y empezó a transferir todo lo que muchas generaciones de mexicanos habían contribuido a construir. 

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