El rostro humano del mando. Lágrimas, lealtad y hermandad
Álvaro Aragón Ayala
La escena fue breve, pero profundamente reveladora. El General Ricardo Trevilla Trejo, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, quebró la voz al enviar condolencias a los familiares de los 25 elementos de la Guardia Nacional y del Ejército caídos durante el operativo en Tapalpa, Jalisco, para capturar a Nemesio Oseguera Cervantes. Bajó la mirada, hizo una pausa y, por un instante, el uniforme dejó ver al hombre. Fue la irrupción del duelo en el espacio público.
Ese quiebre emocional constituye el eje de este análisis. Sí, cuando la jerarquía se vuelve hermandad. En la cultura militar, el autocontrol es disciplina esencial. Que un mando de alto rango permita que la emoción aflore revela empatía real, no institucional; dolor compartido. En ese momento, el comandante no habló sólo como autoridad: habló como hermano de armas.
Existe una carga invisible del mando que rara vez se verbaliza. Desde una perspectiva psicológica-militar, lo ocurrido puede entenderse como “duelo de mando”: la vivencia interna de pérdida por parte de quien planea, autoriza y asume la responsabilidad estratégica de una operación. El General sabe que los riesgos son calculados, pero también sabe que cada elemento caído pesa en su conciencia. No son cifras. Son historias truncadas.
Esa responsabilidad es triple: 1. Es estratégica porque cada decisión tiene consecuencias operativas. 2. Es humana, porque detrás de cada uniforme hay hijos, padres, esposas, hermanos; y 3. Es histórica, porque esas muertes se inscriben en la memoria institucional del Ejército. La voz entrecortada fue la expresión de esa triple carga moral.
En el ámbito castrense, la fraternidad se construye en la intemperie, en patrullajes de alto riesgo, en operaciones nocturnas, en el combate real donde la vida depende del compañero. Cuando uno cae, no muere “un soldado”: cae un hermano. La reacción del General Trevilla mostró que él forma parte de esa comunidad de riesgo compartido. Que no dirige desde la distancia; dirige desde la pertenencia.
Al expresar públicamente su dolor, envió además un mensaje institucional de solidaridad. A sus tropas les dijo que su sacrificio no es invisible. A las familias, que no están solas. A la nación, que cada vida importa. En tiempos donde la violencia amenaza con normalizar la pérdida, esa afirmación pública devuelve dignidad al sacrificio y fortalece la cohesión interna de las Fuerzas Armadas.
El núcleo de ese mensaje es la lealtad a la patria. Lealtad entendida no como consigna abstracta, sino como compromiso concreto con la seguridad y la paz del país. El soldado mexicano no ofrece únicamente su tiempo de servicio; ofrece la posibilidad de su propia vida. Ese acto de entrega absoluta exige un liderazgo que no trivialice la pérdida. Por eso el dolor es coherente con la misión: quien entiende el valor del sacrificio no puede permanecer indiferente ante él.
La reacción de Ricardo Trevilla encontró eco en el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, cuya afectación fue perceptible durante el informe. Se trató de la manifestación de una cultura de respeto al costo humano dentro del aparato de seguridad. La coordinación operativa puede ser técnica; la solidaridad ante la pérdida es profundamente humana.
En la radiografía del rostro humano del General emergen cinco rasgos: humanismo operativo, porque no pierde sensibilidad en medio del conflicto; liderazgo moral, porque acompaña el dolor; conciencia histórica, porque sabe que cada decisión deja huella; empatía estructural, porque no delega el duelo; y patriotismo ético, porque entiende que la firmeza no exige indiferencia. Su gesto sintetiza esos atributos.
El episodio, en suma, es el reflejo del costo humano de la seguridad nacional. Representa, además, la dignidad del sacrificio, la nobleza del servicio, la hermandad forjada en disciplina y riesgo, la ética del mando y la humanidad del poder. En un país herido por la violencia, ver al máximo jefe militar conmovido recuerda que el Ejército no es una maquinaria impersonal: es una comunidad de hombres y mujeres que ofrendan su vida por la paz.
Las lágrimas legitiman la autoridad cuando brotan de la responsabilidad. La voz quebrada del General Ricardo Trevilla no fue una grieta en la disciplina, sino una afirmación de ella. Fue el recordatorio de que, dentro de la estructura vertical del mando, prevalecen la solidaridad, la fraternidad y la hermandad. Y que la lealtad a la patria, cuando es auténtica, se sostiene tanto en la firmeza del carácter como en la profundidad del corazón.
