ASPIRANTES MAPEAN TERRITORIOS: SÍ ANDAN EN CAMPAÑA
Radiografía del proselitismo encubierto en Sinaloa antes del proceso electoral
Álvaro Aragón Ayala
Es exacto: en Sinaloa, el proceso electoral formal del 2027 inicia en septiembre del 2026. Así lo establece la ley. Pero en la realidad política, la contienda ya está en marcha desde hace meses. Y no por casualidad, por estrategia.
Hoy, diputados locales, federales, senadores, funcionarios con licencia en puerta y actores políticos emergentes recorren distritos, municipios y regiones. Se reúnen con sectores sociales, “escuchan” a la ciudadanía, encabezan foros, informes, asambleas y encuentros comunitarios.
No piden el voto y no se declaran candidatos. No portan propaganda electoral (aunque algunos sí, pero en su entorno). Y sí, si están en campaña. Negarlo es desconocer cómo funciona el poder en México y, particularmente, en Sinaloa.
Lo que ocurre en este periodo previo es una fase avanzada de posicionamiento electoral anticipado, cuidadosamente diseñada para no violar formalmente la ley, pero para aprovechar cada vacío normativo.
Aquí, pues, presento, los siete ejes que explican por qué estos recorridos constituyen, en los hechos, campañas políticas encubiertas:
1. Posicionamiento anticipado: ocupar primero la mente del electorado: el primer objetivo es elemental: instalar nombre, rostro y narrativa antes que los adversarios. En política, quien llega primero al territorio gana ventaja estructural. Cada visita, cada fotografía, cada nota en medios locales, cada transmisión en redes sociales construye una presencia simbólica.
Se trata de generar familiaridad: “Ya lo conozco.”, “Ya vino”, “Sí se aparece”. “Sí está pendiente.” Ese capital “simbólico” se acumula meses antes de que la ley electoral permita pedir el voto. Es marketing político adelantado. Cuando la campaña formal arranca, el terreno mental ya fue trabajado.
2. Mapeo territorial: radiografiar el poder real. El segundo propósito es técnico y estratégico: levantar un diagnóstico político del territorio. Estos recorridos permiten identificar liderazgos locales activos o desplazados, grupos inconformes, estructuras debilitadas, redes clientelares vigentes, regiones en riesgo electoral.
Desde la sierra hasta la costa, desde los valles agrícolas hasta los cinturones urbanos, Sinaloa no es homogéneo. Cada zona responde a dinámicas propias. Ningún aspirante serio improvisa una campaña sin antes conocer con precisión dónde está fuerte, dónde es vulnerable, dónde puede crecer, dónde puede perder. Eso se llama planeación electoral.
3. Construcción de estructuras: asegurar la maquinaria antes de tiempo. Las elecciones se ganan, más que con el discurso, con organización. Los recorridos permiten construir o reactivar estructuras: promotores del voto, coordinadores seccionales, movilizadores, representantes de casilla, operadores regionales.
Muchas de estas personas no aparecen públicamente. Se identifican en reuniones privadas, comidas discretas, encuentros cerrados. Ahí se establecen compromisos, lealtades y expectativas.
Cuando llegue la campaña formal, la maquinaria ya estará lista. Quien no construya estructura con anticipación, competirá en desventaja.
4. Negociación con fuerzas vivas: pactar gobernabilidad futura. Los encuentros con empresarios, productores, líderes sociales, organizaciones civiles y sindicatos no son actos de cortesía.
Son espacios de negociación política en los que se discuten apoyos explícitos o tácitos, neutralidades estratégicas, alianzas cruzadas, contención de conflictos y reparto futuro de influencia (cargos).
Sinaloa opera históricamente mediante redes de acuerdos. La estabilidad electoral se construye con pactos previos. Quien no negocia antes, enfrenta resistencias después.
5. Control de daños: administrar el enojo social. El quinto eje es reactivo: contener crisis antes de que se traduzcan en castigo electoral. Sequía, inseguridad, abandono institucional, precariedad económica y servicios deficientes generan malestar acumulado.
Los recorridos funcionan como “válvula de escape”. Se escucha, promete, gestiona, canaliza y se pospone. No siempre se resuelve el problema. Con frecuencia sólo se administra la inconformidad. El objetivo es evitar que el enojo se transforme en voto opositor. Eso también es estrategia electoral.
6. Disputa interna: la campaña que ocurre dentro del partido. Antes de enfrentar a la oposición, los aspirantes compiten entre sí. Las candidaturas no se asignan sólo por méritos. Se definen por correlación de fuerzas.
Los recorridos producen evidencia política: eventos multitudinarios, fotografías con liderazgos, cobertura mediática y narrativas de crecimiento. Todo se utiliza después en las mesas internas. Ahí se define quien “controla” territorios, quien mueve gente y quien garantiza votos. El que demuestra “músculo”, negocia mejor. El que no, queda fuera.
7. Blindaje legal: simular legalidad mientras se hace campaña. El último eje es jurídico. Los actores políticos cuidan cuidadosamente el discurso: no hablan de elecciones. No usan slogans. No piden apoyo electoral. Se presentan como gestores, legisladores activos, líderes de partido o promotores sociales.
Pero el mensaje es inequívoco. Es una campaña sin boletas. Es proselitismo sin propaganda. Es promoción sin declaratoria. La legalidad se usa como escudo, no como límite real.
En conjunto, estos siete elementos configuran una realidad incuestionable que permite precisar que lo que hoy ocurre en Sinaloa no es actividad institucional ordinaria.
Es una fase avanzada de competencia electoral anticipada.
Hay posicionamiento. Hay estructura. Hay narrativa. Hay negociación. Hay contención. Hay disputa interna. Hay blindaje legal. Eso se llama campaña aunque no se registre, aunque no se reconozca y aunque no se admita.
Los aspirantes mapean el territorio y marcan su presencia. Ya tomaron posiciones. Cuando llegue septiembre, únicamente se formalizará lo que desde ahora se está disputando. La contienda ya empezó. Y quien no lo vea así, llegará tarde.
