Juan Carlos Villa sueña con gobernar Guasave alineado a la lógica de los negocios personales
Álvaro Aragón Ayala
Juan Carlos Villa Romero, actual diputado local por el Partido Verde Ecologista de México, servidor público de trayectoria “discreta” y empresario inmobiliario y agrícola, sueña con convertirse en presidente de Guasave, municipio golpeado por una de las crisis de infraestructura y servicios públicos más severas de las últimas décadas. Sin embargo, su historial político y su forma de entender el poder parecen estar más alineados con la lógica del negocio que con la urgencia social que hoy enfrenta el municipio.
Nacido en Guasave en 1980, Villa Romero ha transitado con comodidad entre el sector público y el privado. Su formación académica y su experiencia empresarial son innegables, pero es precisamente esa dualidad -empresario y político- la que hoy despierta una preocupación legítima: ¿puede alguien que piensa como empresario gobernar un municipio que exige sensibilidad social, visión de Estado y capacidad de sacrificio político?
UN DESEMPEÑO GRIS COMO SERVIDOR PÚBLICO
Como diputado local en el Congreso de Sinaloa, Juan Carlos Villa ha sido parte de la creación y aprobación de reformas que, en el discurso, prometen desarrollo social y económico. En la práctica, muchas de estas reformas han quedado archivadas en el papel, sin traducirse en políticas públicas tangibles ni en mejoras visibles para la población.
Su paso como Síndico Municipal de la sindicatura Lic. Benito Juárez (2019–2022) tampoco dejó una huella clara de transformación comunitaria. Más que un liderazgo cercano a la gente, su gestión fue percibida como administrativa, distante y sin una narrativa de defensa firme de los intereses sociales frente al poder económico o político.
En cargos como delegado de Vialidad y Transportes, su desempeño fue funcional, pero carente de una visión integral de ciudad. En ningún momento se consolidó una política de movilidad que priorizara al ciudadano por encima de la inercia burocrática.
UN MUNICIPIO EN EMERGENCIA
Mientras los proyectos políticos se construyen desde el escritorio, Guasave enfrenta una realidad cruda y urgente. Entre 2025 y 2026, el municipio ha sido escenario de una profunda crisis estructural:
Colapso del sistema de drenaje sanitario y pluvial, con constantes fugas de aguas negras e inundaciones, aparición de más de dos decenas de socavones en el centro de la ciudad, producto del abandono histórico de la infraestructura subterránea, calles destruidas, pavimentos hundidos y una movilidad urbana cada vez más insegura, debilidad financiera municipal que amenaza la operación básica de servicios públicos, Escasez de agua potable y deterioro de la red de distribución.
La crítica central hacia Juan Carlos Villa Romero no es personal, sino estructural: su paso por la política parece haber servido más como plataforma para fortalecer relaciones empresariales y abrir oportunidades de negocio que como instrumento para corregir desigualdades sociales.
El riesgo de su proyecto político es claro: un gobierno municipal pensado desde la lógica del mercado, donde las decisiones públicas terminan beneficiando a grupos económicos organizados, mientras las colonias populares, el centro histórico y los sectores más vulnerables continúan en el abandono.
En Guasave no falta quien sepa administrar; falta quien sepa gobernar. Gobernar implica tomar decisiones incómodas, priorizar a quienes no tienen voz y enfrentar intereses económicos cuando estos chocan con el bien común.
FALTA DE HUMANISMO Y VISION DE ESTADISTA
Hasta ahora, Juan Carlos Villa no ha demostrado el perfil de estadista que una ciudad en crisis necesita. Su discurso carece de un enfoque humanista claro, de una narrativa que coloque a la persona en el centro de la política pública. la insensibilidad ante las carencias sociales, la falta de autocrítica y la ausencia de propuestas estructurales profundas revelan a un político que piensa más como empresario que como servidor público.
Guasave no necesita un gerente de negocios; necesita un líder con vocación social, con compromiso ético y con la capacidad de anteponer el interés colectivo por encima del crecimiento patrimonial o de grupo.
En una ciudad que se hunde -literal y figuradamente-, el poder no puede ser un trampolín personal. Debe ser una herramienta de reconstrucción social. Y hasta ahora, el balance político de Juan Carlos Villa Romero no ofrece las garantías de que entienda esa diferencia.
