Culiacán: ¿Que revelan las urnas de la CANACO?

Alvaro Aragón Ayala

En Culiacán cerraron negocios y ciclos. Se incendiaron casas. Se paralizaron minas. Y mientras la Coparmex cuenta más de 2 mil 700 empresas que bajaron cortinas en poco más de 17 meses, la elección interna de la Cámara Nacional de Comercio de Culiacán dejó una cifra que inquieta: de más de mil afiliados registrados, votaron apenas 396.

Guadalupe Zavala obtuvo 207 votos; Héctor Monárrez, 94; Sergio Armenta, 93; y hubo dos sufragios nulos. El dato es preocupante: si el padrón supera los mil 16 socios, ¿dónde estuvieron los otros más de 600 empresarios? ¿Desinterés, miedo, ausencia física, negocios cerrados que siguen en el registro, o propietarios que ya no viven en la ciudad?

Aquí es cuando la aritmética se convierte en radiografía económica ya que mientras la CANACO presume haber duplicado su membresía en 2025, la realidad urbana muestra fachadas calcinadas, colonias semivacías y una contracción visible en el comercio tradicional. Caray: qué tipos de negocios cerraron.

¿Eran empresas sólidas de economía formal clásica? ¿O estaban insertas -directa o indirectamente- en una economía entrelazada con capitales de origen ilícito? La interrogante incomoda, pero es inevitable. El narcotráfico genera violencia, flujos de capital, consumo, construcción, empleo informal y cadenas de servicios. Como advirtió Karl Marx al reflexionar sobre la “productividad” del delito, el crimen produce estructuras alrededor suyo: instituciones, industrias, narrativas.

Durante décadas, la llamada narcoeconomía irrigó sectores completos en Sinaloa: bienes raíces, comercio, transporte, agricultura, restaurantes, servicios financieros informales. La bonanza convivía con la pobreza estructural. Nuevos ricos emergían de la noche a la mañana, invirtiendo en desarrollos inmobiliarios, mezclándose con el capital tradicional, diluyendo orígenes.

La violencia, sin embargo, no comenzó ayer. En el sexenio de Jesús Aguilar Padilla se acumularon más de 4 mil ejecuciones. Con Mario López Valdez, 6 mil 741 homicidios dolosos. Con Quirino Ordaz Coppel, más de 5 mil asesinatos en cinco años, incluido el episodio del Culiacanazo. La diferencia actual no es la sangre. Es que ya no hay disimulo.

¿Dónde están entonces los empresarios que cerraron? ¿Siguen viviendo en Culiacán o migraron a otras ciudades de Sinaloa, a Guadalajara, a la frontera, a Estados Unidos? ¿Reinvirtieron en otros giros? ¿Cambiaron de actividad? ¿O simplemente se replegaron esperando que pase la tormenta?

También habría que preguntar qué negocios permanecen y cuáles se fortalecen en medio de la crisis. Seguridad privada, blindaje vehicular, sistemas de videovigilancia, servicios funerarios, despachos legales, comercio esencial de bajo perfil. Toda crisis reconfigura el mapa económico. La violencia no destruye todo: transforma.

Las 396 boletas depositadas en la CANACO son señal de que algo se fracturó en la estructura comercial/empresarial de la capital sinaloense. Si más de 600 afiliados no participaron, quiere decir que Culiacán enfrenta una crisis de seguridad y una crisis de su modelo económico ¿se fueron los comerciantes… o se evaporó el flujo que los sostenía?

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